Especial para Cambio Político

Cuenta una vieja anécdota eclesiástica que un joven sacerdote, agobiado por las largas horas de meditación, le preguntó a su obispo si estaba permitido fumar mientras rezaba. El obispo, escandalizado por la falta de respeto a la devoción, le respondió con un rotundo “no”. Días después, un astuto fraile dominico, enterado de la negativa, decidió reformular la pregunta ante la misma autoridad: «Monseñor, ¿está permitido rezar mientras se fuma?». El obispo, conmovido por el deseo de mantener la piedad incluso en los momentos de ocio, respondió con entusiasmo: «¡Por supuesto que sí, hijo mío!».
La realidad material era exactamente la misma —un hombre con un cigarrillo entre los dedos y una oración en los labios—, pero la manera de formular el relato lo cambiaba todo.
Algo muy parecido ocurre hoy en día cuando intentamos descifrar la naturaleza del gigante asiático. Oficialmente, Pekín se define como un Estado “socialista”. Sin embargo, cuando uno observa el comportamiento de su sociedad, sus bolsas de valores y sus titanes corporativos, la etiqueta merece, al menos, una profunda discusión. Al igual que en la respuesta del obispo, la clave con China no está en lo que hace, sino en cómo decide formularlo su dirigencia política. ¿Está el Partido Comunista Chino (PCCh) construyendo el socialismo a través del libre mercado, o está gestionando un capitalismo implacable bajo el rezar de la retórica marxista?
1. El “Capitalismo de Estado” frente al espejo occidental
Para entender la maquinaria china, primero debemos despojarnos de la visión tradicional del capitalismo liberal que conocemos en Occidente. En el modelo occidental, el mercado y los actores privados dictan el rumbo de la economía. El Estado actúa principalmente como un árbitro, un regulador o, en el peor de los casos, como un rescatista de última instancia cuando los bancos colapsan. En este lado del mundo, el poder económico suele moldear, financiar e influir directamente sobre el poder político.
En China, el orden de los factores se invierte por completo. Allí opera lo que muchos analistas denominan capitalismo de Estado. El mercado existe, las fuerzas de la oferta y la demanda funcionan y la propiedad privada está garantizada, pero el mercado es un instrumento, no el jefe. El Estado conserva el control absoluto de los “puestos de mando” de la economía: la banca comercial, la energía, las telecomunicaciones, el transporte y los recursos estratégicos pertenecen a corporaciones públicas.
La gran diferencia radica en quién tiene la última palabra. En Occidente, una corporación privada puede demandar al Estado en los tribunales y ganar el juicio. En China, el poder político subordina por completo al económico. Las empresas privadas tienen una enorme libertad para innovar y acumular riquezas, siempre y cuando sus objetivos no colisionen con los planes quinquenales trazados por el Partido. La regla de oro del sistema chino es clara: el capital puede crecer, pero jamás puede disputarle el poder o la agenda al Estado.
2. La gimnasia ideológica: ¿Por qué siguen colgando el retrato de Mao?
Si el dinero fluye, las marcas de lujo abarrotan las avenidas de Shanghái y el motor económico es el libre mercado, ¿por qué el Partido Comunista Chino (PCCh) insiste en llamarse “socialista”? La respuesta no es solo un capricho nostálgico; es una estricta estrategia de supervivencia política.
Para justificar esta contradicción ante los manuales marxistas, la dirigencia de Pekín recurre a una brillante gimnasia teórica. Según el materialismo histórico clásico, una sociedad no puede saltar directamente al comunismo sin haber desarrollado primero, al máximo, sus capacidades industriales y tecnológicas. Bajo esta lógica, Deng Xiaoping introdujo a finales de los años 70 el concepto de “socialismo con características chinas”. La explicación oficial es que China se encuentra apenas en la “etapa primaria del socialismo”, una fase que puede durar siglos y en la cual el mercado, el capital privado y la globalización son herramientas necesarias para sacar al país de la pobreza y modernizarlo.
Es el equivalente político exacto a “rezar fumando”. El PCCh argumenta que no está traicionando el socialismo, sino utilizando los mecanismos del capitalismo para construirlo a largo plazo.
