El Faro de Battery Point

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Carlos Revilla Maroto

Carlos Revilla

Hay lugares que no se dejan conquistar del todo. Lugares que le recuerdan a uno que, por mucho que construyamos carreteras, puentes y ciudades, el mar sigue siendo el dueño de la última palabra. El Faro Battery Point, en Crescent City, California, es uno de esos lugares. No se puede llegar cuando a uno le da la gana. Se llega cuando el mar lo permite. Y si uno se equivoca de hora, se queda en la orilla, mirando el faro desde lejos, como un náufrago que vio el barco partir sin él.

El faro está construido sobre un pequeño islote rocoso. Cuando la marea está baja, se puede caminar hasta él por un camino de arena y rocas. Cuando la marea sube, el camino desaparece. El faro se convierte en una isla. Y uno se queda mirando desde tierra, esperando que la próxima marea baja le permita el paso. La ventana de oportunidad se abre aproximadamente cada doce horas. Hay que consultar las tablas de mareas antes de ir. Llegar en marea alta es un error de principiante. Llegar en marea baja es sentirse un poco aventurero, caminando sobre el fondo marino que el agua acaba de dejar al descubierto.

Pasamos una noche en Crescent City, ciudad costera en el norte de California, donde está el faro, muy cerca de la frontera con el estado de Oregon. Y por supuesto, cuando llegamos en la tarde, la marea no nos permitió visitarlo. Pero al día siguiente en la mañana, cerca del mediodía, antes de continuar con nuestro viaje, si pudimos hacerlo sin problemas. Hay que planear un poco porque el faro es accesible aproximadamente dos horas antes y dos horas después de la marea baja.

A diferencia de esos faros altos y esbeltos que uno imagina en los acantilados de Nueva Inglaterra, el faro es más bien bajito. De hecho, parece una casa con un faro en el techo. Es de piedra y mampostería, construido en 1856 para advertir a los barcos de las peligrosas rocas en la entrada del puerto de la ciudad. Con un costo de 15 000 dólares. Fue el décimo faro construido en la costa oeste de Estados Unidos, y es uno de los 16 faros de estilo Cape Cod construidos en el siglo XIX. Originalmente se conocía como «Crescent City Light Station».

El primer farero fue Theophilis Magruder, que comenzó a trabajar el día de Navidad de 1856. El farero que más tiempo permaneció en el cargo fue el capitán John Jeffrey, que estuvo destinado aquí desde 1875 hasta 1914 (39 años). El último farero oficial fue Wayne Piland, que prestó servicio desde 1949 hasta 1953, cuando el faro se automatizó. La Guardia Costera siguió manteniendo el faro hasta que fue dado de baja en agosto de 1965.

El faro permaneció apagado hasta diciembre de 1982, cuando se reactivó y pasó a ser una ayuda privada a la navegación, función que sigue desempeñando en la actualidad. La luz permanece encendida durante 3,5 segundos y apagada durante 26,5 segundos, las 24 horas del día, y puede verse hasta a 22,5 km mar adentro en una noche clara.

En 1969, el faro y esta isla fueron declarados propiedad excedente y transferidos al condado de Del Norte. El faro está gestionado actualmente por la Sociedad Histórica del condado de Del Norte.

Y ha sobrevivido a todo. Vientos feroces. Tormentas implacables. Y un tsunami. En 1964, un terremoto en Alaska envió olas de más de seis metros hacia la costa de California. El faro resistió. Desde su islote, los guardianes vieron cómo el agua lo inundaba todo a su alrededor. Pero la estructura se mantuvo en pie.

El camino desde el estacionamiento hasta el faro es corto, unos 600 m. Pero el terreno no es amable, hay arena, rocas, troncos arrastrados por el mar. Y si uno se entretiene demasiado, la marea puede volver a subir y dejarlo a uno atrapado en el islote. Cuando uno logra llegar se encuentra con un museo pequeño pero bien cuidado. Adentro hay artefactos antiguos, fotografías históricas y el lente Fresnel original, esa maravilla de la óptica del siglo XIX que amplificaba la luz para que se viera a kilómetros de distancia.

El faro ya no necesita guardianes las 24 horas, se automatizó en 1953. Pero todavía hay personas viviendo allí. Voluntarios que se turnan para ser los «guardianes residentes». Se inscriben en una lista, esperan años a que les toque el turno, y luego se mudan al faro por un mes. Hacen la limpieza, atienden a los visitantes, y mantienen viva la tradición.

El recorrido cuesta cinco dólares por adulto, un dólar por niño. Pequeños grupos de seis a ocho personas suben hasta la parte más alta, donde la lente sigue girando, lanzando su destello sobre el Pacífico cada noche.

El islote no es solo el faro. Alrededor hay piscinas de marea llenas de estrellas de mar, erizos y pequeños cangrejos. Hay flores silvestres. Y en los árboles cercanos, la gente ha colgado boyas de colores que se mecen con el viento.

Las vistas son impresionantes. Hacia el oeste, el océano interminable. Hacia el este, el pueblo de Crescent City y las montañas cubiertas de secuoyas. Al atardecer, la luz se vuelve dorada y el faro se recorta contra el cielo como una postal.

Algunos dicen que el faro tiene un fantasma. Aparece en listas de los faros más embrujados de Estados Unidos. No sé si es cierto. Pero si hay un lugar donde uno puede creer en fantasmas, es en un faro al que solo se llega cuando el mar lo permite.

El faro no es para el visitante apurado. Es para el que está dispuesto a consultar una tabla de mareas, a caminar sobre rocas resbaladizas, a esperar su turno para entrar. Es para el que entiende que algunos lugares no se entregan así nomás. Hay que ganárselos. Y cuando uno finalmente llega, cuando está ahí arriba, mirando el horizonte, con el viento en la cara y el ruido de las olas allá abajo, entiende por qué vale la pena.

Ha estado allí desde 1856. Ha visto naufragios, tsunamis, tormentas. Ha visto cambiar el mundo. Y sigue ahí, firme, lanzando su luz cada noche. Como diciéndole al mar: «Usted hace lo suyo. Yo hago lo mío». Y uno, desde arriba, solo puede asentir.

Conocer el Faro Battery Point fue una de los puntos altos del viaje. Los dejo con una pequeña galería del faro y sus alrededores.

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