Los anteojos del jaguar

Pablo Gámez Cersosimo*

Meta glasses

Asoma la época de los anteojos inteligentes de Meta —Ray-Ban Meta, Oakley Meta y Meta Glasses—. Es uno de esos accesorios “smart” con cámara y asistente de inteligencia artificial, pero que representan el siguiente escalón en la captura biométrica de una de las últimas fronteras de nuestros datos. Y valga decirlo: la cartografía de nuestros ojos es uno de los becerros de oro que reclaman las grandes empresas tecnológicas.

Tecnologías como la IA, y otras por llegar, nos adentran en una generación de dispositivos que buscan succionar la esencia más íntima y personal del ser humano (esta es su verdadera disrupción). Los implantes de chips se entienden como el inicio de un capítulo en que la tecnología “smart” se introduce cada vez más adentro de la piel, apropiándose, haciéndonos creer seres aumentados, biónicos. Con los anteojos de IA, el feudalismo digital apunta a nuestros ojos.

¿Por qué? El iris es uno de los identificadores biométricos más precisos del ser humano. Una vez digitalizado se convierte en un activo permanente. Y, ¿qué implica entregar esa información? Sobre todo, la normalización de la vigilancia. Cada parpadeo puede alimentar modelos de atención, de estado emocional o de identificación. Es cuando el “eye-tracking” forma parte de una infraestructura de alto valor, permitiendo un perfilado continuo.

Como los anteojos se usan en la calle, en el trabajo o el hogar, el consentimiento es anécdota. Nadie pide permiso para que sus ojos sean analizados de reojo. Y para regímenes políticos de línea dura, esta es una golosina tecnológica. ¿Pronto veremos en Costa Rica los anteojos jaguar?

Segundo, la irreversibilidad. Si una base de datos de iris se filtra —y la historia de Meta incluye multas multimillonarias por datos biométricos y filtraciones—, no hay “reset”. El iris queda comprometido de por vida. Puede usarse durante décadas para vincular identidades a través de plataformas, dispositivos y contextos virtuales.

Tercero, la asimetría de poder. Meta no necesita construir una gran base de datos centralizada de irises para que el riesgo exista. Basta con que el modelo biométrico resida en el teléfono del usuario o en la nube asociada a su cuenta de Meta. Desde sus servidores, la empresa puede actualizar ese modelo, activarlo, ampliar sus funciones o modificar su alcance mediante una simple actualización de software. El usuario, en cambio, tiene poco o ningún control real sobre cuándo y cómo se usa esa capacidad.

Cuarto, el precedente regulatorio es débil. Meta fuerza la frontera tecnológica con la misma lógica que ha usado durante años. Primero se despliega la capacidad, después se discute la ética.

Es importante entender que entregar el iris no es como aceptar cookies. Entregamos nuestra llave biológica a una empresa negligente, pasando a ser custodio de uno de los rasgos más inmutables de nuestra identidad física.

Meta parece seguir a una de sus principales rivales, la empresa OpenAI y su proyecto “Orb”. Este dispositivo esférico escanea el iris de las personas para generar un World ID, un identificador único que pretende demostrar que eres un humano real en un internet cada vez más saturado de bots e inteligencias artificiales.

Tampoco falta mucho tiempo para que la realidad virtual y la realidad aumentada se instalen en nuestra cotidianidad. Más allá del impacto socioambiental que supondrá la conjunción de todos estos fuegos digitales, toca razonar sobre las implicaciones que tendrá (también para las democracias) desnudarnos, por completo, ante la poderosa deidad digital.

* Investigador, autor del libro Depredadores Digitales.

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