Historia a los revolcones

Historia a los revolcones

👑⚔️ Calígula, todo se queda en familia

El tercer emperador romano nació rodeado de intrigas palaciegas, expectativas divinas y traumas suficientes como para llenar el tratado de psiquiatría antigua más denso de la historia. Aunque el mito popular nos lo pinte como el demente por excelencia —el loco que nombró cónsul a su caballo, quebró las arcas del Imperio y convirtió Roma en un carnaval macabro—, la verdad histórica, como siempre, es un poquito más compleja… aunque no por eso menos escandalosa.

Cayo Julio César Augusto Germánico creció siendo la mascota pública de las legiones militares. De ahí nació su apodo: “Calígula”, que significa literalmente “botita”, por las diminutas sandalias de soldado que usaba de güila mientras acompañaba a su Tata en las campañas. Lo que nadie en el Imperio se imaginaba era que aquella botita tan adorable terminaría pisando la historia con la delicadeza y el tacto de un rinoceronte intoxicado.

👑 Del idilio popular al delirio divino

Su llegada al trono en el año 37 d. C. fue recibida con una euforia bárbara. La gente estaba de fiesta, el Senado respiraba aliviado y Roma urgía de estabilidad tras el siniestro y oscuro gobierno de Tiberio. Pero la luna de miel duró un suspiro. A los pocos meses, el muchacho enfermó de gravedad. ¿Envenenamiento? ¿Una crisis epiléptica? ¿Una infección cerebral? Nadie se pone de acuerdo, pero el joven emperador salió de la cama siendo otro: paranoico, cruel, impredecible y obsesionado con que era un dios de carne y hueso.

Y ahí es donde el asunto se vuelve un negocio familiar. Los Julio-Claudios eran una dinastía famosa por mezclar el poder absoluto con neurosis severas, incestitos diplomáticos y rivalidades internas dignas de la peor telenovela mexicana. Calígula no fue la excepción a la regla: ejecutó a sus primos, desterró a sus hermanas y convirtió el palacio en un campo minado. Sus tres hermanas —Drusila, Livila y Agripina— bailan en los relatos de la época como víctimas, cómplices o amantes, según el humor del historiador que uno agarre para leer. La familia imperial era un hormiguero y el emperador disfrutaba sacudirlo con un palo.

🐚 Declarándole la guerra a Neptuno

En materia de políticas públicas, tampoco es que fuera una lumbrera. Dilapidó fortunas enteras en espectáculos estrafalarios y proyectos absurdos que parecían diseñados por un arquitecto bajo el efecto de sustancias experimentales. Una vez se le ocurrió construir un puente flotante kilométrico solo para darse el gusto de cabalgar sobre el mar. En otra ocasión, marchó con todo el ejército hasta la costa de la Galia… para declararle la guerra formal al dios Neptuno y obligar a sus soldados a recoger conchas marinas como “botín de guerra”. En Roma ya no sabían si reírse, ponerse a rezar o esconder la chequera imperial.

Aun así, al césar lo que es del césar: sería injusto pintarlo solo como un payaso homicida. El hombre impulsó algunas obras públicas necesarias, protegió archivos, alivió un par de impuestos y trató de quitarle un poco de poder a la rancia aristocracia del Senado para acercarlo al pueblo. Pero claro, su violencia, sus excesos y su afán por humillar a los senadores terminaron borrando cualquier intento de gobierno sensato. A los escasos 28 años, su propia guardia se cansó del berrinche y lo asesinó. Otra vez, todo quedó entre conocidos.

Calígula pasó a la posteridad como el símbolo del desquicio en el poder. En parte porque le faltaba un tornillo, y en parte porque sus enemigos se encargaron de cincelar sus peores vicios en mármol para la eternidad. Al final, su vida no fue una locura aislada, sino el síntoma de una dinastía entera que llevaba décadas incubando el veneno en cada rama de su árbol genealógico.

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