El síndrome del impostor

Ecos en la distancia del tiempo en “Rojo y Negro”. En memoria de Stendhal, a 184 años de su partida

Caryl Alonso Jiménez

Caryl Alonso

Más allá del síndrome del impostor y el pastiche contemporáneo en la era indiscriminada de fragmentación social, de incertidumbre y debilitamiento de la reglas de la convivencia contemporánea, al repasar la novela “Rojo y Negro” (1830), es innegable el aroma de la vitela…que produce ese sentido de periplos en bilocaciones intemporales que transportan a otro tiempo.

Entender el significado y la metáfora del libro antiguo es, justamente percibir el singular aroma a esa descomposición química del papel cuando se produce esa fragancia que acerca a ideas, pasiones, relatos y debates en el tiempo… que aunque no son nuestra vida…pareciera un relato de hazañas propias o ajenas.

Henry Beyle (1783-1842), escritor francés, conocido en los ambientes literarios parisinos como Stendhal. Fue un agudo observador de la sociedad en su época. Y como pocos, capaz de fijar en la novela “Rojo y Negro” (1830) el comportamiento social con el extraordinaria audacia quirúrgica que revela esos sutiles hilos de la vida social francesa…

La novela es el relato de Julián Sorel, venido de clases sociales bajas, quien se salta la fila de las barreras legales y físicas de la época (negro, clero; rojo, ejército, o noble; si no, un don nadie). Su vida transcurre en el llamado síndrome del impostor. Usa la seducción como imitación y la agresión como imitación. Finalmente es condenado por un tribunal que lo decapita, no por imitar y parecerse a los estamentos sociales. No, por querer transitar con los poderes simbólicos que no le pertenecen…

André Guide (1869-1951), en un extraordinario análisis crítico de la novela y del contexto expresa que es un relato escrito en el siglo XIX para leerse en el siglo XX y seguro en este siglo… vaya paradoja…! Un mensaje oculto en el tiempo…
Stendhal retrata esos rasgos en la disección de las condiciones del entorno social, en la que reproduce a Julián Sorel, en plena imitación por querer ser el otro…no para ser igual, sino por el poder de sentirse parte. Pierre Bourdieu (1930-2002), lo define a Julián como el sujeto con capital cultural, que busca penetrar estructuras sociales, pero carece del capital simbólico (poder real) y eso hasta el día de hoy no lo perdonan los estamentos.

¡Ese es uno de los puntos centrales…! El poder simbólico de la sociedad moderna (Siglo XIX), que construyó escenarios de certezas a partir de la meritocracia (esfuerzo por alcanzar posiciones), con entidades estables (iglesia, ejército y nobleza) para asegurar realizaciones individuales y familiares con ese andamiaje que la sostuvo.

Entonces, ¿Cómo entender el Solerísmo en el mundo contemporáneo? Al parecer tiene su sello en la impostura de la imitación, híperconectado, consume la moda y la presume como trofeos. Vive de la vaguedad, sin compromiso y es alineado por posiciones que no entiende, pero simpatiza. No escucha, solo oye y aunque no entiende, participa. Opta por la violencia o la patanería… es inculto hasta para el estornudo público.

Byung-Chul Han, en “La sociedad del cansancio” (2010), revela que se camina en el surfismo social y que es el sistema que nos obliga ser superficiales. No conectamos con el otro. Se es intolerante, se descalifica la propuesta y la buena idea. Al parecer el resto son sus oponentes a vencer.

Hoy día el impostor pareciera la figura ideal del modelo social fragmentado, “liquido…” como decía, Bauman (1925-2017), donde se abandona la meritocracia, porque es la caricatura del esforzado. Ya no hay tiempo, el sistema promueve el arribismo sin la audacia de aquellas razones que hacen de las virtudes académicas, honestidad y transparencia, el ejemplo y testimonio a seguir, pero sustituye con burla y marginación.

Hoy no hay tribunales que decapiten. No, el sistema enseña anular y marginar. El modelo invita a desearlo todo, no hay límites, se podrá tener todo, mundanos y de seda, pero será por imitación. Tener lo que otros tienen y ser como los otros, no tiene condena, sino el sentimiento del fracasado y auto culpa si no se logra. ¡Pero nunca serán parte…!
El hombre moderno (Siglo XIX) y el hombre contemporáneo (Siglo XXI), de repente son la síntesis del retrato de ese destino social que ironiza el presente, extrañamente con los mismos valores del poder simbólico del pasado, ahora sin certezas, con incertidumbre y sin la brújula hacia puerto seguro.

Al igual que Julián Sorel, el hombre contemporáneo quiere ascender. Es competitivo, vive sometido a la imitación, es mimético, como dice Rene Girard (1923-2015). Su personalidad no es genuina. Por eso sospecha del honesto y lo descalifica, por miedo e inseguridad. En su mundo ser pequeño socialmente es un fracaso… y vergüenza.

Justo es allí donde los trapecistas de ocasión se superan asimismo, con la codicia, el deseo y el poder. Aunque saben que el poder real pertenece al sistema histórico, y a veces lo retan y desafían cruzando lineas rojas… y eso tiene consecuencias.
En el mundo de hoy la aprobación sigue siendo la droga favorita. ¿Podrá el hombre contemporáneo distanciarse y proteger su intimidad y libertad como el último refugio? Si, si puede. Hartmut Rosa (1965), propone ejercitar relaciones profundas, interactuar con otros y ver el mundo con sentido y propósito. Hacerlo define y hace la diferencia…

Rojo y Negro, es indudable que retrata el conflicto de todos los tiempos… Pero, realmente, ¿Estamos entendiendo sus ecos en la distancia del tiempo…?

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