El dilema de la espera infinita… (Parte I)

Más allá de los ciclos kafkianos en la realidad contemporánea

Caryl Alonso Jiménez

Caryl Alonso

Siempre se dijo que solo los niños fingen estar enfermos… pero la sociedad contemporánea sabe que algo no anda bien en las dinámicas actuales y no lo finge… lo vive.

Por extraño que parezca acepta que ese es el nuevo escenario, atrapados en círculos de incertidumbre, temores, ansiedad por el futuro, exceso de competitividad e inestabilidad emocional. Pareciera que nada es suficiente… Si no, cómo se explica la hostilidad, alteraciones de carácter y sentido de soledad que extrañamente se sustituye con vínculos virtuales conectados a redes sociales… En todo espacio social es la conexión la que importa… algo anda mal.

Pero esa realidad no es nueva. En la novela “La metamorfosis” (1915), de Franz Kafka (1883-1924) relata la historia de la transformación zoomórfica de Gregorio Samsa, un comerciante apegado a su familia, quien una mañana, a causa de las condiciones socio económicas amanece convertido en un insecto. Esa supuesta transformación no solo rompe los vínculos familiares, sino altera la relación estable con la realidad.

La novela se adelanta en el tiempo, es escenario de una realidad social que quedará atrapada por un modelo que persistirá hasta nuestros días con exquisitas expresiones de avances tecnológicos y donde el sentido de ser mejor no necesariamente va a tono con el contexto de la realidad.

Es verdad, Kafka no inventó el término e interpretación de los ciclos que llevan su nombre. Pero en la perspectiva sociológica, psicológica y política, revela que la sociedad mide la capacidad y sentido de utilidad que supuestamente se obtiene por el trabajo. No tenerlo o no poder cumplir con las obligaciones familiares y sociales, impulsa sentimiento de culpa y hasta resignación por no poder ser parte de la vida productiva.

El relato deja al descubierto, que para la interpretación contemporánea ese conjunto de valores y reglas explicitas de los modelos actuales, en los que al parecer se clasifican conglomerados de acuerdo a sus condiciones de competencia. Se descartan aquellos que no alcanzan los niveles de competitividad, y muchos quedan al margen, invisibilizados en entornos sociales que, tal como quedó demostrado en los últimos 40 años, quedan fuera de los círculos locales y se ven precisados a la migración.

¿Hasta dónde los ciclos kafkianos siguen siendo parte del comportamiento individual y colectivo…? ¿Quiénes son las primeras víctimas de un modelo que alienta la utilidad sin crear las condiciones reales para la plenitud y realización para lograrlo?

Es indudable, las dinámicas contemporáneas, que aunque no tienen similitudes con la época de la novela, si obedece a tendencias en las que, pareciera que las reacciones colectivas responden no solamente con la ansiedad de ser parte de algo o precipitar su incorporación a espacios, no importa que sean. Pero que contengan estímulos para reparar aquellas ansiedades insatisfechas.

La precariedad institucional y los servicios públicos, sin las coberturas y las calidades para promover movilidad social en áreas prioritarias como el área rural, abandonado a su suerte, y sin políticas públicas de largo plazo, en lo que no se tiene capacidad de medición del valor público, pareciera que fueran intencionalmente creados bajo extraños estándares sin eficacia y efectividad, más cercanos a las derrotas políticas-.

Aunque, por extraño que parezca, tienen respuestas anuales de presupuestos Estatales en crecimiento que alcanzan porcentajes del Producto Interno Bruto sin ninguna incidencia en la equidad social.

¿Cómo pueden las nuevas generaciones romper y enfrentar la realidad kafkiana del presente…? Al parecer la validez de las certezas solamente es real cuando existen opciones frente aquellos dramas sociales que obligan a actuar.

Seguramente y no cabe duda, construir opciones en la perspectiva contemporánea tiene dos vertientes: la institucional, que define desde el racionalismo intencionado, aquellas acciones en modelos de planificación centrados en educación coherente con grandes marcos de largo plazo.

Y la otra, la individual, en la que se propicien desde la familia enseñar fortalezas para enfrentar el sentido de derrota y fracaso que las dinámicas actuales extienden de manera sutil. Apoyar emocionalmente a la juventud es abrir un vínculo de reconocimiento. Ello demanda comunicación familiar que construya los lazos de confianza que promuevan acciones que protejan al niño y al joven de las vulnerabilidades que el sistema promueve.

No se puede obviar que la excesiva competitividad y consumo extendido están generando aislamientos en extensos sectores de la juventud, que pueden derivar en riesgos frente a eventuales ansiedades. Se deberá enseñar a resistir con sentido crítico de la realidad, creando bases éticas para actuar en el día a día. Es verdad que el cinismo se está apoderando de valoraciones que sostenían a la familia y la indiferencia colectiva e individual se extiende.

Posiblemente para los trapecistas de ocasión que se distraen en el teatro de la realidad (porque les va bien…), y porque dan por aceptado que lo bueno debe seguir… y ya no les importe las generaciones actuales y futuras… pero curiosamente la necesitan.

Kant repetía que, la verdadera libertad no es hacer lo que uno quiere por impulso, sino la capacidad de guiarse por la razón y elevarse por encima de las limitaciones naturales. Es urgente regresar al sentido humano para demostrar que solo la vida justifica la existencia… Pero, ¿Estamos dispuestos a creerlo o seguimos esperando…?

Ver también

Moonlight Shadow

Moonlight Shadow, el alegre misterio detrás de una tragedia

Bazar digital Carlos Revilla Maroto Esta es una de esas canciones que uno podría llamar …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *