Cuauhtémoc Cárdenas

La grandeza de transformar sin conquistar el poder

Ricardo Castro Calvo

Cuauhtémoc Cárdenas

La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas nos invita a reflexionar sobre una de las dimensiones más profundas de la política: la diferencia entre conquistar el poder y transformar la historia de una nación. No siempre quienes alcanzan la Presidencia son quienes dejan las huellas más perdurables. Algunos gobiernan durante años y terminan siendo recordados apenas por las circunstancias de su mandato. Otros, como Cuauhtémoc Cárdenas, sin ocupar la más alta magistratura, contribuyen a modificar las instituciones, ampliar las libertades y abrir caminos para las generaciones siguientes.

La grandeza de Cárdenas no puede medirse por las elecciones que ganó o perdió, sino por la trascendencia de una vida dedicada a construir una democracia más abierta, pluralista y socialmente comprometida.

Hijo de Lázaro Cárdenas, uno de los presidentes más importantes de México, heredó una tradición de justicia social, soberanía nacional y responsabilidad del Estado frente a las desigualdades. Sin embargo, tuvo el carácter necesario para construir su propia identidad política. Conoció el poder desde dentro, participó en sus instituciones y llegó a gobernar Michoacán. Pero cuando comprendió que el sistema político se había alejado de sus compromisos democráticos, decidió enfrentarlo.

Aquella ruptura con el Partido Revolucionario Institucional representó mucho más que una separación partidaria. Fue una decisión de conciencia. Cárdenas comprendió que la lealtad a los principios debía estar por encima de la fidelidad a una organización política.

La elección presidencial de 1988, marcada por graves irregularidades y denuncias de fraude, convirtió su candidatura en un símbolo de resistencia democrática. No alcanzó la Presidencia, pero contribuyó decisivamente a cuestionar el predominio de un partido que había gobernado México durante décadas. Posteriormente participó en la fundación del Partido de la Revolución Democrática y, en 1997, se convirtió en el primer jefe de Gobierno del Distrito Federal elegido por voto popular.

Su trayectoria estuvo marcada por victorias, derrotas y desencuentros. También por una perseverancia poco frecuente: nunca abandonó sus convicciones fundamentales, aunque llegó a distanciarse de las organizaciones y dirigentes con quienes había compartido importantes luchas.

La visión de un estadista

¿Qué convierte a un dirigente político en estadista? No basta ejercer autoridad, ganar elecciones o alcanzar reconocimiento popular. El estadista comprende su tiempo, identifica las transformaciones necesarias y actúa pensando en consecuencias que trascienden su permanencia en el poder.

Cárdenas poseía esa perspectiva histórica. Entendió que México necesitaba algo más profundo que una alternancia de gobernantes: requería instituciones electorales confiables, pluralismo político, participación ciudadana y una nueva relación entre el Estado y la sociedad.

Su visión combinaba la democracia política con la justicia social. Defendía un Estado capaz de promover el desarrollo, proteger los recursos estratégicos y atender las desigualdades, pero reconocía que ningún propósito social justificaba la concentración autoritaria del poder.

Esa convicción constituye una de sus contribuciones intelectuales más importantes. La libertad y la justicia social no son aspiraciones contrapuestas. Una democracia que abandona a los sectores vulnerables termina debilitando su legitimidad; un proyecto de justicia social que sacrifica las libertades termina contradiciendo su propio fundamento.

Cárdenas tampoco estuvo exento de errores. No consiguió consolidar una organización política capaz de preservar íntegramente sus ideales. El partido que ayudó a fundar terminó reproduciendo conflictos y prácticas que lo llevaron a separarse de él. Reconocer estas limitaciones no disminuye su estatura; permite comprender que la grandeza política no exige infalibilidad, sino capacidad para mantener el sentido de una causa aun frente a sus contradicciones.

Su autoridad provenía menos del discurso espectacular que de la coherencia, la sobriedad y la perseverancia. En una época en la que tantos liderazgos privilegian la confrontación y la popularidad inmediata, su ejemplo nos recuerda el valor de la responsabilidad, la prudencia y la fidelidad a las convicciones democráticas.

Una reflexión para Costa Rica

La experiencia de Cuauhtémoc Cárdenas adquiere especial significado para nuestro país. Costa Rica atraviesa un período en el que la defensa de la democracia debe acompañarse de una reflexión sobre su calidad, sus resultados y su capacidad para responder a las necesidades de la ciudadanía.

