En el variopinto circo de la política criolla, la victoria en las urnas suele provocar en algunos gobernantes un fenómeno curioso y peligroso: la amnesia constitucional instantánea. Resulta fascinante —y profundamente preocupante— ver cómo la transición de candidata a mandataria convierte el mandato popular en una supuesta patente de corso para saltarse las normas, desacreditar los contrapesos y responder al escrutinio institucional con la madurez verbal de un partido de barrio.
📜 El olvido del Artículo 11
A quienes asumen el poder parece haber que recordarles con plastilina el principio de legalidad más elemental de nuestra carta magna: los funcionarios públicos son simples depositarios de la autoridad, están obligados a cumplir lo que la ley les exige y no tienen la potestad de inventarse atribuciones sobre la marcha. Jurar respetar la Constitución no es un mero trámite protocolario ni un adorno para la foto del traspaso; es un compromiso vinculante. Creer que ganar una elección otorga libertad absoluta para actuar por encima del ordenamiento jurídico no es muestra de liderazgo ni de firmeza, sino de una profunda ignorancia del Estado de derecho.
⚽ «Ganar por goleada» no borra las leyes
La respuesta ante los sealamientos y críticas del magistrado Jorge Araya —alegando con soberbia un «acéptelo, yo gané las elecciones y por goleada»— retrata de cuerpo entero la calidad del debate oficialista. Reclamar legitimidad mediante la retórica futbolera para descalificar la independencia judicial o la rendición de cuentas es el recurso típico de quien se queda sin argumentos jurídicos. La democracia no empieza y termina el día en que se cuentan los votos en las urnas; el verdadero ejercicio democrático se prueba a diario en la capacidad de someterse al control institucional y escuchar a los demás poderes de la República con decencia y respeto.
🏛️ Un triunfo no es un cheque en blanco
El entusiasmo del triunfo electoral no concede inmunidad política ni patentes para el exabrupto. Gobernar exige entender que una victoria —por holgada que se quiera pintar en el discurso— no anula la existencia de las leyes ni convierte el Ejecutivo en una finca privada donde se hace «lo que le da la gana» al jerarca de turno. Descalificar los criterios técnicos y las advertencias institucionales tildándolas de berrinches o sesgos de la oposición solo deja al descubierto las verdaderas ínfulas autoritarias de quienes no toleran que se les recuerde cuáles son sus límites.
🇨🇷 La ley está por encima del ego
En un país con una larga tradición republicana, el respeto a las instituciones no se negocia al golpe de titulares ni con arrogancia en los micrófonos. Si las nuevas autoridades pretenden sostener su gestión únicamente sobre la base de la confrontación, las frases de cancha y el ninguneo a los magistrados, se van a estrellar muy pronto contra el muro de la legalidad. Ganar la presidencia otorga la responsabilidad de dirigir un país, no la licencia para destruirlo ni para pisotear las reglas del juego que nos protegen a todos.
🦂 El aguijón
Para gobernar un país se necesita visión, respeto a las leyes y mucha madurez; lástima que algunos piensen que con un silbato y un marcador de fútbol ya se graduaron de estadistas.
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Que bien dicho. Quien preside debe de tener mucho conocimiento, experiencia y “escuela”, pero sobre todo valores cívicos, los nuestros, no los de una república islámica por ejemplo.