Humillación de las universidades públicas

Metáfora de una Costa Rica devenida laboratorio del autoritarismo

Luis Paulino Vargas Solís

lpvs

Esa es la palabra: humillación. Eso describe la reunión de los rectores y rectora de las universidades públicas con el presidente en funciones y con la presidenta electa.

Tratadas a fuetazos, regañadas sin piedad, se les impartieron órdenes y admoniciones, y debieron escuchar en silencio las veladas amenazas que se les formularon.

Total humillación.

En otros tiempos los rectores habrían llegado contando con el respaldo masivo de una enorme manifestación, que habría llenado, a lo largo y ancho, toda la calle comprendida entre el “mol” San Pedro y la Casa Presidencial en Zapote.

Ahora contaron con el “apoyo” de un pequeño grupo de estudiantes.

Dicho en breve: las universidades perdieron su capacidad de respuesta y movilización.

Aunque, por otra parte, es cierto que la historia de los últimos 20 años demuestra que las manifestaciones pacíficas de protesta no bastan. Sea cual fuere el sector o sectores donde se originen.

De hecho, no sirven. Ni siquiera aunque sean masivas y multitudinarias.

La tendencia la inauguró Oscar Arias en su segundo gobierno, cuando decidió ignorar todas las numerosas y concurridísimas expresiones de protesta contra el TLC con Estados Unidos.

Carlos Alvarado reprodujo esa misma estrategia y le dio mayor densidad y solidez.

Con Chaves alcanzamos nuevas cimas.

Durante el chavesato hubo varias marchas de protesta de alcances masivos. Al gobierno, ni fu ni fa. El presidente no simplemente las ignoró, sino que, sistemáticamente, las atacó y descalificó recurriendo a una variopinta gama de insultos.

Podríamos correctamente decir que Arias sembró las primeras semillas del autoritarismo y Carlos Alvarado las cultivó con esmero. Con Chaves crecieron vigorosas e invasivas, hasta convertirse en un matapalo colosal y asfixiante.

Como que el sistema político se blindó y se volvió insensible a la voz de la gente.

Pongámoslo así: se proclama el derecho a la “protesta pacífica” y se enfatiza el adjetivo “pacífica”.

Pero eso exige una contraparte: la escucha.

Esa escucha simplemente desapareció.

Cuando las élites políticas no escuchan, el mecanismo de la protesta pacífica no tiene sentido, no funciona. Y, efectivamente, ha dejado de funcionar.

Lo cual encuentra eficaz complemento en una deriva electoral que está alimentada por la frustración acumulada a lo largo de decenios. A su vez, esto facilita que, en cuota suficientemente mayoritaria, el electorado ceda al hechizo de una demagogia y un populismo de ultraderecha –el del chavismo– cuyas inclinaciones autoritarias son inocultables.

Aunque –necesario es enfatizarlo– esto último no es simplemente “mérito” del chavismo, sino, y quizá principalmente, falla de las otras opciones.

En parte porque algunas de estas tienen un rabo muy largo que majarles –son los casos del PLN, el PAC y el PUSC– y en parte porque no logran hacer el “click” con un mensaje que capte correctamente las fuentes del malestar popular, y les ofrezca una salida persuasiva.

Vivimos algo como una especie de “desfallecimiento de la democracia”.

Con el chavismo, ya las élites no solo no escuchan la voz de la gente, sino que se apropian, controlan y monopolizan esa voz.
Lo cual equivale a decir que esa voz desaparece.

Lo que va quedando es la voz de quienes tienen poder, y están dispuestos a usarlo para imponer sus caprichos y ocurrencias.

Revise también

Parque Nacional Crater Lake

Bazar digital Carlos Revilla Maroto Hay lugares que uno visita con los ojos, y lugares …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *