Mario Roa, la Abolición del Ejército y la fotografía que capturó la paz

El 1 de diciembre de 1948, en el Cuartel Bellavista de San José, un mazo se levantó por segunda vez. El primer golpe apenas había rasguñado el concreto de la almena, y la mayoría de los fotógrafos presentes ya habían capturado su imagen. Pero fue en el segundo, el golpe definitivo que hizo saltar los ladrillos por el aire, cuando un joven de 31 años, con una cámara de placas en el ángulo preciso, inmortalizó el nacimiento de una nueva Costa Rica. Esa fotografía, producto de un “golpe de suerte”, según su autor, se convertiría en el ícono de la decisión más radical y pacífica del país, la abolición del ejército.
No era una pared cualquiera. Lo que Figueres derribó aquella mañana era una almena, el elemento distintivo de cualquier fortaleza militar, ese saliente en lo alto de los muros tras el cual los soldados se parapetaban para disparar. Al hacer saltar por los aires esa almena, Figueres no solo rompía ladrillos, aniquilaba el símbolo de la defensa armada.
Para entender la fotografía, primero hay que entender el acto. Corría el año 1948, Costa Rica acababa de salir de una sangrienta guerra civil que dejó más de 2 000 muertos. El país estaba gobernado por la Junta Fundadora de la Segunda República, presidida por el propio Figueres. En un contexto donde las dictaduras militares eran la norma en América Latina, Figueres tomó una decisión que aún hoy asombra al mundo al declarar la abolición del ejército como institución permanente.
El mazazo no fue solo un gesto simbólico. Fue un acto de ingeniería social. Al derribar físicamente un trozo del Cuartel Bellavista (sede emblemática del ejército), Figueres no solo destruía un edificio militar, sino que lo transformaba simbólicamente en el Museo Nacional. Las paredes que antes albergaban la fuerza bruta se convertirían en vitrinas para la cultura y la historia. Esa decisión sentó las bases para redirigir el presupuesto hacia la educación y la salud, cimientos del “excepcionalismo” costarricense.
La fotografía existe gracias a Mario Roa Velásquez (1917-2004), un personaje fascinante cuya vida fue la fotografía. “Yo nunca empecé en la fotografía, nací dentro de ella”, llegó a decir, ya que su madre dio a luz en el estudio fotográfico de su padre.
Trabajando para el Diario de Costa Rica, Roa no era un simple reportero gráfico; era un artista con una “sensibilidad social”. Su hija, Floria Roa, recuerda que “le gustaba usar la expresión de las personas, más que el evento en sí”. Esa sensibilidad le permitía ver más allá del hecho noticioso para capturar la esencia humana.
En el momento del mazazo, mientras sus colegas (como los de La Nación) se adelantaron al primer golpe, la preparación técnica de Roa jugó a su favor. Usaba una cámara Speed Graphic de gran formato, que requería cambiar la placa de negativo (de 11,2 x 13,3 cm) tras cada toma. Mientras los demás lidiaban con ese proceso de cambio de placas tras el primer golpe, Roa ya estaba listo, con el flash de magnesio cargado, para el segundo. Como dice el dicho popular “La suerte favorece a la mente preparada”.
Sin embargo, la perfección de esa segunda toma tiene una explicación más terrenal que la simple “suerte”. Quien mejor desnudó los entretelones de aquella mañana fue la testigo de lujo Henrietta Boggs, en ese entonces esposa de Figueres y más tarde escritora. En su libro ‘Casada con una leyenda’, la primera dama reveló un dato que pocos conocían: que el primer golpe no derribó la pared por casualidad, sino porque había sido preparada para caer de forma espectacular en el segundo intento.
Boggs relató que un equipo de obreros había “aflojado” la estructura del muro horas antes de la ceremonia. El objetivo no era tramposo, sino escénico; garantizar que, frente a las cámaras y el público, el gesto de Figueres tuviera el impacto visual necesario para quedar grabado en la memoria colectiva. El primer mazazo, como ella misma atestiguó, apenas logró astillar el concreto. Fue entonces cuando, tras ese fallido primer intento que hizo ajustar los últimos remaches, Figueres levantó el mazo por segunda vez. Este sí derribó los ladrillos y, de paso, eternizó el instante capturado por Mario Roa.
Esta anécdota no le resta para nada mérito al acto histórico; más bien lo humaniza. Nos recuerda que los grandes símbolos nacionales también se construyen con pequeños “trucos” de puesta en escena. Figueres, el líder carismático, sabía que la política no solo se hace con decretos, sino también con imágenes potentes. Henrietta Boggs, con su mirada aguda de extranjera enamorada de Costa Rica, se convirtió así en la cronista secreta de ese instante.
Cuando observamos la foto, vemos a Figueres en el aire, el mazo elevado sobre su hombro derecho, el rostro contraído por el esfuerzo. Pero la genialidad de Roa está en la composición. El fotógrafo logró incluir tres elementos clave en perfecta sincronía:
La acción: Los fragmentos de concreto suspendidos en el aire, inmovilizados en el momento exacto de la explosión.
El testigo: Un soldado (que representa al viejo régimen) observa estoico, casi como un guardián de la transición.
El símbolo patrio: La bandera de Costa Rica ondea al fondo, cubriendo parte del cuartel y “bendiciendo” el acto.
El ángulo de Roa fue crucial. Al situarse en un punto diferente al resto, logró que la bandera y los escombros voladores enmarcaran la figura de Figueres, creando una metáfora visual perfecta, el esfuerzo humano (Figueres) derribando el militarismo (los ladrillos) bajo el amparo de la ley y la patria (la bandera). Lo que la imagen no muestra, pero que la anécdota de Henrietta Boggs nos revela, es que ese esfuerzo humano contó con una pequeña pero decisiva ayuda logística.
La foto se publicó al día siguiente. El Diario de Costa Rica tituló “Disuelto el ejército costarricense” y calificó la imagen como un “episodio emocionante”. Con el tiempo, la imagen ha trascendido los archivos. Apareció en estampillas, en los billetes de 10 000 colones e innumerables libros de texto.
Mario Roa falleció en el 2004, pero su legado perdura. El premio de fotoperiodismo del Colegio de Periodistas de Costa Rica lleva su nombre. Al escribir sobre esta fotografía, no solo se cuenta la historia de un instante de suerte, sino la de un país que decidió dejar de lado las armas para abrazar los libros. Y gracias al testimonio de Henrietta Boggs, podemos además asomarnos al taller donde se forjan los símbolos: ese lugar donde los muros se aflojan para que la leyenda pueda, por fin, romperlos.
En este enlace pueden ver una imagen en super alta resolución 3978 x 3127 px de la fotografía.
Referencias: “Las fotos de mi tata, Mario Roa: Costa Rica (1936-1946)”, publicado por su hija Floria Roa en 2017, y “Casada con una leyenda” de Henrietta Boggs.
Fotografías de la colección de la familia Roa Gutiérrez y el Museo Nacional.






