Las pesadillas de Chaves

Luis Paulino Vargas Solís

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Ella no buscó hacerse famosa. La hicieron famosa. Nunca lo pidió ni tampoco lo pretendía. Pero lo lograron: la convirtieron en una celebridad instantánea en las redes sociales y una figura con enorme brillo mediático.

Hablo de Stella Chinchilla Mora.

No es difícil imaginar cómo discurrieron las cosas.

Por alguna razón, que, ojalá, un día no muy lejano, podamos conocer en sus detalles, Rodrigo Chaves le ordenó a la DIS activar la perseguidora en contra de Stella. Ya lo habían hecho contra otras personas –la diputada Johana Obando, por ejemplo– pero parece que hubo “algo” que provocó que, en el caso de Stella, la cosa escalara a nuevas y desconocidas cimas.

La acusación que se montó en su contra ha sido una de las chapucerías supremas en que ha incurrido el gobierno de Chaves a lo largo de sus cuatro años. Ridícula, patética, absurda y risible, todo en un solo paquete.

Y, atención, que eso es muchísimo decir, tratándose de un gobierno que lleva la chapucería instalada en el ADN y circulándole en las venas.

Un gobierno que es, sin discusión ni rival, el campeonísimo de la chambonada.

La suprema torpeza acaecida en el caso de Stella es evidente para cualquier persona dotada de una inteligencia promedio y poseedora de un caudal de información promedio.

Solamente personas muy mal informadas, muy fanatizadas o simplemente tonticas, no lo entenderían.

Pero no solo es torpeza. También es malísima intención.

Y esa mezcla tóxica de torpeza con maldad ha propiciado que la cosa trascienda internacionalmente, al punto que Mary Lawlor, relatora para los derechos humanos de las Naciones Unidos, se dio por enterada y expresó públicamente su preocupación.

De modo que Stella, ya no solo en una refulgente celebridad nacional, sino que escaló al estrellato internacional.

No seamos mezquinos y admitámoslo: es “mérito” de Chaves.

Pero, por otra parte, esto ha venido a agrandar los fantasmas terroríficos que atormenta al señor Chaves.

Le salen en la sopa, el café y en los traguitos de whisky y de ron. Aparecen en el papel higiénico y en la azucarera cuando la destapa. Se asoman por las ventanas de su despacho e, insolentes, emergen por la punta del lapicero cada vez que Chaves se apresta a firmar un decreto.

Son espectros que mortifican sus pesadillas, cuando su humanidad, ajena por completo a la concupiscencia de la carne, yace, bien empiyamada y zepoleada, en su lecho de sábanas blanquísimas como las alas de un ángel.

Y, encima, viene la relatora de la ONU a empeorar las cosas.

Y, entonces, Chaves reacciona según lo que es propio de Chaves: higadoso y visceral, pero también, empunchado lamedor de suelas al servicio de Trump.

Porque su reacción se resume en una cosa: el ataque contra la ONU y, por lo tanto, el ataque contra los valores y los principios del multilateralismo que la ONU representa.

Muy en una tónica trumpista. Como una especie de eco, humillado e indigno, de lo que Trump vocifera frente al mundo entero todos los días.

Pero, además, reafirmando lo que ya sabíamos: que Chaves empuja a contracorriente de lo que Costa Rica más necesita.

Porque, siendo, como somos, un país pequeño y desarmado, necesitamos del multilateralismo y de un mundo regido por reglas claras y estables, tanto como una persona necesita del aire y del agua para poder vivir.

Pero, en fin, que nadie ponga cara de sorpresa.

El interés de Chaves, como el de su sucesora Fernández, ha sido claro: hacer de Costa Rica un protectorado colonial de Estados Unidos.

Economista jubilado

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