Pero más allá de la teoría, existe una razón práctica, la legitimidad del poder. Si el Partido admitiera abiertamente que el país es capitalista, perdería su razón de ser histórica y su justificación moral para gobernar en solitario. Mantener la bandera roja, la retórica del proletariado y el retrato de Mao Zedong en la plaza de Tiananmén es el escudo ideológico indispensable para sostener el monopolio del partido único.
3. La paradoja china: Banderas rojas y súper yates
Esta singular arquitectura política genera paradojas que resultarían cómicas si no movieran miles de millones de dólares. China se proclama con orgullo la vanguardia de la clase trabajadora mundial, pero Pekín y Nueva York compiten año con año por el título de la ciudad con más multimillonarios del planeta. El país alberga fortunas colosales nacidas al amparo de colosos tecnológicos como Tencent o ByteDance (la matriz de TikTok).
¿Cómo conviven un multimillonario y un comisario comunista en el mismo ecosistema? Muy simple, se fusionan. Desde principios de los años 2000, bajo la doctrina de las “Tres Representaciones”, el PCCh abrió formalmente sus puertas para que los empresarios privados pudieran afiliarse al Partido. El resultado actual es fascinante con los hombres más ricos de Asia sentándose hoy en los escaños de la Asamblea Popular Nacional, vistiendo trajes de diseñador, para votar unánimemente resoluciones de corte marxista-leninista.
Sin embargo, en este matrimonio de conveniencia, la correa de transmisión siempre la maneja el Estado. Por ley, cualquier empresa de mediano o gran tamaño en China —sea pública, mixta o estrictamente privada— debe albergar en su estructura interna un “comité del Partido”. El director general o el fundador maneja el negocio, las finanzas y la innovación, pero el secretario del Partido vigila de cerca la lealtad política de la corporación.
Si un magnate olvida quién manda y osa desafiar las directrices de Pekín o acumula demasiado peso social, el sistema le recuerda rápidamente las reglas del juego. Lo vivió en carne propia Jack Ma, el célebre fundador de Alibaba, quien tras criticar públicamente al sistema regulatorio estatal en 2020 vio cómo frenaban la salida a bolsa de su filial financiera y pasó meses completamente desaparecido de la vida pública, retornando con un perfil sumamente bajo y disciplinado. En la China actual se permite ser asquerosamente rico, pero está estrictamente prohibido ser políticamente independiente.
Conclusión: El veredicto de las burbujas
Al final del día, la discusión sobre si China es la última frontera del socialismo o la versión más sofisticada del capitalismo del siglo XXI nos devuelve al despacho de aquel obispo de la anécdota. No importa si Pekín insiste en que está “rezando mientras fuma” o si los analistas occidentales aseguran que está “fumando mientras reza”; lo verdaderamente relevante es la realidad material que emerge de esa combinación. El humo que sale de las chimeneas industriales de Shenzhen, el flujo de capitales en la bolsa de Shanghái y el consumo suntuario en Macao no huelen a Karl Marx, huelen a mercado.
China ha logrado diseñar el híbrido más eficiente, pragmático y, a la vez, autoritario de nuestra era. Logró separar con precisión quirúrgica la libertad económica de la libertad política. Creó una maquinaria capitalista hipercompetitiva, globalizada y obsesionada con la innovación, pero la encerró de forma segura dentro del caparazón de un Estado leninista de partido único.
Para el resto del mundo, el gigante asiático seguirá siendo una paradoja andante. Pero para la dirigencia en Pekín, no hay contradicción alguna. Mientras la fórmula les permita mantener el control político absoluto y seguir expandiendo su influencia global, seguirán aplicando aquel famoso pragmatismo que Deng Xiaoping resumió en otra de sus célebres frases: “No importa si el gato es blanco o negro, lo importante es que cace ratones”. Y en la China actual, el gato caza con garras capitalistas, aunque lleve puesto un collar firmemente pintado de rojo.
Revisado por CRM
Cambio Político Opinión y análisis


