En el circo de la política criolla, donde los puentes del diálogo suelen arder más rápido que la paciencia de la ciudadanía, el léxico legislativo acaba de tocar un nuevo fondo. La ocurrencia de calificar de «terroristas» a las fuerzas de oposición por el simple pecado de negociar, dejó al descubierto una alarmante fragilidad conceptual en Cuesta de Moras. Cuando las ideas escasean y el debate de fondo sobre la crisis de la salud, la educación pública o el pago de las deudas del Estado se pone cuesta arriba, resulta sorprendentemente cómodo manotear el insulto fácil y encender el ventilador de las etiquetas pirotécnicas.
🎭 El espectáculo de las etiquetas
Llamar terrorismo a la dinámica propia del contrapeso democrático es un ejercicio tan peligroso como absurdo. La retórica de trinchera que pretende descalificar a cualquier contraparte tildándola de amenaza extrema no demuestra la firmeza del oficialismo, sino más bien una incapacidad crónica para sentarse en la mesa a construir consensos. Gobernar en democracia exige entender que una representación parlamentaria no es un cheque en blanco para ignorar al resto del arco político, y que pretender anular la voz del oponente mediante el miedo o la deshumanización no es muestra de fuerza, sino de pura y dura debilidad argumentativa.
🏛️ El arte de no negociar
Gritar descalificativos para tapar la falta de respuestas a los grandes problemas nacionales parece haberse convertido en la estrategia preferida de algunos sectores. Al calificar cualquier acuerdo multipartidario o agenda social como una conspiración destructiva, se intenta distraer la atención de lo verdaderamente urgente: los centros educativos con órdenes sanitarias, el deterioro institucional y las obligaciones presupuestarias sin resolver. El dogmatismo cerrado que asume el ejercicio del poder como un monólogo absoluto olvida que el electorado votó por una Asamblea plural y no por una corte de aplaudidores.
🗣️ Los ecos del autoritarismo
Tachar de «dictadorzuelos» o «vocerías vulgares» a quienes acuden al agravio directo es el predecible efecto rebote en un ambiente político cada vez más polarizado. Cuando la discusión abandona las ideas para instalarse en el terreno de la agresión verbal, se erosiona el espacio institucional y se atiza la división ciudadana. Pretender justificar el encierro político argumentando que «con ciertos actores no se negocia» no solo le huye al verdadero debate fiscal y social, sino que pretende imponer por la vía del grito lo que no se sostiene por la vía de la razón.
🇨🇷 La democracia se construye, no se grita
En una república sana, el disentir, el firmar acuerdos públicos a la luz del día y el defender causas sociales son parte del ADN institucional, no actos de subversión. Descalificar al que piensa distinto señalándolo con el dedo únicamente revela el miedo a confrontar los datos duros y las realidades del país. Si la clase política insiste en resolver las diferencias a pura etiqueta y exabrupto, terminará por dinamitar los pocos puentes que le quedan a la convivencia democrática.
🦂 El aguijón
Cuando a la política de altura se le agotan las razones y las soluciones, no queda más que recurrir al megáfono del insulto; lástima que para tapar la propia incapacidad no hayan inventado todavía una buena etiqueta.
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