Fechas y nombres que la historia no podrá borrar
Erick Sojo Marín
La historia se consulta para entender los hechos, las fechas y las decisiones que marcaron el rumbo de las sociedades. Hoy, la dictadura en Costa Rica deja de ser una advertencia y empieza a registrarse con fechas, nombres y hechos concretos.
Contexto histórico
La historia ha demostrado que cuando un líder político habla de “entregarle el poder al pueblo”, en realidad está construyendo el camino para concentrarlo en sus propias manos.
En Venezuela, el discurso de Hugo Chávez se sostuvo durante años sobre esa narrativa. Con el tiempo, ese proceso derivó en la concentración del poder y el debilitamiento de los contrapesos institucionales.
Hoy, ese patrón vuelve a aparecer. La discusión sobre una dictadura en Costa Rica deja de ser una advertencia abstracta y empieza a tomar forma en decisiones, discursos y alianzas concretas.
Y lo más inquietante no es solo el discurso, sino el respaldo. Sectores religiosos que deberían ejercer un rol moral han optado por acompañarlo, legitimándolo desde la fe en lugar de cuestionarlo desde los principios.
Líderes evangélicos y poder político
Y aquí surge una contradicción imposible de ignorar. Se habla de valores, de moral y de familia como pilares del discurso público. Sin embargo, cuando el tema es el poder, esos principios parecen diluirse en la práctica política, en medio de un contexto donde la discusión sobre una dictadura en Costa Rica deja de ser abstracta y empieza a tomar forma en decisiones y alianzas concretas.
Sectores que se presentan como guardianes de una ética conservadora no han tenido reparos en respaldar a Rodrigo Chaves, incluso frente a hechos de su vida personal que él mismo ha reconocido públicamente y que, dentro de la moral que estos grupos dicen defender, resultan incompatibles con los principios que predican. En un entorno donde se invocan valores bíblicos sobre la familia y la conducta personal, ese silencio no es menor: evidencia una selectividad ética que desaparece cuando el poder está en juego. No hay distancia ni crítica sostenida; hay alineamiento.
Ese alineamiento, además, no es gratuito. Se traduce en acceso a poder. Ahí está el caso de la hija de Guyón Massey, designada en la embajada de Costa Rica en Suiza, en un contexto marcado por el respaldo político que su padre brindó a Rodrigo Chaves durante la campaña de 2022. Más que una coincidencia, es un ejemplo de cómo el concubinato entre liderazgo religioso y poder político termina abriendo puertas en la estructura del Estado.
Y no se trata de un caso aislado. En la campaña que llevó a Laura Fernández al poder, Reynaldo Salazar ha operado como enlace entre sectores evangélicos y el poder político, profundizando ese concubinato. En ese contexto, surge una pregunta inevitable: ¿responde ese rol a una convicción política o a la expectativa de obtener un espacio dentro del gobierno?
Por eso, cuando se escriba la historia, el 24 de abril no solo registrará una frase: registrará el aplauso colectivo de quienes, desde posiciones de influencia moral, decidieron respaldar un discurso que alimenta las bases de una dictadura en Costa Rica.
¿Se consolida una dictadura en Costa Rica? Fechas, actores y señales
Pero el 24 de abril no será la única fecha que la historia retendrá. El 31 de enero de 2025, Pilar Cisneros lo dijo sin rodeos: “Si queremos una dictadura del pueblo…”. Aquella frase no quedó aislada; se inserta en una secuencia de hechos que permite trazar el camino de lo que hoy se discute como una dictadura en Costa Rica.
Ese recorrido comienza el 6 de febrero de 2022, cuando Rodrigo Chaves pasa a segunda ronda, y se consolida el 3 de abril de ese mismo año con su victoria electoral. Ahí se coloca el primer peldaño de la dictadura en Costa Rica. El siguiente se proyecta hacia el 8 de mayo de 2026, con la continuidad del mismo proyecto político en el poder.
La historia, sin embargo, no solo ordena fechas; también señala decisiones y responsabilidades. Entre ellas, las de sectores que, en nombre de la fe, han optado por arrodillarse al poder político, dejando en segundo plano los principios que dicen defender. Como en el relato bíblico de Esaú, que vendió su primogenitura por un plato de comida impulsado por el hambre, hoy algunos líderes evangélicos están dispuestos a cambiar la democracia y sus convicciones por su hambre de poder.
Esto no es un fenómeno aislado. En Nicaragua, sectores evangélicos se alinearon con el poder de Daniel Ortega, mientras el régimen avanzaba en la persecución contra la Iglesia Católica.
En Estados Unidos, la relación entre política y religión se institucionalizó con la llamada Oficina de la Fe en la Casa Blanca, encabezada por la teleevangelista Paula White-Cain durante la administración de Donald Trump, en un entorno donde el discurso religioso ha llegado a presentar la lealtad política como un acto de fe.
Y en El Salvador, Nayib Bukele ha incorporado prácticas como jornadas de oración y ayuno al discurso público, proyectando una figura que, para muchos, se acerca más a la de un líder religioso que a la de un gobernante tradicional.
El patrón es claro: la fe deja de ser un espacio espiritual y pasa a convertirse en una herramienta de poder político.
En Costa Rica, ese proceso no es una hipótesis futura: está en marcha. Y también hay silencios que pesan. En ese contexto, hablar de una dictadura en Costa Rica deja de ser una exageración y se convierte en una lectura cada vez más presente en el debate público.
Rodrigo Chaves apela con frecuencia a Dios y al lenguaje de la fe en su discurso; sin embargo, esa narrativa contrasta con hechos de su vida personal que él mismo ha reconocido y que, a la luz de los valores que dice invocar, abren cuestionamientos evidentes.
A diferencia de los sectores evangélicos, la jerarquía católica tradicional ha mantenido distancia, en un entorno donde persisten reservas sobre episodios de su trayectoria —incluido su paso por Yakarta— que siguen siendo motivo de debate público.
De fondo queda una pregunta que atraviesa todo este proceso: ¿quién tiene valor… y quién tiene precio?
El momento en que la historia empieza a juzgar
Cuando el futuro mire hacia atrás, no solo encontrará decisiones políticas. Encontrará también a quienes aplaudieron, a quienes guardaron silencio y a quienes decidieron resistir. Porque cuando se habla de dictadura en Costa Rica, no se trata de una etiqueta ni de un exceso retórico: se trata de un proceso construido con fechas, decisiones y nombres propios.
La dictadura en Costa Rica no nació de la noche a la mañana, ni la democracia cayó de golpe. Fue un proceso que algunos identificamos desde el primer momento para combatirlo, mientras otros —como sectores evangélicos— lo vieron como una oportunidad para sacar provecho.
Cuando finalmente se escriba la historia, la pregunta ya no será qué pasó, sino quiénes lo permitieron, porque hay precios que se pagan cuando se tiene valor, y cuando no se tiene valor, todo tiene precio.
Fuente: Radio Zurquí
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