Contra la barbarie del especialismo

En defensa de las opiniones informadas y del humanismo crítico

Ocean Castillo Loría

Ocean Castillo

En los últimos años, se ha instalado en ciertos sectores del debate público costarricense una categoría profundamente peligrosa para la democracia: la del “opinólogo”. El término, usado con tono despectivo, busca desacreditar a quienes intervienen en la discusión pública desde perspectivas amplias, interdisciplinarias o humanistas, reduciendo el valor del pensamiento crítico a una supuesta falta de “especialización técnica”. Se trata de una operación ideológica cuidadosamente construida: deslegitimar la opinión para blindar el poder tecnocrático.

Sin embargo, una democracia no se sostiene únicamente sobre procedimientos, métricas o estrategias comunicacionales. Una democracia vive de la deliberación pública. Y deliberar implica opinar. Más aún: implica el derecho y la necesidad de emitir opiniones informadas, sustentadas y éticamente comprometidas con la realidad social.

Reducir el debate político a una discusión exclusiva entre especialistas técnicos constituye una forma sofisticada de empobrecimiento democrático. Porque, aunque la especialización es necesaria, cuando se absolutiza puede transformarse en aquello que José Ortega y Gasset denominó “la barbarie del especialismo”: el fenómeno por el cual individuos altamente capacitados en un área específica terminan creyendo que su conocimiento parcial les habilita para interpretar la totalidad de la vida social y política.

Ese fenómeno es particularmente visible en algunos sectores contemporáneos del análisis político costarricense. Existe una corriente que reduce la política a comunicación política; para ella, los conflictos sociales no son expresiones de estructuras económicas, tensiones históricas o disputas ideológicas, sino simples problemas narrativos. Desde esa lógica, los gobiernos no fracasan por sus contradicciones materiales, sino por “errores de comunicación”. La política deja entonces de ser confrontación de proyectos de sociedad y se convierte en administración de percepciones, marketing emocional y manipulación simbólica.

Otra corriente convierte la estadística en una especie de teología secular. Las encuestas pasan a interpretarse como verdades ontológicas, y no como fotografías parciales, condicionadas metodológicamente y atravesadas por dinámicas culturales complejas. El dato sustituye al análisis histórico; el porcentaje reemplaza la interpretación crítica. Se olvida así que las sociedades no son laboratorios matemáticos, sino comunidades humanas atravesadas por pasiones, símbolos, memorias y desigualdades.

Existe además una visión obsesionada con los procedimientos legislativos, que termina confundiendo la técnica parlamentaria con la política misma. Desde esa perspectiva, la democracia pareciera agotarse en reglamentos, mociones y correlaciones numéricas dentro del plenario, invisibilizando las dimensiones sociales, culturales y éticas de las decisiones políticas. El procedimiento se transforma en fetiche y la institucionalidad en un fin en sí mismo.

En los tres casos existe un problema común: la fragmentación del conocimiento y la pérdida de la visión humanista integral. Precisamente por eso, las Ciencias Políticas, las Relaciones Internacionales y la Teología —particularmente en sus corrientes histórico-críticas y latinoamericanas— continúan ofreciendo una formación profundamente necesaria para comprender las sociedades contemporáneas.

Las Ciencias Políticas no estudian únicamente elecciones o partidos; estudian el poder, el Estado, las ideologías, los movimientos sociales, las tensiones entre dominación y emancipación. Obligan a dialogar con la historia, la sociología, la economía y la filosofía (No en balde, el maestro Rodrigo Madrigal Montealegre, hablaba que, el politólogo, tiene una lámpara, que ilumina integralmente la realidad social).

Las Relaciones Internacionales, por su parte, permiten entender que ningún fenómeno nacional existe aislado. La crisis energética, las migraciones, el auge del autoritarismo, las guerras comerciales y las disputas geopolíticas moldean la política interna de los países. Un analista encerrado exclusivamente en la lógica localista o procedimental difícilmente comprenderá las fuerzas estructurales que condicionan la realidad costarricense.

Y la Teología, especialmente aquella influida por las corrientes histórico-críticas y por la Teología de la Liberación, aporta algo que el tecnocratismo contemporáneo suele despreciar: una reflexión ética sobre el poder y sobre el sufrimiento humano. Recuerda que detrás de cada indicador económico existen personas concretas; que detrás de cada reforma estatal existen impactos sociales; que la política no puede desvincularse de preguntas fundamentales sobre dignidad, justicia y sentido histórico.

La democracia requiere especialistas, sí. Pero necesita aún más ciudadanos capaces de articular saberes diversos, construir pensamiento crítico y cuestionar los dogmas del presente. El problema no es la especialización; el problema es convertirla en una nueva forma de soberbia intelectual (Aunque se revista de una falsa humildad).

Cuando se desacredita toda opinión bajo el argumento de que alguien “no es especialista”, lo que realmente se intenta es restringir el espacio democrático de discusión. Y eso resulta particularmente grave en contextos donde ciertos sectores tecnocráticos buscan presentar sus posiciones ideológicas como si fueran simples verdades técnicas incuestionables (Esto es muy propio, de ciertas corrientes marxistas y economicistas).

Ningún análisis político es neutral. Tampoco lo son las estadísticas, las estrategias comunicacionales o las interpretaciones legislativas. Todas responden a marcos teóricos, intereses y visiones de mundo. Fingir lo contrario constituye una de las formas más peligrosas de manipulación contemporánea.

Por ello, defender el valor de las opiniones informadas no implica celebrar la improvisación o el antiintelectualismo. Significa reconocer que el conocimiento humano es plural, complejo e interdisciplinario. Significa entender que la democracia no puede quedar secuestrada por castas tecnocráticas que desprecian el pensamiento humanista.

Porque, al final, una sociedad que pierde la capacidad de opinar críticamente termina perdiendo también la capacidad de imaginar alternativas históricas. Y cuando eso ocurre, la democracia empieza lentamente a vaciarse de contenido.

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