Lo que el viento (de Sánchez) podría llevarse

Enrique Gomáriz Moraga

Enrique Gomariz

Puede que Pedro Sánchez no pase a la historia como el dirigente que haya usado la forma más limpia de hacer política, pero nadie podrá arrebatarle el título de ser el mejor tahúr de la política española desde la transición.

¡Y algunos se quejaban de las hábiles maniobras del Gitano! Al menos González tenía límites, como lo demostró ante la perspectiva de la victoria electoral de Aznar. Pero Sánchez no los tiene. Desde que fue sacado de la secretaria general del PSOE su trayectoria es una acumulación de quiebres y fintas, donde el lanzamiento de órdagos ha sido altamente frecuente. Y -hay que reconocerlo- no ha habido órdago que no haya ganado. El más reciente, el adelantamiento electoral en 2023, mediante el cual, aunque perdió las elecciones frente a Núñez Feijòo, consiguió regresar a la Moncloa, que era su verdadero objetivo. Cierto, eso le supuso quedar colgado de los votos de Junts, algo arriesgado, pero en los hechos le ha permitido cubrir buena parte de la legislatura.

Ahora ha vuelto a lanzar otro órdago. Tras la derrota en el Congreso de sus rápidos decretos calientes sobre la vivienda, ha decidido convocar a elecciones anticipadas, contra todos los vaticinios que muestran las encuestas. Apuesta a la movilización social de la izquierda a su izquierda y llama a arrebato con todo lo que haya. Está dispuesto a capitalizar las acampadas, la Comisión Permanente del Congreso, la convocatoria a una huelga general, la agitación del PSOE y hasta los sindicatos, para conseguir darle la vuelta a las encuestas y mantenerse en la Moncloa.

Desde luego, la jugada tiene sus riesgos, sobre todo para quienes le rodean. Las acampadas y la convocatoria a una huelga general no son impulsadas por el PSOE sino por la extrema izquierda, incluida SUMAR, pero el cálculo de Sánchez es que no importa que los convocantes no voten socialista, porque la experiencia dicta que luego los esperará a la hora de formar mayoría parlamentaria. Al final del día continúan trabajando para que Sánchez se mantenga en la Moncloa. Una instrumentalización que les coloca un techo de poca altura en la vida política regular.

Quizás el riesgo no tan inmediatamente visible, pero de gran calado para la cultura democrática del país, es el referido a la aprobación en la Comisión Permanente de los decretos sobre vivienda que fueron rechazados en el Congreso. El legislador previó que esa Comisión mantuviera de forma excepcional la actividad del parlamento y que legislara provisionalmente sobre asuntos urgentes mientras se habían disuelto las Cortes. Pero no como un órgano provisional que rectificara las decisiones del Congreso de un día para otro. Esa no era la función prevista de la Comisión. Claro, llevar esta irregularidad al Tribunal Constitucional, actualmente de mayoría progresista, conlleva un alto riesgo de obtener un desaire. Pero el efecto que ello tiene en la cultura política es que siempre se puede retorcer la sana lógica de la arquitectura del órgano legislativo. Otro punto menos para la confianza en el sistema político: siempre hay un regate para burlar la previsibilidad de las más altas instituciones.

Al interior del PSOE hay una divergencia creciente al respecto. De un lado, hay quienes consideran que la astucia política está por encima de las reglas acordadas. En tal sentido, Sánchez es visto como un maestro del juego político. Pero, del otro lado, crece en el partido el temor de que los trucos de Sánchez acaben con la credibilidad del socialismo español, colocando a esa formación política ante el abismo de lo sucedido con los partidos socialistas en Grecia, Italia y Francia, irrelevantes o desaparecidos, después de haber encabezado la gobernación en sus países. ¿Sánchez se llevará por delante al PSOE en su esfuerzo desesperado por resistir en la Moncloa? Esa pregunta oscurece el horizonte de muchos socialdemócratas españoles.

Esa aprensión se ha extendido ahora al mundo sindical. Hasta ahora los sindicatos mayoritarios, CC.OO y UGT, habían conseguido mantener la imagen de la autonomía funcional. La convocatoria a una huelga general hecha desde las movilizaciones por la vivienda les ha arrastrado a una posición complicada. Intervienen en un conflicto que no es sindical, por mucho que ahora hablen de la reivindicación salarial, algo que está negociándose en los convenios colectivos. Es difícil convencer a muchos afiliados sindicales de que esta huelga no es principalmente política. La confederación empresarial ya ha manifestado su condena al carácter político de la convocatoria. Crece pues, la desconfianza y la percepción de parcialidad de los sindicatos, que pueden acrecentar su progresivo aislamiento en la sociedad española.

La única manera de diluir estos graves riesgos consiste en la confianza ciega en el éxito final de la apuesta. Pero esa posibilidad parece remota. En esta oportunidad, la intención de voto está mucho más decantada que en 2023 y los sondeos prevén que la suma PP-Vox se sitúa en torno a los 200 diputados. Los expertos señalan que esa cifra podría disminuir, pero no como para evitar la formación de un gobierno conservador. Ahora bien, si la apuesta no se cumple, no solo se habrá producido la caída de Pedro Sánchez, sino el deterioro del entorno asociado. El viento de esa caída podría llevarse la credibilidad del PSOE, de los sindicatos y de la arquitectura del poder legislativo. Un precio que Sánchez está, desde luego, dispuesto a pagar.

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