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Carlos Revilla Maroto
Es un azul que no parece de este mundo. No es el azul del cielo reflejado en el agua, ni el turquesa de los mares tropicales. Es un azul profundo, casi eléctrico, que parece venir de las entrañas de la tierra. Y de algún modo, así es, viene de una herida volcánica que tardó 7 700 años en convertirse en belleza.
Para entender Crater Lake hay que remontarse a un cataclismo que ocurrió cuando las civilizaciones antiguas apenas comenzaban a escribir su historia. Hace unos 7 700 años, el Monte Mazama era un estratovolcán imponente que se elevaba unos 3,700 metros sobre el nivel del mar, comparable al actual Monte Shasta. Era uno de los grandes volcanes de la cordillera de las Cascadas, alimentado por la subducción de la placa Juan de Fuca bajo la placa Norteamericana.
Y entonces explotó.
No fue una erupción cualquiera. Fue la mayor erupción volcánica del Holoceno (los últimos 10 000 años) en América del Norte. En cuestión de días, el volcán expulsó 50 km3 de magma —150 veces más que la erupción del Monte St. Helens en 1980— y la ceniza volcánica cayó sobre un área de 1,7 millones de kilómetros cuadrados, desde la Columbia Británica hasta el norte de Nevada y hasta el oeste de Yellowstone.
Pero lo más extraordinario no fue lo que salió, sino lo que quedó. La cámara magmática se vació y la montaña se derrumbó sobre sí misma, creando una caldera de 8 por 10 km y más de 1 200 m de profundidad. El Monte Mazama había explotado hacia adentro.
Durante siglos, la caldera fue un desierto de roca caliente y ceniza. Pero el clima húmedo de la cordillera de las Cascadas hizo su trabajo. La lluvia y la nieve comenzaron a llenar el abismo. Según los estudios, el agua tardó unos 740 años en alcanzar el nivel actual. Y así nació Crater Lake, el lago más profundo de Estados Unidos y uno de los más profundos del mundo.
Crater Lake tiene 594 m de profundidad en su punto más hondo. Para ponerlo en perspectiva: la Torre Eiffel mide 300 m; el Empire State Building, 381. Este lago podría tragarse los rascacielos más altos de Estados Unidos y aún le sobraría espacio.
Si se mide por profundidad promedio —unos 350 m—, Crater Lake es el lago más profundo del hemisferio occidental y el tercero del mundo. Y además de profundo, es puro. No tiene ríos de entrada ni salida visible. El agua que lo llena proviene exclusivamente de la lluvia y la nieve —un promedio de 2,24 m de precipitación al año—, y el excedente se filtra a través de las paredes porosas de la caldera a un ritmo de unos 7,7 millones de litros por hora. Nadie sabe exactamente hacia dónde va esa agua; es uno de los misterios geológicos del parque.
La pureza es tal que la luz solar penetra hasta unos 40 m de profundidad, y el famoso azul intenso es resultado de la absorción de los colores rojos del espectro por el agua pura. Es, en palabras sencillas, uno de los lagos más limpios del mundo.
Mucho antes de que los geólogos explicaran la caldera, los pueblos nativos ya conocían la historia. Los Klamath, los Modoc, los Yahooskin y los Cow Creek Umpqua han mantenido por milenios una relación profunda con este lugar sagrado, al que llamaban Giiwas.
La leyenda cuenta que hubo una batalla entre dos espíritus: Llao, el espíritu de la montaña, y Skell, el espíritu del cielo. Llao se enfureció porque una mujer a quien deseaba lo rechazó, y arrojó fuego y rocas sobre la tierra. La gente huyó al lago Klamath mientras el mundo ardía. Finalmente, Skell derrotó a Llao y lo arrojó de vuelta a la montaña, que se derrumbó sobre él. Del abismo brotó agua azul, y así se formó el lago.
Los ancianos Klamath advirtieron a los primeros exploradores blancos que no se acercaran al lugar. Pero en 1853, un grupo de buscadores de oro liderados por John Wesley Hillman encontró el lago casi por accidente. Hillman, que buscaba oro en las montañas, se topó con el borde de la caldera y vio lo que describió como «la vista más hermosa que jamás había contemplado». Lo llamó Deep Blue Lake. Pero el nombre no perduró; en 1869, un periodista de Jacksonville lo rebautizó como Crater Lake, y así quedó.
