Cómo la demografía y la política están redefiniendo el sueño sionista
Carlos Revilla Maroto
Un país que ya no reconoce a sus fundadores
Hay una imagen de Israel que aún persiste en el imaginario colectivo: la del kibutz, del trabajador agrícola con camisa azul y gorra, del socialismo sionista de David Ben-Gurión, de la esperanza de un Estado judío que sería «una luz para las naciones». Esa imagen, sin embargo, es cada vez más un recuerdo y menos una realidad.
El Israel de hoy no es el de sus padres fundadores. La distancia entre ambos no es solo ideológica; es demográfica, política y cultural. Para entender el conflicto actual —y el futuro que se avecina— hay que comprender cómo el país ha cambiado desde adentro.
Los fundadores: un proyecto laico y socialista
David Ben-Gurión, Golda Meir, Yitzhak Rabin. Nombres que fundaron un Estado y forjaron una identidad. Eran judíos seculares, muchos de ellos nacidos en Europa del Este, educados en el socialismo y convencidos de que el judaísmo debía constituirse en una nación moderna, no en una comunidad puramente religiosa.
Su visión original incluía:
- Un Estado judío, pero no teocrático.
- Un ejército fuerte, guiado por la doctrina de la «pureza de armas».
- Una economía cooperativa, simbolizada en la figura del kibutz.
- Una relación tensa, pero no necesariamente insalvable, con los vecinos árabes.
Ese Israel veía a los palestinos como un desafío complejo, pero no como un obstáculo insuperable para la existencia estatal. La partición de 1947, los acuerdos de armisticio de 1949 y la Guerra de los Seis Días en 1967 cambiaron el mapa; no obstante, la noción de un Estado con fronteras definidas y una paz negociada seguía figurando en el horizonte.
En 1993 llegaron los Acuerdos de Oslo y el histórico apretón de manos entre Yitzhak Rabin y Yasser Arafat. Aquello representó el canto de cisne de la izquierda israelí. Un año después, Rabin era asesinado por un extremista judío. Con su muerte, el sueño de una paz negociada comenzó a desvanecerse aceleradamente.
El giro a la derecha: política y demografía
El asesinato de Rabin fue un síntoma, no la causa única. La derecha religiosa y nacionalista ya experimentaba un firme crecimiento. Sin embargo, lo que ha transformado de raíz a Israel no es únicamente la política, sino la demografía.
Los sectores que hoy dominan la vida pública no son los herederos del pragmatismo de Ben-Gurión. Pertenecen a la línea ideológica de los colonos, los rabinos y los sectores nacionalistas que ven en Cisjordania no un territorio ocupado, sino la tierra prometida (Judea y Samaria).
Esta corriente gana terreno respaldada por la matemática poblacional:
- Los ultraortodoxos (haredim): registran una tasa de natalidad superior a los 6 hijos por mujer.
- Los sionistas religiosos: mantienen un promedio de 4,5 hijos por mujer.
- Los judíos seculares: apenas superan los 2,5 hijos por mujer.
En cuestión de una o dos generaciones, los sectores religiosos representarán la mayoría absoluta de la población.
Este cambio demográfico acarrea consecuencias profundas:
- Fractura en el servicio militar: La histórica exención del reclutamiento para los ultraortodoxos genera una creciente tensión social con la población secular que asume la carga de la defensa.
- Presión sobre el gasto público: El aumento de familias numerosas dependientes de subsidios estatales altera la estructura económica del país.
- Expansión de los asentamientos: Los sectores religiosos nacionalistas lideran el movimiento de colonización en Cisjordania, volviendo cada vez más inviable la solución de dos Estados.
- Redefinición del poder político: El peso de las urnas le otorga a estos grupos ministerios clave y presupuestos destinados a consolidar su proyecto de sociedad.
Los críticos: una minoría acallada
En este nuevo escenario, los intelectuales y sectores judíos críticos del rumbo estatal —figuras como Noam Chomsky, Ilan Pappé o Gideon Levy, e instituciones como B’Tselem o Breaking the Silence— constituyen una minoría no solo postergada, sino abiertamente marginada.
En el plano interno, los periodistas independientes enfrentan señalamientos de traición, las ONG de derechos humanos son tildadas de «antisionistas» y las generaciones jóvenes de perfil secular optan con frecuencia por el desencanto o la emigración. En el ámbito internacional, aunque los sectores jóvenes de la diáspora muestran una postura más crítica, las estructuras tradicionales de apoyo comunitario continúan alineadas de forma mayoritaria con la línea gubernamental.
Quienes defienden los valores de los padres fundadores —paz, justicia social y laicidad institucional— representan hoy una voz en claro retroceso.
¿Qué queda del sueño fundacional?
Queda la memoria, el símbolo y una profunda nostalgia. Pero también persiste una interrogante incómoda: ¿es posible que un Estado fundado sobre bases laicas y democráticas derive hacia un modelo teocrático y nacionalista? La evolución demográfica sugiere que sí. La democracia no se limita al ejercicio del voto; requiere de valores compartidos, educación e instituciones sólidas. Cuando la base cultural de una sociedad cambia de manera radical, el sistema político cambia con ella.
Una advertencia universal
El caso israelí ofrece una lección que trasciende sus fronteras. Constituye un reflejo de los riesgos que afronta cualquier sociedad cuando se polariza, cuando la religión se instrumentaliza en la arena política y cuando las dinámicas poblacionales reconfiguran el equilibrio de poder.
Los valores democráticos no se heredan por simple inercia; se enseñan y se defienden. La paz no constituye un estado permanente, sino un proceso continuo que exige voluntad y pragmatismo político.
El Israel ideado por los padres fundadores pertenece ya al pasado. El país de las próximas décadas estará marcado por el signo de los herederos religiosos y nacionalistas. Queda por ver si sobrevivirá el espacio para una tercera vía capaz de conciliar la seguridad con la justicia, la identidad con los derechos humanos y la memoria histórica con los desafíos del futuro.
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Excelente análisis histórico que explica en buena medida, el viraje del Israel de Ben Gurión y Gokda Meyer, al de hoy, guerrerista implacable, que justifica un derrotero disque señalado por Dios -“This Land is mine”-. Es corto pero preciso y bien argumentado. Algunas cosas se aplican a nuestro país, cuando olvidamos contarle y explicarle a las nuevas generaciones el sueño de los padres fundadores!