SpaceX: la primera salida a bolsa tecnofascista de la historia

Romaric Godin

SP

El éxito de la salida a bolsa de la empresa espacial es el de un capitalismo irracional, destructivo y violento. Asegura el control sobre la sociedad estadounidense del poder carismático y delirante de un hombre, Elon Musk.

En apariencia, la salida a bolsa de SpaceX es una prueba de la solidez del capitalismo financiero. La empresa de Elon Musk logró recaudar un total de 86 mil millones de dólares, un récord absoluto. El grupo se convirtió, desde las primeras horas de cotización en el Nasdaq, en la sexta capitalización de Wall Street, justo por delante de Tesla, también propiedad mayoritaria de Musk. Al mediodía en Nueva York, las acciones de SpaceX aumentaron más del 28% hasta más de 170 dólares. ¿No es esta la prueba de que los inversores todavía tienen fondos y están dispuestos a colocarlos en proyectos ambiciosos?

Detrás de este escaparate dorado, la realidad es mucho más preocupante. El proyecto con el que SpaceX ha recaudado estas sumas es una cortina de humo que no se basa en ninguna tecnología existente, ni tampoco en perspectivas científicas creíbles, sino en el paroxismo del deseo de colonizar Marte. Sin embargo, las burbujas especulativas, si bien han acompañado la evolución de los mercados durante siglos, se basaban hasta ahora en defectos de evaluación de la rentabilidad de las tecnologías existentes, en un optimismo exagerado, no en el desarrollo potencial de una tecnología soñada por un líder empresarial.

Esta es la novedad de la salida a bolsa de SpaceX. Lo que se ha comprado es la creencia en un gurú, Elon Musk, y no un potencial concreto de rentabilidad. Las actividades actuales de SpaceX, no rentables, no justifican en modo alguno la compra de una acción a más de 350 veces el importe de sus beneficios futuros. El nivel de los fondos recaudados cuenta algo más que una simple historia bursátil. Y el propio Elon Musk lo reconoció afirmando “vender un sueño”. Por lo tanto, lo que ocurrió fue la adhesión política del sistema financiero a un hombre.

Elon Musk puede decir cualquier cosa, pero es creíble porque es la encarnación del principio de dominio del capital. Aquellos que se preguntaban para qué podían servir las clasificaciones de fortuna de los multimillonarios y por qué son importantes para los capitalistas tienen aquí parte de la respuesta. Como el hombre más rico del mundo, como el primer hombre cuya fortuna personal supera ahora un billón de euros, muy por delante de quién le sigue en la lista (con 298 mil millones de dólares), se está convirtiendo en el modelo a seguir.

Aquí, el asunto se convierte casi en una cuestión religiosa. El éxito de Elon Musk equivale a convertirlo en el depositario de un secreto. Por lo tanto, su palabra se vuelve sagrada y performativa: es capaz de producir lo que promete. Los periódicos financieros más serios pueden entonces, sin reírse, cuestionar la viabilidad de la colonización de Marte y los equipos del banco JPMorganChase pueden pasar seriamente una semana en las instalaciones de SpaceX para definir objetivos de ingresos delirantes pero con todos los adornos de la seriedad.

Este poder de los más ricos no es ciertamente nuevo. Lo que cambia ahora es su uso como palanca de un discurso no relacionado con la realidad vivida y la evidencia científica. El poder del capital existente permite crear ex nihilo una realidad alternativa capaz de recaudar aún más capital y, por lo tanto, tener más poder. Con este truco, Elon Musk pretende escapar de la propia “regulación” capitalista, es decir, de la posibilidad de ser destronado como el hombre más rico del mundo, y por lo tanto el más poderoso.

Para llevar a cabo esta operación que se encarna en la salida a bolsa de SpaceX, el multimillonario no actuó como un empresario, sino como un jefe de clan. Ha movilizado a su horda de seguidores digitales, menos electrificados por un estudio minucioso de las perspectivas financieras de SpaceX que por la ideología tecno-racialista de su maestro.

Una lógica carismática al servicio de una clase que se siente amenazada

El discurso de extrema derecha que Elon Musk ha estado desplegando durante varios años, y para cuya expansión compró Twitter (convertido en X), no se ha convertido en un obstáculo para su poder económico. Todo lo contrario: ha permitido crear una comunidad que, ahora, sigue a Elon Musk en sus delirios más absurdos y está dispuesta a pagar por ello. Los que pidieron boicotear a Tesla y X no han tenido éxito: su oposición ha permitido federar aún más a esta masa pro-Musk que participa en la salida a bolsa de SpaceX.

El poder de Elon Musk sobre sus masas de pequeños inversores es ahora carismático. Lo siguen, pase lo que pase. “Musk cuenta con un ejército de leales para convertirlo en un billonario”, tituló el 9 de junio el Wall Street Journal, describiendo la ceguera de estas masas, a menudo de la clase media alta de Estados Unidos.

Al iniciar la salida a bolsa con el 20 al 25% de la recaudación de fondos de pequeños inversores (frente a una media del 5 al 7% habitual), el jefe de X y Tesla sabía que podía contar con una adhesión ciega. Adhesión que superará la salida a bolsa, como lo ha demostrado la fuerte demanda de valores (casi 280 mil millones de dólares). Por lo tanto, aquellos que quieran participar o ser de los primeros inversores buscarán masivamente comprar valores en las próximas semanas, empujando al alza las acciones.

Jamie Dimon, el jefe de JPMorganChase, llama a esto la “democratización de las finanzas”, pero es todo lo contrario: estos pequeños inversores no son individuos libres y críticos que, después de haber pensado detenidamente, han decidido invertir en SpaceX; son masas cegadas por una ideología, que niegan cualquier realidad material para participar en la causa. Y en SpaceX, el poder es cuidadosamente conservado por Elon Musk, lo que, además, corresponde a la exigencia de los pequeños inversores, que quieren un salvador todopoderoso.