William Gladstone Steel tenía nueve años cuando leyó un artículo sobre Crater Lake en un periódico de Kansas. Quedó fascinado. Prometió que algún día vería ese lago con sus propios ojos y que trabajaría para protegerlo.
Cumplió su promesa en 1885. Viajó en tren, luego en diligencia, y finalmente caminó 32 km hasta alcanzar el borde del cráter. Al ver el azul con sus propios ojos, su obsesión se convirtió en misión, dedicaría su vida a convertir ese lugar en parque nacional.
Steel escribió artículos, organizó excursiones para políticos influyentes, recopiló datos científicos, presionó al Congreso. Lo llamaban «el padre de Crater Lake» y «una cámara de comercio de un solo hombre». Finalmente, el 22 de mayo de 1902, el presidente Theodore Roosevelt firmó la ley que creaba Parque Nacional Crater Lake, el sexto parque nacional de Estados Unidos y el único en Oregón. Hoy, su nombre está inscrito en la historia del parque, y su espíritu sigue vivo en cada visitante que se asoma al abismo azul.
La mejor manera de conocer Crater Lake es recorrer la Rim Drive, un anillo de 53 km que bordea el borde de la caldera. En verano, cuando la nieve se derrite (generalmente de junio a octubre), la carretera está abierta y ofrece una sucesión de miradores que parecen competir entre sí para ver cuál es más impresionante.
Watchman Overlook es uno de los primeros y uno de los mejores. Desde aquí, la vista de Wizard Island —el cono volcánico que emerge del lago como un sombrero de mago— es inolvidable. Un sendero de 2,73 kilómetros sube hasta la torre de vigilancia de 1932, que ofrece vistas de 360 grados.
Cloudcap Overlook es otro favorito. Es el mirador más alto del borde y está literalmente cubierto de piedra pómez, un recordatorio visible de la erupción cataclísmica. El viento aquí puede ser feroz; los árboles crecen inclinados, como banderas ondeando en la tormenta. Los lugareños los llaman «flag trees«.
Phantom Ship Overlook ofrece una de las vistas más singulares del parque. Desde aquí se ve Phantom Ship, una isla de andesita erosionada que parece un barco fantasma navegando en la inmensidad azul . Con 91,44 m de largo y unos 400 000 años de antigüedad, es la roca más antigua expuesta en el lago. En ciertas condiciones de luz y niebla, la isla parece desaparecer y reaparecer, de ahí su nombre fantasmal.
Merriam Point es el lugar ideal para hacerse una idea general del parque, desde aquí se ven Wizard Island, Phantom Ship y, en días claros, el Monte McLoughlin y el Monte Scott. El Monte Scott, con 2 723 m, es el punto más alto del parque; quien se anime a subir por el sendero de 4,5 km (ida y vuelta) será recompensado con la mejor vista del lago.
Hay un solo lugar en todo el parque donde se puede descender hasta la orilla, el sendero Cleetwood Cove. Es un sendero empinado de 1,77 km que baja 213 m hasta la orilla. Es como descender 65 tramos de escaleras. En el camino de regreso, uno se gana cada gota de agua fría que bebe al llegar arriba.
Desde este pequeño embarcadero parten los tours en barco que recorren el lago en verano. Hay varias opciones, un tour panorámico que rodea la caldera, un tour que deja tiempo para explorar Wizard Island, o un traslado directo a la isla. Los barcos, dicho sea de paso, tuvieron que ser depositados en el lago con helicóptero porque no hay otra forma de llevarlos hasta el agua.
Para los valientes que se animen a nadar —el agua ronda los 13 grados Celsius en superficie—, está permitido en los alrededores de Cleetwood Cove y Wizard Island, siempre que se mantenga a 100 metros de la orilla y a 15 m de distancia de los barcos.
Además de la Rim Drive, el parque ofrece más de 145 kilómetros de senderos que se adentran en los bosques y cañones de los alrededores.
Plaikni Falls es un sendero fácil de 3,2 km que lleva a una cascada gemela escondida en el bosque. Es perfecto para un picnic o un respiro después de las multitudes del borde.
Annie Creek Canyon Trail es un circuito de 3,4 km que desciende a un cañón profundo excavado por el arroyo homónimo . La roca volcánica erosionada forma paredes de colores que cambian con la luz del día.
