Por Álvaro Ramos Chaves
A los problemas que ya nos duelen —la crisis en la educación, la inseguridad en nuestras calles y casas, el deterioro de la salud y todo lo que hemos postergado— se suma ahora una era de conflictos mundiales que, aunque geográficamente lejanos, golpearán con furia nuestra casa, el bolsillo y la mesa de cada hogar costarricense. Lo que viene no es una simple crisis: es un huracán geopolítico, que afectará la producción, el desarrollo y la estabilidad de nuestra Costa Rica. El Mundo está en tensión y mucha incertidumbre.
El Estrecho de Ormuz no es un titular de prensa para Costa Rica: es la arteria por la que circula la energía que mueve nuestra producción, eleva el costo de nuestra canasta básica y presiona las finanzas del Estado. A eso se suma una reconfiguración del comercio global que afecta directamente a economías pequeñas y abiertas como la nuestra, que dependen del acceso a mercados, de la inversión extranjera y de la estabilidad de las cadenas de valor. Las tensiones en Medio Oriente, la guerra en Ucrania y el daño ecológico acumulado no son fenómenos independientes: son presiones simultáneas sobre un sistema ya frágil.
Las disrupciones en los mercados energéticos, las tensiones comerciales, los conflictos internacionales y los efectos del cambio climático están generando presiones que impactarán el costo de la vida, la producción, el empleo y la estabilidad social. Esto no es una alarma: es una realidad que debemos enfrentar con seriedad.
Si no atendemos nuestras debilidades internas, estas presiones externas pueden agravarlas. Por eso, más que nunca, Costa Rica necesita claridad, responsabilidad y capacidad de acción. Frente a este momento, el país no necesita más confrontación estéril. Necesita liderazgo, diálogo y sentido de urgencia.
Un llamado a la grandeza política
Ante esta «tormenta perfecta», solo nos queda una alternativa: unir al país. No podemos sentarnos a esperar que el viento cambie o que la desconfianza en el sistema democrático termine de quebrar nuestra paz social. Por eso hoy, bajo el liderazgo que más de 800 mil personas me dieron y con la convicción de que tenemos la responsabilidad de proteger lo nuestro, hago un llamado urgente a mi Partido y, especialmente, a nuestra próxima fracción parlamentaria: es hora de tender la mano a la presidenta electa Laura Fernández.
Le ofrezco a la presidenta electa una oposición que no estorba cuando el país lo necesita. Apoyaremos las medidas de estabilización económica y las decisiones de política exterior que protejan la inserción de Costa Rica en el mundo. No apoyaremos el debilitamiento de la institucionalidad, la concentración de poder ni las decisiones que hipotequen el futuro. Un líder no solo es para conseguir votos, sino para aportar ideas y contribuir en lo que corresponde.
Liberación Nacional no fue fundado para ganar elecciones. Fue fundado para construir un país. En los momentos que definieron a Costa Rica —la abolición del ejército, la educación universal, la seguridad social— el PLN no preguntó si era conveniente políticamente. Actuó. Hoy nos corresponde la misma decisión.
Como país, ya hemos superado momentos difíciles. Lo hicimos cuando decidimos apostar por la educación, cuando fortalecimos nuestras instituciones y cuando entendimos que el bienestar colectivo debía estar por encima de los intereses particulares.
Hoy nos corresponde una tarea similar: enfrentar los desafíos del presente con responsabilidad y preparar a Costa Rica para los cambios que vienen. Este esfuerzo no puede esperar. Tampoco puede depender de una sola administración. Requiere una visión de largo plazo, reformas que hemos postergado por años y una nueva forma de hacer política basada en el diálogo y los resultados.
Quiero ser claro: Costa Rica contará con una oposición firme, responsable y comprometida con el bienestar nacional. Desde nuestro lugar, apoyaremos todas aquellas decisiones que fortalezcan la estabilidad del país, protejan a las familias y preparen a Costa Rica para lo que viene. Y, con el mismo sentido de responsabilidad, señalaremos aquello que consideremos un riesgo para nuestro futuro y, en especial, para evitar el debilitamiento de la institucionalidad democrática y del sistema de separación de poderes.
En los próximos meses estaremos presentes: en la Asamblea Legislativa, en los cantones, en las comunidades. No como fiscalizadores del error ajeno, sino como constructores de las soluciones que Costa Rica necesita. El país que queremos no se decreta desde el Ejecutivo: se construye con instituciones fuertes, ciudadanos informados y partidos que están a la altura de su historia.
A quienes nos acompañaron, les digo: este no es el final de un camino. Es el inicio de una nueva etapa de trabajo, reflexión y compromiso con Costa Rica. Seguiremos aportando, proponiendo y construyendo. Porque cuando a Costa Rica le va bien, nos va bien a todos; y cuando el país enfrenta dificultades, la responsabilidad es compartida. Hoy, más que nunca, debemos recordar lo esencial: esta es nuestra casa común. Y cuidarla es tarea de todos.
La Patria primero.
Que Dios bendiga a Costa Rica.
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