¿Y si te dijera que apenas fue ayer…?
Caryl Alonso Jiménez
“Si soñar un poco es peligroso, la cura no es soñar menos, sino soñar más… y todo el tiempo”. Tomo III, Camino Guermantes, “En busca del tiempo perdido”. Proust (1871-1922), fue quien mejor entendió que la vida pasada marca lo que sigue y por ello no hace falta explicarse la existencia, excepto por lo gratamente vivido…
En la ciencia Noetica se desarrollan teorías sobre experiencias extra corporales para explicar la conciencia no local, que ocurre al parecer milésimas de segundos antes de la muerte ese salto o salida del cuerpo y que ve el entorno y repasa sucesivamente toda la vida…
Pareciera en esa teoría todo cabe apenas en un segundo… Sin ser noetico… aunque no puedo explicar cómo pasaron cincuenta años… Fue un medio día en ese adminiculo de mano que nos acompaña para no olvidar el tiempo y que somos mortales…
Es ese invento de los suizos de poner relojes en cada mano que resulta la metáfora del proverbio Árabe que reza, “Cada día morimos un poco…”. De repente para que no se olvide que el tiempo es lo único que no se puede comprar o rehacer. Por eso los Tuareg, tribu nómada del Sahara dicen que occidente tiene relojes… pero ellos tienen el tiempo… ¡Vaya paradoja…le pusimos valor al tiempo…y no a vivir…!
No lo entendimos porque el tiempo vale el interés que puede redituar y dar poder. En los tiempos que corren omiten ese particular sentido, perdemos el entendimiento del corazón… Y la advertencia es milenaria, “Por encima de todo guarda tu corazón, porque de allí brota la vida”, (Proverbios 4:23).
Todo paso casi ayer. Venía agotado de largos meses en los que buscaba superar haberme quedado en una extraña sensación de soledad adolescente en el parquecito de mi pueblo; y que años después pude entender mejor la soledad de los adolescentes.
Nunca lo olvido, estar solo me hizo imaginar una historia que fue tejiéndose en el nocturnal romántico de la radio. Esa radio me salvó de la soledad, descubrí a Percy Faith al escuchar “En un lugar de verano”, allí encontraba su nombre perdido entre notas románticas de una canción…
Fue un alivió, alimentaba mi imaginación en esa historia inventada. Escuchaba “Viento dile a la lluvia”. Años después conté la historia una noche de vinos en un cafetín del Barrio de San Telmo, Buenos Aires al cantante del grupo Los Gatos, y gentilmente la cantó dos veces… melodía que alivió los corazones de esa época en Argentina.
Al final ese relato imaginado fue de un dilecto amigo de aula que la llevó a su vida por largos años. Al paso del tiempo entendí que era eso, solo imaginación por la soledad que me procuraba el olvido de un adiós adolescente… Ya lejos, solo podía redimirlo desde el pórtico de Serrat en un “hola y un adiós”, que nunca llegó.
Pero la fortuna tiene nombre, fecha e historia… fue hace cincuenta años cuando una mirada entre los bosques de encinos de aquella mañana de agosto hizo nacer esta historia un septiembre… que luego la intensidad y la hermosa certeza esa sabiduría de vida me marco para transitar por una historia nueva.
Ese encuentro me enseño que siempre hay otras miradas, melodías, entregas totales y para siempre… y hoy al ver hacia atrás suman extensos días, amplísimas semanas, incontables meses y eternos años, que llegaron a cincuenta…
Me dicen que es toda una vida, pero les digo que apenas fue ayer… el tiempo se fue en un abrir y cerrar de ojos, tres princesas y el regalo de la vida…
Fueron decenas de peregrinajes por la geografía de la vida, algunas por los caminos de Martín Fierro oyendo tango callejero en la calle Florida. Otras, por los senderos de don Quijote en Castilla la Mancha. Alguna vez buscando Sherlock Holmes en el número 221B de la calle Baker. Y otra vez, admirar una tarde el ocaso desde el Albaicín…Y otra, haciendo la jornada del recuento de don Quijote en la casa de Miguel de Cervantes.
Alguna vez subiendo los arrabales hacia la Sebastiana de Neruda y cantar en silencio sonoro, “En ti los ríos Cantan…”. En otras, buscando en Key West a Hemingway… que años después junto a su escultura en el Bar Floridita rendimos tributo con un Daiquiri mañanero. Y más de alguna vez viendo asombrados el amanecer desde el Volcán de Agua y, en otra subiendo la escalinata del tempo IV en Tikal.
Alguna vez, admirando en el Hefestión la forja del Dios Hefestos, y oír pacientemente en un café el mito de Prometeo… Y alguna vez escuchar en el Pier 39 a Tony Bennett. Más de alguna vez caminar como adolescentes por la 5ta Avenida hasta Central Park… y en otra admirar los molinos de Zaanse Schans. Pero si, ya queda poco… falta ver el Museo de la Inocencia, de Pamuk, la aurora Boreal y asistir al destello del amanecer en la cresta del Acatenango.
Nunca te agotaste, fue tu ánimo que me confortó en noches de derrotas…lloraste conmigo por todo aquello que no debió pasar… Me aplaudiste con el corazón por los grandes triunfos, como les llamaste siempre. Caminamos por senderos que hoy no tienen ningún valor y que solo parejas avenidas pueden hacerlo y vivirlo.
Esa es la historia, “ya domesticado” como repite Saint-Exupery en El Principito. Con el mapa de esa travesía que solo navíos pueden surcar en mares de tormenta y calma, e izar banderas de llegada con la fortuna por haber vivido… ¿Qué más puedo pedir…?
No tengo palabras, sino gracias por todo lo que hiciste con mi vida en estos apenas cincuenta años… en breve iré camino al firmamento y si no hay nada del otro lado, como estoy seguro, allí también serás mi norte para regresar de vuelta, al igual que el capitán Dave Bowman a ese eterno e inmenso infinito…
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