The Pinnacles son formaciones volcánicas que parecen agujas de vidrio clavadas en el suelo. Se formaron por gases calientes que escaparon de depósitos de ceniza y los cementaron en columnas verticales.
Para los interesados en la historia natural, el Castle Crest Wildflower Trail ofrece en primavera una explosión de colores, con flores silvestres que crecen junto a un arroyo de aguas cristalinas.
A pesar de su aislamiento, Crater Lake alberga un ecosistema único. El pez más conocido es el kokanee (salmón rojo encerrado en agua dulce) y la trucha arcoíris, introducidos entre 1888 y 1941. Antes de eso, el lago no tenía peces nativos; la vida acuática se limitaba a insectos, pequeños crustáceos y el legendario Mazama newt (tritón de Mazama), una subespecie de salamandra que no se encuentra en ningún otro lugar del mundo.
El tritón de Mazama tiene una historia fascinante. Es pariente de los tritones de piel rugosa que se encuentran en la costa del Pacífico, pero ha evolucionado con una característica única: su coloración es mucho más oscura. Los científicos creen que la pureza del agua permite que la radiación ultravioleta penetre a mayor profundidad, y la pigmentación oscura protege a estos anfibios de los daños de la luz solar.
El cambio climático está alterando este equilibrio. La temperatura superficial del lago ha aumentado más de 3,3°C desde 1965, y en julio de 2021 alcanzó un récord de 17,2°C. Los inviernos más cálidos reducen la mezcla profunda del agua, que es crucial para reciclar nutrientes y oxígeno. Las algas verdes han comenzado a proliferar en las orillas, y la población de tritones está disminuyendo mientras la de cangrejos de río —introducidos como alimento para los peces— se expande.
Crater Lake es también uno de los lugares más nevados de América del Norte. En invierno, caen en promedio unos 13 metros de nieve. El récord anual es de 22,86 m en 1950 . La carretera del borde cierra, y el parque se transforma en un paraíso para esquiadores de fondo y excursionistas con raquetas.
El Centro de Visitantes Rim Village permanece abierto todo el año, y los guardabosques ofrecen caminatas guiadas con raquetas de nieve sin costo —el equipo se presta en el lugar— para quienes quieran explorar el paisaje invernal. Es una experiencia radicalmente distinta a la del verano: el azul profundo del lago contrasta con el blanco inmaculado de la nieve, y el silencio es tan absoluto que casi se puede oír la respiración de la montaña.
Crater Lake está en el sur de Oregón, a unas 130 kilómetros al noreste de Medford y 160 kilómetros al noroeste de Klamath Falls. Las entradas más usadas son la West Entrance (por la carretera 62 desde Medford) y la South Entrance (por la 62 desde Klamath Falls). La entrada cuesta 30 dólares por vehículo para siete días, o se puede usar el pase anual America the Beautiful (80 dólares) que da acceso a todos los parques nacionales.
En verano, la Rim Drive está abierta. En invierno, solo se puede acceder hasta Rim Village desde la entrada sur, y la carretera del borde permanece cerrada.
Crater Lake no es un parque para recorrer de prisa. Es un lugar para detenerse, para sentarse en una roca y mirar. Es un lugar que invita al silencio. Tal vez por eso, los visitantes —poco más de 500 000 al año — son muchos menos que en Yosemite o Yellowstone. No hay autopistas que lo atraviesen, ni hoteles de lujo en su interior, ni filas para ver las atracciones principales. Hay un camino que bordea el abismo, un puñado de senderos, y el azul.
Y quizás así debe ser. Porque hay lugares que no están hechos para ser conquistados, sino para ser contemplados. Lugares donde uno se siente pequeño y al mismo tiempo parte de algo inmenso. Crater Lake es uno de ellos.
Si alguna vez visitan el norte de California, no se dejen disuadir por la distancia. Tomen la I-5 y la carretera 62 hacia las montañas, paguen la entrada, sigan la señalización hasta Rim Village. Luego, cuando se asomen al borde y vean ese azul imposible por primera vez, entenderán por qué William Steel dedicó su vida a este lugar. Y si el viento sopla fuerte y las nubes se abren justo en el momento adecuado, quizás, por un instante, entiendan también que el fuego y el agua, la destrucción y la belleza, son apenas dos caras de la misma moneda.
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