Las ideas fundacionales y las responsabilidades de un partido que cumple 75 años
Ricardo Castro Calvo
Abogado


El 12 de octubre de 1951, en La Paz de San Ramón, nació el Partido Liberación Nacional. Setenta y cinco años después, esa fecha invita a volver sobre las ideas que hicieron posible su aparición. Quienes dieron forma a aquel movimiento habían dedicado años a estudiar Costa Rica, discutir sus contradicciones y concebir respuestas para transformarla. Comprendieron que la voluntad de gobernar necesitaba una interpretación del país y una responsabilidad frente a su futuro.
Esa es la dimensión de nuestra historia que quisiera recuperar en este aniversario. Las instituciones pueden sobrevivir a la pérdida del pensamiento que las inspiró; los partidos también. Conservan sus nombres, sus símbolos y sus procedimientos, mientras se debilita la conversación sobre sus propósitos. Por eso, una celebración intelectualmente honesta debe permitirnos examinar cuánto de aquella exigencia permanece en nuestra conducta y cuánto hemos dejado de practicar.
Estudiar el país para transformarlo
Una de las fuentes decisivas de esa tradición fue el Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales, constituido en 1940. Rodrigo Facio ocupó en él un lugar intelectual sobresaliente. La revista Surco permitió que ese esfuerzo de reflexión adquiriera presencia pública. Su historia reúne nombres como Isaac Felipe Azofeifa, Gonzalo Facio, Daniel Oduber, Eugenio Rodríguez, Rodrigo Madrigal Nieto y Hernán González, y otros colaboradores que hicieron del estudio y la publicación una tarea compartida. Hubo allí una voluntad de comprender la sociedad antes de pretender dirigirla.
Vale la pena detenerse en un episodio. Al presentar en 1942 el Estudio sobre economía costarricense, de Rodrigo Facio, la editorial de Surco destacó que la obra desembocaba en un programa de política económica cuyos puntos esenciales el Centro había adoptado. El conocimiento conducía a una propuesta de acción. Aquellos jóvenes estaban construyendo una relación entre investigación, organización política y responsabilidad pública que todavía merece ser tomada en serio.
El trabajo de Facio, presentado como tesis de licenciatura en Derecho en 1941 y publicado al año siguiente, estudió la formación histórica de nuestra economía y sus relaciones de dependencia. Su preocupación por la estructura productiva, el mercado interno y las posibilidades del desarrollo nacional nos dejó una forma de interrogar la realidad. Leerlo hoy exige reconocer la distancia entre su época y la nuestra, y conservar la disciplina de buscar las causas de los problemas.
En esa obra intelectual ocupa un lugar fundamental su contribución al cooperativismo. Rodrigo Facio ha sido reconocido como padre de la economía social y del cooperativismo en Costa Rica por la profundidad de su pensamiento y su compromiso con el desarrollo de esta forma de asociación socioeconómica. Sus escritos en Surco, entre ellos «Ventajas sociales y económicas de las cooperativas» y «El cooperativismo como ideología o programa de reforma social», ayudaron a darle fundamento y orientación. Veía en la organización cooperativa posibilidades concretas para atender problemas económicos y sociales, sin atribuirle la capacidad de resolverlos todos. Esa combinación de convicción y prudencia conserva su valor: asociarse permite reunir capacidades, ampliar la participación en la riqueza y asumir democráticamente responsabilidades sobre su producción y distribución.
Desde esa perspectiva, un estudio contemporáneo de Costa Rica tendría que explicar cómo vincular la actividad económica más dinámica con las oportunidades de las pequeñas empresas, los productores agrícolas y las comunidades. Tendría que examinar quiénes pueden acceder al conocimiento, al crédito y a la tecnología; qué obstáculos impiden elevar la productividad; y cómo distribuir los beneficios del progreso. La inteligencia artificial, la transición energética y las nuevas formas del trabajo requieren esa misma seriedad. Corresponde a nuestra generación formular las respuestas y someterlas a evidencia.
