José Pablo Pérez Barboza
Hoy me tocó ver algo que llevo más de 25 años tratando de evitar. Algo por lo que he trabajado, insistido, hablado y luchado durante años. Pero hoy me tocó verlo desde otro lugar. Desde el retrovisor. Les cuento:Mi esposa me llamó varias veces. Yo no soy de los que contesta de inmediato, pero cuando por fin atendí, lo primero que escuché fue llanto.
Ahí el mundo se detiene y lo que oyes es el latido de tu propio corazón. Pensé en mis hijas, Pensé en Aurora, Pensé en Diana, que venía saliendo del hospital con un brazo quebrado. Y peor aún porque quien me habló fue un señor desde el teléfono de mi esposa.
Me dijo: “Ellas están bien… su esposa tuvo un accidente… pero creo que el muchacho de la moto si se está muriendo pero Tranquilo, no fue culpa de ella, me dijo. No sé cómo explicar ese momento. Uno intenta respirar, pensar, actuar. Mis años de experiencia lo lograron pero siempre es difícil digerir el momento.
Salí de la casa convencido de que en cinco minutos iba a estar ahí. (eran las 2:43) El accidente había sido a unos seis kilómetros. Pero a los diez minutos de haber salido, Waze me marcaba cuarenta minutos. ¡Cuarenta minutos!
Y ahí empieza otra tortura. Uno empieza a buscar atajos. invadir carriles, buscando empatía! A pensar si se devuelve por una bicicleta. A meterse por donde cree que puede avanzar. A pitar, a invadir un carril. Pero nadie sabe lo que uno está viviendo dentro del carro. Para los demás, uno es solo otro desesperado más en la presa. Y eso es parte del problema. Nos acostumbramos tanto a estar atrapados, que ya nadie sabe quién va tarde, quién va angustiado, quién va corriendo hacia una emergencia o quién va a recibir la peor noticia de su vida.
Cada minuto se hizo eterno. Llamé al 911. Intenté pedir apoyo. Intenté entender qué podía hacer. Pero no había nada que hacer. Solo avanzar lento. Muy lento. Y mientras avanzaba, la mente se iba a todos lados. ¿Mis hijas qué estaban viendo? ¿Cómo estaba Melina? ¿Y si llegaba alguien de la familia del muchacho? ¿Y si alguien reaccionaba con dolor, con rabia, con desesperación?
Cuando por fin llegué a las 4:09, ya no vi un accidente. Vi una escena que no se me va a olvidar. Mi hija llorando, contándome cómo fueron los últimos segundos de ese muchacho. Melina tratando de sostenerse. Bomberos, cruzrojistas, oficiales… todos habían terminado ya su trabajo e incluso contando anécdotas y buscando humor normal, porque ya dentro de esa realidad, para ellos, es parte del día a día. Pero el suelo… ya no había un muchacho. Había un cuerpo. Eso es durísimo de escribir. Pero más duro fue verlo. Porque ahí uno entiende que los accidentes de tránsito no son estadísticas. Son personas. Son hijos. Son papás. Son mamás. Son familias que reciben una llamada que nadie quiere recibir.
Después llegó un señor. Dije, llegó un juez. Se bajó del carro con esa mezcla imposible de describir: determinación, miedo y esperanza. Pero dijo que era el papá. Que le habían contado de un accidente. Que quería saber si su hijo estaba bien. Y esa pregunta simplemente me partió. Porque uno sentía que él ya sabía… pero todavía necesitaba vivir unos segundos más en un mundo donde esa tragedia no existía.
No lo dejaron entrar, lo calmaron entre tres luego lo hicieron mover el carro. Respiraba agitado luego profundo e invocaba a Dios. Y ni les cuento lo de la madre.
Y yo solo pensaba: ¿Cuánto duró ese papá pegado en la misma presa? ¿Cuánto duró esa mamá en llegar? ¿Qué pasa por la mente de una familia mientras intenta llegar y el tráfico no se mueve? A las 7 de la noche la presa seguía. Como si nada. Como si una vida no se hubiera acabado ahí. Y eso es lo que más me golpea.
Como país normalizamos las presas. Normalizamos el estrés. Normalizamos la desesperación. Normalizamos los accidentes. Pero no es normal. Las presas no son solo carros detenidos. Son vidas atrapadas. Son decisiones tomadas con ansiedad.
Son motociclistas buscando espacios imposibles. Son conductores cansados. Son familias esperando.
Son emergencias que no logran avanzar.
Hoy recordé, más fuerte que nunca, por qué llevo tantos años metido en seguridad vial. Porque esto no puede seguir siendo paisaje.
No necesitamos solo más carros en la expomovil. Necesitamos más movilidad. Mejores carreteras. Mejor planificación. Políticas más estrictas. Más educación vial. Más conciencia. Y necesitamos exigirlo como sociedad. Porque en esas presas no van carros. Van seres humanos.
Y a veces, cuando por fin logramos avanzar… ya es demasiado tarde. ¡Buen viaje Joel!
Tomado del muro de FB
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