Todo esto no sale de la nada: Elon Musk ha hecho coincidir su discurso con las aspiraciones de una clase media alta que quiere seguir creyendo que el capitalismo tiene las soluciones para construir un futuro mejor, a pesar de la evidencia en contrario. Una clase que se siente amenazada por la actual crisis multifacética del capitalismo. La mezcla entre libertarismo, racialismo y tecno-solucionismo, que constituye la columna vertebral del “muskismo”, responde a esta exigencia.

El libertarismo permite eliminar todas las limitaciones a la acumulación: el Estado como forma autónoma del capital, las transferencias sociales y cualquier límite político al poder de los capitalistas existentes. El racismo confirma la “legitimidad” de esta clase como élite frente a las poblaciones consideradas “inferiores” por naturaleza. Y el tecno-solucionismo mantiene la esperanza de que la acumulación de capital en su forma tecnológica sigue representando el horizonte para la humanidad.

Al movilizar estos tres elementos del discurso, Elon Musk logra captar las aspiraciones de esta clase que sueña como una élite, pero es solo la escalera por la que suben los que controlan el capital. En este contexto, hay que subrayar cómo el delirante discurso de Elon Musk puede no parecer como tal a estas personas.

Todo apoyado en la idea de que el capital es el futuro de la humanidad, esta clase solo puede adherirse a la visión milenaria de una “nueva humanidad” regenerada por el dinero y trasplantada por la gracia de los dólares a Marte. La cantidad recaudada el viernes 12 de junio es la traducción financiera de este fenómeno en el que una clase social influyente considera que el futuro de la humanidad debe confiarse al más poderoso de los capitalistas.

Incluso si la ideología se modifica, la lógica que preside esta salida a bolsa es innegablemente fascista: es un poder carismático basado en una lógica supremacista y violenta que pretende imponerse a toda la sociedad.

Poner firme a la sociedad

Porque Elon Musk tiene entonces un doble poder que le permite poner a su disposición la mayor parte del sector financiero, es decir, ponerlo a su servicio. Las grandes instituciones del sector, al igual que la masa de inversores adinerados que son sus clientes, no pueden apartarse de tal poder. El poder de Elon Musk se mantiene por sí mismo.

Los bancos tienen demasiado que ganar en este tipo de operaciones gigantescas para no aceptar entrar en la racionalidad de un Elon Musk. Y embarcar con ellos a sus clientes. Pero, en realidad, es todo el sector el que el jefe de SpaceX ha puesto de rodillas, como lo demostró la decisión de los operadores bursátiles de hacer salir a bolsa a la empresa después de dos semanas y no de un año, como exige la regla, de la que hasta ahora solo se había librado S&P.

Y desde entonces, el poder de Elon Musk solo se ha multiplicado por diez. Porque el sistema financiero depende ahora en gran medida de los fondos indexados, es decir, de los productos financieros que reproducen los índices. Esto significa que la mayoría de los inversores estarán, les guste o no, vinculados a SpaceX y que, por lo tanto, la evolución de su fortuna dependerá de la de Elon Musk. Sin embargo, entre ellos también están los jubilados y los empleados que se han visto obligados a colocar su destino en los mercados financieros.

Al final, toda la sociedad estadounidense se está volviendo dependiente de un Elon Musk que tiene dos empresas que cotizan en los índices estrella de Nueva York. Todo el mundo tiene interés en ver a este capitalista prosperar. Estas gigantescas salidas a bolsa no son solo récords financieros, son la traducción de una depredación en el conjunto de la sociedad. Detrás de los cotillones que vuelan en Wall Street, hay un golpe de Estado que no dice su nombre, pero que es muy real.

Por lo tanto, no es un signo de buena salud del sistema financiero, sino por el contrario, el de una fuga hacia adelante necrosada en la que quienes se apoderan de las palancas de la sociedad ejercen sobre ella violencia. El “sueño” vendido por Elon Musk es, en realidad, una pesadilla.

El hecho de que haya recaudado una suma de 280 mil millones de dólares para financiar un delirio extraterrestre, cuando tantas necesidades esenciales están insatisfechas en el planeta, es significativo de esta violencia. El capital ya no busca demostrar su utilidad a los habitantes de este planeta, prefiere asignar recursos a tales delirios. Habiendo agotado las posibilidades de este planeta, cree que puede recurrir a otros, pero, en realidad, destruye lo que existe.

Durante mucho tiempo, los centristas consideraron que el apoyo a la acumulación del capital era una posición razonable, sobre todo porque se oponía a los supuestos “impulsos” populares. El éxito de SpaceX demuestra que esta posición ya no es sostenible. Esta operación demuestra que la lógica capitalista conduce al desastre y a la locura. La racionalidad consiste ahora en oponerse a ella.

Romaric Godin es periodista desde 2000. Se incorporó a La Tribune en 2002 en su página web, luego en el departamento de mercados. Corresponsal en Alemania desde Frankfurt entre 2008 y 2011, fue redactor jefe adjunto del departamento de macroeconomía de Europa hasta 2017. Se incorporó a Mediapart en mayo de 2017, donde sigue la macroeconomía. Ha publicado, entre otros, La monnaie pourra-t-elle changer le monde Vers une économie écologique et solidaire (2022), La guerre sociale en France. Aux sources économiques de la démocratie autoritaire (2019) y, muy recientemente, Le problème à trois corps du capitalisme (2026).

Fuente:
https://www.mediapart.fr/journal/economie-et-social/120626/spacex-la-premiere-introduction-en-bourse-techno-fasciste-de-l-histoire?utm_source

Traducción:G. Buster para sinpermiso.info

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