
Hannah Bunting, Universidad de Exeter
Tras ser nombrado líder del Partido Laborista, Andy Burnham se ha convertido oficialmente en primer ministro del Reino Unido. El hecho de que muchas personas consideraran este día como algo inevitable no lo hace menos trascendental.
Hace seis años, Starmer heredó un Partido Laborista que había fracasado en ganar cuatro elecciones generales y luchaba contra una reputación empañada. En el mes en que asumió como líder, los laboristas registraban un 29% en las encuestas, 22 puntos por detrás del Partido Conservador de Boris Johnson. Starmer fue descrito como “implacable”, algo que él mismo admitió en ocasiones, para dar un giro radical al partido. Expulsó a los vinculados con el antisemitismo o a quienes renegaban del laborismo y pasó cuatro años preparándose para librar una campaña electoral victoriosa.
Los escándalos y los cambios de liderazgo en el entonces gobernante Partido Conservador ciertamente ayudaron a Starmer. Los laboristas pasaron a ser más populares que los *tories* en noviembre de 2021 y mantuvieron esa ventaja hasta las elecciones generales de julio de 2024. Starmer buscó convencer a los votantes prometiendo una “renovación nacional” y el principio de “el país primero, el partido segundo”.
Funcionó, hasta cierto punto. Los laboristas sí lograron una victoria arrolladora en 2024, pero fue tanto en función del sistema electoral como por una historia de éxito de Starmer. Dos tercios de los votantes —y grandes sectores de la población que ni siquiera votó— optaron por partidos que no eran el Laborista. Aun así, iniciaron la legislatura con 412 diputados, en la segunda victoria más grande de la historia del partido.
Resultó que tal vez “el país primero, el partido segundo” no sea el mejor principio para gobernar. A principios de su mandato, Starmer tomó decisiones que no fueron bien recibidas por su propio partido. Entre ellas se incluyeron políticas sobre la reforma del bienestar social, el subsidio de combustible para el invierno y los impuestos a la herencia de los agricultores, junto con acusaciones de imitar la retórica del partido derechista Reform UK, una agrupación que crecía rápidamente en las encuestas.
La reacción en contra, tanto del país como del partido, provocó una serie de giros de 180 grados (*U-turns*). El escándalo de Peter Mandelson añadió aún más incertidumbre a su capacidad para ejercer autoridad sobre su partido.
La popularidad de Starmer entre el público también se desplomó. Los laboristas tardaron menos de un año en perder su ventaja en las encuestas. Mientras Starmer era elogiado en el escenario internacional, su posición a nivel interno se debilitaba. Finalmente, un pobre desempeño en las elecciones locales de 2026 y una serie de dimisiones en el gabinete terminaron por sellar su destino.
A Burnham se le ofreció la oportunidad de convertirse en diputado y ganó el escaño por Makerfield. Horas antes de prestar juramento ante el parlamento, Starmer se presentó a las puertas del número 10 para anunciar su dimisión. El fin de seis años como líder laborista, dos años como primer ministro y un sucesor que ya iba de camino a Londres.
¿Qué pasa ahora?
La transición sigue un guion con el que el Reino Unido se ha familiarizado bastante, tras haber tenido seis primeros ministros en una década. El líder saliente viaja al Palacio de Buckingham para dimitir formalmente como primer ministro ante el rey Carlos: una audiencia breve sin mayor ceremonia. Su autoridad termina oficialmente en el instante en que el rey acepta su dimisión.
El primer ministro entrante hace luego el mismo recorrido. El rey le invita formalmente a formar gobierno, en un ritual aún conocido como “besamanos” (*kissing hands*), aunque en realidad sea solo una conversación. Solo en ese momento se convierte legalmente en primer ministro. Para Burnham, el congreso extraordinario del viernes lo convirtió en líder del Partido Laborista, pero todavía no en líder del país.
Desde el palacio, Burnham se dirige a Downing Street para su primer discurso como primer ministro a las puertas del número 10, el momento tradicional para fijar un tono más que para anunciar políticas. Nombramientos de gabinete suelen seguir con rapidez: un nuevo primer ministro quiere a su equipo principal constituido antes de que avance el ciclo de noticias del día. Por tanto, cabe esperar una remodelación gubernamental a lo largo de la tarde y noche del lunes.
Si una semana es mucho tiempo en política, dos años son una eternidad. La serie de decisiones políticas adoptadas por los laboristas desde las elecciones generales ha cosechado críticas de casi todo el electorado. Aunque algunas decisiones lograron consenso —como la negativa a sumarse a los ataques del presidente estadounidense Donald Trump contra Irán—, la mayoría resultaron divisivas.
El proyecto de ley sobre derechos laborales se descafeinó lo suficiente como para frustrar a los sindicatos que lo reclamaban. La reforma del bienestar dividió al partido entre los diputados que consideraban que iba demasiado lejos y los colectivos en defensa de la discapacidad que creían que no llegaba ni de lejos a lo necesario. Las huelgas que persisten en el Servicio Nacional de Salud (NHS) y en el sector de la educación superior están empujando a algunos votantes laboristas tradicionales hacia los Verdes. Y en materia de asilo e inmigración, imitar la retórica de Reform no impidió que los votantes se desviaran hacia Nigel Farage, al tiempo que alienó a quienes esperaban algo distinto a los años de gobierno conservador.
Ganar de nuevo el debate en tres frentes a la vez —Reform a la derecha, los Verdes a la izquierda y los “indecisos” en el centro— y demostrar al mismo tiempo la competencia básica y la firmeza de las que se acusaba a Starmer de carecer, resultaría difícil para cualquiera.
Y las cualidades que hicieron popular a Burnham no sobreviven automáticamente al traslado al número 10. Como alcalde metropolitano, tenía la libertad de entablar batallas, atribuirse méritos y mantenerse estrechamente identificado con una sola ciudad. Gobernar implica concesiones, responsabilidad colectiva y un público que observa a todo el país, no solo a Mánchester.
Starmer también llegó con buena voluntad genuina y una mayoría histórica. Que la suerte de Burnham sea distinta dependerá menos del “entusiasmo” que genera ahora que de la rapidez con la que pueda demostrar que gobierna de forma diferente, y no solo que habla de forma diferente.![]()
Hannah Bunting, profesora titular de Política Británica Cuantitativa y codirectora de The Elections Centre, Universidad de Exeter
Este artículo ha sido republicado desde The Conversation bajo una licencia Creative Commons. Lea el artículo original.
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