A propósito de la Feria del libro y su incidencia en Centroamérica
Caryl Alonso Jiménez

Acumular libros, como decía Humberto Eco, es tener una parte del universo dispuesto en estantes para despertar la imaginación, que a veces al repasarlos un día cualquiera en íntima soledad… sin paranoia, sino en esas bilocaciones que llevan a viajes oníricos y encontrarnos con la Princesa esclava del Efrit, en ese primer relato de “Las mil y una noche”, (2005) y provoque manjares pasionales…
En otras, vivir el heroísmo obsesivo del Capital Ahab surcando los mares en su barco Pequod, en la caza de la ballena blanca y junto a Ismael, en “Moby Dick” (1851). A veces a repetir la soberbia realista e intensa del “Ulises” (1922), de Joyce. Y vivir la cruda imitación social de Julián Sorel, buscando su espacio en la aristocracia Francesa, en “Rojo y negro” (1830). Y más allá, vivir la denuncia y crueldades de la revolución de 1917, en el “Doctor Zhivago” (1957).
Seguramente es Irene Vallejo en “El infinito en un junco” (2025), que deja ver a través de las rendijas del tiempo la extraordinaria huella de Alejandro Magno en la creación de la Biblioteca de Alejandría, relatos seductores como en el de Marco Antonio, que quiso deslumbrar a Cleopatra con doscientos mil volúmenes de esa biblioteca (P. 30).
Es verdad, el libro tiene mensajes de aquellas veleidades que pueden sellar pasiones o revoluciones. Relatos que dominan el asombro, como la de Mao Zedong, que abrió una librería en Changsa (Provincia de Hunan, en China), y que le permitió financiar sus primeras etapas de la vida revolucionaria (P. 406).
Es allí donde la imaginación tiene su epítome más elevado para descubrimientos, amenazas, temores, poder, codicia, y creencias… una sola novela de la saga de Brown, es capaz de alterar lo que creíamos saber, datos facilitados con seducción que retrata el mundo de las maldades de poderes globales en ciernes, en “El ultimo secreto” (2025).
George Orwell y Ray Bradbury anticiparon el mundo panóptico que explicó Foucault y que derivó en la vigilancia digital que Yoko Ogawa, en “La policía de la memoria” (1994), quien lo explicó mejor como antesala al Siglo XXI.
Por ello, la Feria Internacional del Libro de Guatemala (FILGUA), que se celebra del 8 al 19 de julio en esta ciudad, aunque pertenece al portafolio de negocios de las editoriales nacionales e internacionales puede entenderse como la trama para abonar al talento y la imaginación. Una especie de simiente anual que abona una esquina…
Es verdad, leer es la maravilla de la libertad para exacerbar la psicosis y sentidos que alimentan la excepcional mirada a escenarios imaginarios, algunos de la parodia ilusa de pasiones, tragedias humanas, relatos de ficción o las más ocultas conspiraciones.
Pero, sin mayor ingenuidad, el libro es un producto de consumo que esconde la cruel realidad: leer requiere pagar su costo. Las ofertas ocupan un alto porcentaje del salario mínimo de hombres y mujeres. Es verdad allí es donde el mercado del libro se sostiene…
Guste o no, así es la libertad de leer y la búsqueda del conocimiento en relatos que seguramente encenderían la imaginación de niños y jóvenes del campo y la ciudad; pero no pueden… Esa es la arista del consumo de libros… Y allí viene el mensaje oculto de Alejandro Magno, crear la Biblioteca pública de Alejandría. Entonces, ¿por qué no hay ferias de libros de las bibliotecas públicas en Centroamérica…?
Pero no cabe duda, leer es esa grata intimidad donde la tentativa es capaz de vivir travesías imaginarias. Nunca olvido cuando en los años ochenta en una clase de historia en la Universidad del Valle, en Guatemala, hice un panegírico de una lectura de Tito Livio. –Cómprate Décadas de la historia romana de Tito Livio, -me dijo el profesor.
Y justo coincidió con una pasantía en los años ochenta. Viví dos meses en ciudad de México, hice la peregrinación a la librería Ghandy y compré los cinco tomos que aún conservo, me costaron treinta pesos mexicanos, no salía de mi asombro…
Una noche en la feria del Libro más larga de México y posiblemente de América Latina, ubicada en la línea 2 del Metro, comenzaba en la estación Pino Suárez y terminaba en la Estación del Zócalo, eran dos kilómetros de libros, ríos de tinta y palabras impresas, casi era el relato de Carlos Ruiz Safón (1964-2020), en “La sombra del viento” (2001).
Allí fue cuando conocí a Gabriel García Márquez. Aprendí en esos días la metáfora de Richard Bach, en “Juan Salvador Gaviota” (1970), y Antoine de Saint-Exupéry, en “El principito” (1943), que acudo algunas veces para descubrir mensajes ocultos…
Los libros y la lectura aún siguen lejos y amenazados ahora por la cultura digital. De repente hará falta un nuevo enfoque institucional hacia la lectura… Ya hay literatura juvenil y escolar que revela incipientes rasgos de imaginación, pero se esfuma… Cuántos como Augusto Monterroso que ven, no sin cansancio y derrota, ese dinosaurio que todavía está allí, y esperan con esperanza que se despierte. Pero, ¿despertará…?
Despertar la imaginación en jóvenes puede ser la única vía de escape para la presente generación y acercarnos al umbral del pensamiento crítico… ¿O leemos en defensa de la libertad, o nos dejamos atrapar por imágenes de cuarenta segundos? Los libros estarán allí para alumbrar a lectunautas hacia el firmamento de la imaginación… Entonces, ¿Abordamos el siguiente libro…?
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