Tenemos una valiosa tradición institucional, pero no podemos suponer que su permanencia está garantizada. La democracia necesita renovarse mediante resultados concretos, respeto a las diferencias, participación ciudadana y confianza en las instituciones.

La inseguridad, las desigualdades, la pobreza y las dificultades para acceder a oportunidades reales han generado frustraciones que ninguna organización política debería ignorar. Cuando las instituciones parecen incapaces de responder, crece la tentación de buscar soluciones en liderazgos que prometen sustituir la complejidad democrática por decisiones personales.

Precisamente por eso necesitamos recuperar una visión de Estado que trascienda los períodos presidenciales y las conveniencias electorales.

Costa Rica requiere dirigentes con visión de estadistas, capaces de reconocer los problemas estructurales, construir acuerdos entre sectores diferentes y tomar decisiones cuyos beneficios posiblemente recogerán otros gobiernos. La verdadera responsabilidad política exige pensar más allá del próximo proceso electoral y comprender que gobernar también significa preparar las condiciones para el bienestar de las generaciones futuras.

La experiencia mexicana también nos enseña que la oposición democrática no puede limitarse a cuestionar al gobierno. Debe ofrecer una alternativa creíble, con propuestas viables y una comprensión compartida del país que desea construir.

Defender la democracia es indispensable, pero no constituye por sí solo un programa de gobierno. Es necesario transformar esa convicción en un proyecto político ciudadano que articule libertad, justicia social, seguridad, desarrollo económico, sostenibilidad y fortalecimiento institucional.

Para la socialdemocracia costarricense, esta responsabilidad resulta particularmente significativa. Su renovación no puede descansar únicamente en la evocación de sus conquistas históricas. Debe demostrar que sus principios conservan la capacidad de responder a los desafíos contemporáneos, escuchar a las nuevas generaciones y construir oportunidades para quienes sienten que el progreso nacional no ha llegado a sus vidas.

Tampoco podemos confundir la unidad democrática con la uniformidad ideológica. Una sociedad plural necesita reconocer sus diferencias y construir acuerdos sobre aquello que resulta esencial para su convivencia. La grandeza de una alianza no reside en eliminar las identidades de quienes la integran, sino en encontrar propósitos superiores que permitan trabajar juntos.

Cárdenas demostró que era posible enfrentar un sistema político dominante mediante organización, perseverancia y participación electoral. Su experiencia nos recuerda, además, que los partidos son instrumentos al servicio de la ciudadanía, nunca propietarios de sus esperanzas.

La verdadera dimensión del poder

Hay una diferencia profunda entre el dirigente que necesita que todos lo sigan y aquel que procura formar ciudadanos capaces de pensar, disentir y participar. El primero construye su fortaleza alrededor de su propia figura; el segundo trabaja para que las instituciones sean más importantes que cualquier liderazgo individual. Esa distinción debería orientar nuestra manera de valorar a quienes aspiran a gobernarnos.

La victoria electoral otorga legitimidad de origen, pero la legitimidad del ejercicio del poder debe construirse mediante decisiones responsables, respeto institucional y cumplimiento de la confianza recibida.

Un estadista no utiliza el poder para dividir permanentemente a la sociedad entre vencedores y vencidos. Comprende que debe gobernar también para quienes no lo eligieron. Sabe que la autoridad democrática exige firmeza, pero igualmente prudencia, capacidad de escucha y disposición al acuerdo.

Cuauhtémoc Cárdenas no llegó a ser presidente de México. Sin embargo, contribuyó a transformar las condiciones democráticas que permitieron a otros alcanzar esa responsabilidad. Su legado nos recuerda que la historia no reconoce únicamente a quienes ocuparon el poder, sino también a quienes ampliaron las posibilidades de libertad de sus pueblos.

Costa Rica necesita recuperar esa comprensión de la política. Necesita menos dirigentes preocupados por su propia permanencia y más personas dispuestas a construir instituciones sólidas, acuerdos duraderos y oportunidades que sobrevivan a sus mandatos.

La grandeza de un estadista no consiste en lograr que una nación lo necesite para siempre, sino en contribuir a que pueda avanzar con libertad, justicia y dignidad cuando él ya no esté.

– Abogado

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