Remasterizando mi primer amor musical

Bazar digital

Carlos Revilla Maroto

Carlos Revilla

Antes de entrar en materia, hay que poner las cosas en contexto. Recientemente ha aterrizado en plataformas digitales (y para regocijo de los coleccionistas) una recopilación titulada “The Early Years” de Linda Ronstadt. No es un disco de “grandes éxitos” más; es una restauración meticulosa de los cimientos de la Reina del Rock.

Este álbum rescata las grabaciones de Linda entre 1967 y 1974, ese período formativo donde pasó de ser la voz de los Stone Poneys en el circuito folk de Los Ángeles, a convertirse en la fuerza de la naturaleza que conquistó el mundo con Heart Like a Wheel. Es, en esencia, la crónica sonora de cómo una muchacha de Tucson, con raíces mexicanas y una voz de soprano de coloratura, inventó el country-rock moderno.

Estoy escuchando esta recopilación en estos momentos en Spotify, y confieso que la experiencia es transformadora. Me siento fascinado. La remasterización ha hecho milagros: le ha quitado el “ruido” y ese granulado molesto a las cintas originales de hace más de medio siglo. Es como limpiar un lente empañado por décadas y ver, por fin, la pureza absoluta de ese diamante en bruto.

Por ejemplo, en temas como “Different Drum“, la voz de Linda no solo fluye sobre la melodía de Michael Nesmith; se impone con una autoridad que hoy, con el oído más maduro, reconozco como una declaración de independencia. No era solo una cantante de folk; era una artista tomando el control de su destino.

Lo que me atrapa de este recorrido es la honestidad de la búsqueda. Escuchar “Long, Long Time” con esta nitidez es casi una experiencia religiosa. Se nota la respiración entre versos, el quiebre preciso en las notas bajas y ese ascenso glorioso a los agudos que nos enamoró a casi todos.

Es fascinante notar cómo en estos “años tempranos”, Linda ya estaba “cocinando” lo que vendría después. En la forma en que frasea el country, se siente la ranchera que llevaba por dentro, esa vibración que solo da el haber crecido escuchando al Mariachi Vargas. Esa herencia que los ejecutivos de las disqueras ignoraban o temían, pero que ella ya proyectaba en cada nota con una valentía que hoy, en la era del autotune, parece de otro planeta.

La grandeza de Linda no solo se mide en ránkings, sino en el respeto de quienes la rodearon. En 2014, cuando el presidente Barack Obama le entregó la Medalla Nacional de las Artes, admitió ante el mundo lo que muchos sentíamos: “Creo que es de conocimiento público que yo estaba un poco enamorado de Linda Ronstadt en aquel entonces“. Era el hombre más poderoso del mundo rindiéndose ante su amor platónico de juventud.

Y no era el único. El legendario Willie Nelson lo resumió mejor que nadie con una frase que ya es dogma para los melómanos: “Solo hay dos clases de hombres en este mundo: los que están enamorados de Linda Ronstadt y los que nunca han oído hablar de ella“. Entre el poder de Washington y la rebeldía de Nashville, Linda era el punto de unión: una mujer que no ocupaba opacar a nadie porque su voz era un sol que iluminaba a todos, incluyendo a unos “pichones” llamados Don Henley y Glenn Frey que aprendieron a volar en su banda de apoyo.

No puedo evitar sentir una inmensa gratitud por haber crecido con esta voz como banda sonora. Volver a la Linda de 1970 en estos tiempos de música de plástico es un acto único. Es recordar que para perdurar no se ocupan trucos ni filtros; se ocupa alma y verdad. Si el Parkinson le robó la voz física, este álbum nos recuerda que su voz espiritual es inalcanzable. Linda cantaba con el corazón en la mano, y este reencuentro no ha hecho más que confirmar que su legado es, y será siempre, el sonido de la autenticidad. Se nota la respiración, el quiebre preciso en las notas bajas y ese ascenso glorioso a los agudos que Obama y yo (y millones más) aprendimos a amar platónicamente.

Este es el álbum completo:

Como se trata de Linda Ronstadt en sus comienzos, pues también tengo algunas fotografías de cuando empezaba su carrera.

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Un Comentario

  1. Gabriela Ulloa Delgado

    Gracias Carlos por compartir y por hacerme recordar y revivir momentos tan felices.

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