Las ideas que comprometen
Las proclamas de Santa María de Dota agregan otra dimensión. En la proclama del 23 de marzo de 1948 se anunció la fundación de la Segunda República. Días después, la proclama del 1.º de abril colocó la cuestión social en el horizonte del movimiento y vinculó su victoria con “el bienestar del mayor número”. En medio de la guerra, esa declaración comprometía el porvenir con la superación de la pobreza.
Una lectura democrática de aquellas proclamas debe reconocer su lenguaje de combate y las circunstancias en que fueron pronunciadas. Hoy nos corresponde traducir su aspiración social a una convivencia fundada en el pluralismo, el respeto al adversario y la solución pacífica de los conflictos. La democracia se fortalece cuando ofrece respuestas a las necesidades de las personas sin convertir sus angustias en instrumentos de hostilidad política.
En Palabras gastadas, Figueres advirtió el desgaste que sufren democracia, socialismo y libertad cuando su repetición debilita la comprensión de lo que significan. Su reflexión conserva una incómoda actualidad: también podemos vaciar de contenido palabras como solidaridad, ética o justicia mientras seguimos utilizándolas en discursos y campañas. Recuperar su significado exige que orienten decisiones verificables.
Para Liberación Nacional, ello supone explicar a quiénes se propone representar, qué desigualdades considera inaceptables y cuáles intereses está dispuesto a enfrentar para corregirlas. Una definición socialdemócrata adquiere sustancia cuando se expresa en prioridades presupuestarias, oportunidades educativas, servicios públicos eficaces y reglas que distribuyen con justicia las responsabilidades del desarrollo. También exige reconocer los costos de cada decisión y explicar cómo se financiará.
En La pobreza de las naciones, publicada en 1973, Figueres desarrolló una concepción de la democracia social que relacionaba libertad política, economía mixta, iniciativa empresarial y planificación. Entendía la actividad económica como una función con responsabilidades frente a la comunidad. De esa lectura se desprende una exigencia para nuestro presente: valorar la producción y el emprendimiento por su capacidad de ampliar el bienestar, y evaluar la acción estatal por los resultados que entrega a la sociedad.
Alberto Martén aporta otra vertiente. Obras como Principios de Economía Política, Solidarismo y racionalización: un sistema de garantías económicas y La capitalización universal, recogidas en la colección publicada por la Universidad Nacional, expresan una búsqueda de soluciones económicas y sociales vinculada al desarrollo del solidarismo. Esa contribución tiene una identidad propia que conviene preservar al examinar sus relaciones con las demás corrientes de aquella generación.
Su preocupación abre una discusión que deberíamos renovar: cómo ampliar la participación de los trabajadores en la formación de patrimonio y en los beneficios de la actividad productiva. El cooperativismo, el solidarismo y otras formas de asociación merecen ser considerados por sus posibilidades reales de democratización económica. Para ello necesitan buena administración, transparencia y capacidad de adaptación. La solidaridad debe poder reconocerse en la distribución de oportunidades y en la calidad de las organizaciones que la hacen posible.
Benjamín Núñez incorporó una profunda preocupación humanista por la dignidad de los trabajadores, la educación y el compromiso social del conocimiento. En el ámbito sindical, impulsó la Central Rerum Novarum, desde cuya experiencia contribuyó, junto a Luis Alberto Monge, al desarrollo del sindicalismo democrático costarricense. Esa labor vinculó la defensa de los trabajadores con su capacidad de organizarse y participar en la vida nacional. Reconocer esta vertiente del pensamiento liberacionista supone recordar que una democracia necesita trabajadores con voz propia y organizaciones capaces de representar sus intereses con libertad y responsabilidad.
En el ámbito educativo, Núñez desarrolló en Hacia la Universidad Necesaria, de 1974, una visión universitaria vinculada con las aspiraciones del pueblo y con el estudio de la realidad nacional. Esa formulación prolongó, en otro momento histórico, su convicción de que el pensamiento debía asumir responsabilidades ante la sociedad.
Llevada a la vida partidaria, esa convicción exige una formación política permanente que permita a los militantes conocer su tradición, discutirla con libertad y contrastarla con las necesidades del país. Liberación Nacional necesita espacios donde se estudien los problemas, se escuche la experiencia de las comunidades y se formen dirigentes capaces de argumentar sus decisiones. La formación adquiere sentido cuando mejora el criterio de quienes participan y su capacidad de servir.
