Enrique Gomáriz Moraga

Estoy de acuerdo, en general, con este planteamiento. Claro, para justificarlo sólidamente resulta oportuno hacer un buen diagnóstico de la condición actual de la sociedad española. Sánchez-Cuenca propone: “En estos años se ha producido una transformación significativa de la sociedad española y de muchas de sus élites (políticas, empresariales, periodísticas, intelectuales).” De acuerdo, yo agregaría también demográfica, porque una sociedad que, en menos de treinta años, pasa de tener una proporción de adultos mayores del 12% al 20% transforma radicalmente sus necesidades de salud, pensiones, y otros servicios. Lo señalo porque es un cambio drástico que muchas veces pasa desapercibido.
Sánchez-Cuenca continúa indicando que hay “una transformación que resulta pavorosa y que no puede ignorarse, por incómodo que resulte hablar de ello. Se trata del regreso de la intolerancia, del deterioro de unos mínimos valores cívicos de reconocimiento mutuo y de una cierta exaltación de la rudeza y la brutalidad, en la forma y en el fondo”. Me parece una observación cierta pero insuficiente. Yo agregaría otros deterioros, el más evidente la destrucción de la confianza mutua. Y para hablar con claridad, afirmaría que la sociedad española está enferma sociopolíticamente hablando. Ojo, no digo que es enferma, sino que está enferma.
A partir de ese diagnóstico bastante compartido, Sánchez-Cuenca derrapa, dejándose arrastrar por su adscripción política y afirma: “No voy a negar que en las fuerzas de izquierda haya síntomas de esta misma tendencia, pero creo que en este caso la equidistancia no es defendible”. Faltaría más, la culpa fundamental es de la derecha, y para probarlo hace una relación de hechos que lo sostiene. Claro, se olvida de aquello de que un buen análisis exige no solo decir la verdad, sino toda la verdad. Y así evita mencionar la colección de hechos que, tirando de hemeroteca, muestran a un Sánchez tramposo y decidido a usar cualquier método que justifique su acción, logrando liquidar algo que es crucial en las democracias: la previsibilidad de las instituciones fundamentales. Su última hazaña al respecto es el uso que quiere darle a la Comisión Permanente del Congreso para aprobar unos decretos rechazados por el pleno del Congreso. Una forma de hacer política que destruye la confianza pública.
Por cierto, un inciso metodológico: no es lo mismo ser equidistante que comprobar, mediante un análisis riguroso, que un problema no solo afecta a un determinado actor político, sino que también afecta a su oponente. A partir de las premisas anteriores, lógicamente Sánchez-Cuenca concluye que hay que evitar votar a la derecha, principal responsable del deterioro cívico. Una conclusión que, además de sesgada, simplifica la situación y pierde de vista la complejidad del problema.
Porque la cuestión fundamental estriba en considerar si las próximas elecciones podrían ser el punto de arranque del proceso de sanación que necesita una sociedad que está enferma. Y realizar esa reflexión desde la perspectiva de los posibles resultados electorales. Un asunto, como imaginaran, peliagudo de procesar.
Como es evidente, hay dos escenarios básicos: la continuidad de un gobierno presidido por Sánchez o un cambio de gobierno sobre la base de una alianza entre PP y Vox. Soy tendencialmente pesimista: temo que ninguna de las dos opciones garantiza el inicio de un proceso de sanación.
La continuación de un gobierno de Sánchez, además de que no parece previsible, supone el mantenimiento de la polarización actual y cualquier serie de maniobras para poder gobernar con propiedad (por ejemplo, aprobando los presupuestos anuales). Desafortunadamente, Sánchez seguirá preso de fuerzas de extrema izquierda para poder formar gobierno, con lo que lo previsible es continuar con la polarización y las maniobras institucionales que han acompañado el gobierno de Sánchez. Son muchos los socialistas que están deseando pasar la página para sanear la vida política y permitir que el PSOE se refresque en la oposición, a sabiendas del chapuzón que llegará después.
Pero, aunque la opción alternativa se prefiera por descarte, no es menos complicada. Para que con un gobierno de las derechas pudiera iniciarse un proceso de sanación cívica, serían necesarias algunas condiciones nada fáciles de implementar.
Una primera consiste en evitar o disminuir los deseos de venganza que existen en la derecha dura, tanto en el PP pero sobre todo en VOX, justificados o no por las humillaciones sufridas en estos últimos ocho años. Creo que Feijoo y su equipo cercano estaría mas dispuesto a ello que algunos círculos en su propio partido y sobre todo en Vox.
Otra condición refiere a que el PSOE se aleje de la tentación de lanzarse a una oposición destructiva y mucho menos de acciones callejeras o huelgas que hagan imposible la despolarización política. Mas bien sería constructivo que presione al PP para lograr los pactos de estado que tanto necesita el país. Claro, resulta inimaginable que esto pudiera suceder sin un cambio en la dinámica interna del propio PSOE.
Y finalmente, aunque no menos importante, lograr una neutralización de la extrema izquierda, para evitar los escenarios de violencia política, que, por ejemplo, hoy contemplamos en Francia.
Como puede observarse, estas son algunas condiciones sólo referidas a los actores políticos internos. Habría que integrar otras referidas a la propia sociedad civil o al marco internacional. Es decir, un proceso muy complicado, aunque supongo, espero, que no imposible.
De hecho, la política española ha tenido algunas oportunidades de descompresión, que desafortunadamente se dejaron pasar. Muchos observadores señalan que una muy importante fue la posibilidad de formar un gobierno de centro izquierda, mediante una alianza entre PSOE y Ciudadanos. Ese gobierno hubiera podido luego negociar con las fuerzas conservadoras mayoritarias, reduciendo el crecimiento posterior de la extrema derecha y la extrema izquierda. No fue posible, también por la falta de sentido de estado de los responsables políticos, pero no hay duda de que pudo fraguarse.
En todo caso, la evolución posterior a esa oportunidad perdida ha ido a peor, incrementándose un proceso de intolerancia y falta de confianza mutua, que agudiza el clima enfermizo de la convivencia sociopolítica española. Insisto, no soy optimista respecto de los dos escenarios posibles, aunque la salida del Gobierno de Pedro Sánchez parece ser la opción más favorable para poner fin de inmediato a la polarización y la dinámica de bloques. Pero en busca de esperanzas he de admitir que tampoco la transición a la democracia fue algo completamente previsible.
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