Los principios ante la conducta
La Carta Fundamental del Movimiento de Liberación Nacional, del 12 de octubre de 1951, ofrece un punto de encuentro entre estas preocupaciones. Vincula la libertad con las condiciones materiales de la existencia, reconoce la función social de la propiedad y afirma el respeto a las minorías. Asimismo, reclama una administración pública honesta, técnica, coordinada y responsable de sus actos. Su contenido obliga a examinar conjuntamente la justicia social y la calidad del ejercicio del poder.
De ahí nace una obligación especialmente exigente para un partido con vocación de gobierno. Defender las instituciones requiere hacerlas funcionar: seleccionar por mérito, corregir procedimientos, evaluar resultados y responder por el uso de los recursos. La persona que espera atención médica, la familia que necesita una vivienda y el estudiante que busca una oportunidad tienen derecho a que la promesa institucional se convierta en una respuesta oportuna.
Esta herencia tampoco nos autoriza a presentar la historia nacional como propiedad de una agrupación. Costa Rica ha sido construida mediante aportes de distintas corrientes, conflictos, acuerdos y esfuerzos ciudadanos. Reconocer esa pluralidad da credibilidad a nuestra propia memoria. También permite juzgar las actuaciones del partido con la misma severidad que aplicamos a sus adversarios.
Esa severidad debe alcanzar las faltas de quienes, habiendo recibido confianza y responsabilidades desde Liberación Nacional, transgredieron la moral personal y los principios éticos del partido. Sus conductas comprometen a quienes las realizaron; no convierten la falta en doctrina ni borran los valores que estaban obligados a respetar. Pero el daño causado también exige una respuesta de la organización. Ante las personas defraudadas y ante la ciudadanía corresponde expresar respeto, reconocer las faltas y pedir perdón con sinceridad. Esa petición adquiere credibilidad cuando se acompaña de consecuencias, rectificaciones y medidas que impidan la repetición de tales conductas.
Liberación Nacional es una obra humana: imperfecta, pero perfectible. Su historia reúne esfuerzos generosos, realizaciones duraderas y errores que debemos mirar de frente. El partido mantiene sus principios y valores como fundamento de su identidad y como criterio para juzgar la actuación de sus integrantes. Corresponde hacerlos efectivos en la selección de sus dirigentes, en el ejercicio de las responsabilidades públicas y en su relación cotidiana con la sociedad. La capacidad de reconocer una falta y corregirla forma parte de la fortaleza moral que una organización democrática debe cultivar.
La responsabilidad de nuestra generación
A los setenta y cinco años, Liberación Nacional debería abrir una conversación intelectual de esa profundidad. Podría hacerlo recuperando sus textos, promoviendo círculos de estudio y convocando a nuevas generaciones, universidades, organizaciones sociales y comunidades a elaborar un diagnóstico nacional. Ese trabajo tendría que producir compromisos concretos, sujetos a discusión pública y seguimiento.
Volver a Facio, Figueres, Martén y Núñez supone aceptar que sus obras pueden interrogarnos. ¿Estudiamos con suficiente seriedad? ¿Escuchamos a quienes viven los problemas? ¿Tenemos la independencia necesaria para corregir nuestras prácticas? La celebración adquiere sentido cuando esas preguntas encuentran consecuencias en la vida del partido.
Me gustaría que este aniversario dejara algo más duradero que un acto conmemorativo: una disposición compartida a pensar Costa Rica con rigor y a servirla con honestidad. Aquella generación asumió la responsabilidad de su tiempo. La nuestra debe encontrar, con libertad y esfuerzo propio, la manera de responder por el suyo.
Cambio Político Opinión y análisis


Excelente exhortación, que la celebración un aniversarios más de de más que un acto social temporal a un acto de reflexión y estudio . Y de la obligación de los dirigentes en retomar y accionar esos valores que siguen siendo una fuente inagotable de inspiración . Por quienes realmente en aquel entonces querían servirle al país en vez de servirse