El “marido desleal” y el pachuco

Por qué la oposición costarricense sigue sin entender al electorado

Ana Ruth Quesada B.

Ana Ruth Quesada

«—Pero ¿cómo es posible? —grita el esposo—. ¡Después de todo lo que hice por ti, ahora andas con un pachuco! La esposa lo mira y responde: —¿Vos hablas de ese pachuco, pero eres el mismo que me trataba mal, nunca cumplía lo que prometía, me dejaba esperando y después se sorprendía de que yo estuviera decepcionada? —¡Pero yo soy tu esposo!!! —Sí… y precisamente por eso esperaba más de vos…»

Esta metáfora conyugal refleja puntualmente la situación de los partidos políticos de oposición con relación al chavismo en nuestro país. Llevan meses reclamándole al pueblo por qué todavía le guardan lealtad a Rodrigo Chaves, mientras se rasgan las vestiduras preguntándose: ¿Cómo pueden seguir apoyándolo si no ha cumplido sus promesas y el gobierno de la continuidad es un desastre? Actúan con una arrogancia pasmosa, como si el problema fuera la fidelidad de la esposa y no el comportamiento del marido.

La moraleja de esta historia debería ser el manual de cabecera de la nueva política nacional: Antes de reclamarle al elector que “sigue con el mismo pachuco”, la oposición tendría que preguntarse por qué no ha logrado convencerlo de que existe una opción mejor. Si el pueblo sigue bailando con el mismo personaje, quizá el problema no sea que no quiera cambiar de pareja, sino que la oposición sigue siendo el mismo marido desleal e irresponsable, incapaz de una verdadera transformación.

Para tratar de interpretar este divorcio emocional entre los partidos tradicionales y la ciudadanía, revisemos tres conceptos fundamentales:

1. El “Chavismo” como voto castigo

El ascenso y la sostenida popularidad de Rodrigo Chaves, no se explican únicamente por su innegable carisma o su agresiva estrategia de comunicación. Su figura es, ante todo, el síntoma de un profundo hartazgo ciudadano hacia los partidos políticos tradicionales (PLN, PUSC, PAC).
Lo que la intelectualidad y la oposición catalogan despectivamente como un estilo “pachuco” —caracterizado por romper el protocolo, la confrontación directa y un lenguaje agresivo y “poco elegante”— es percibido por una vasta mayoría de la población como un acto de autenticidad y valentía frente a las élites de siempre. El electorado costarricense prefiere hoy un gobierno con evidentes fallos de gestión, novatadas y tensiones democráticas, pero que “habla claro”, por encima de la retórica refinada y experta de los partidos tradicionales, a quienes asocian directamente con la corrupción y las promesas rotas.

2. La miopía y el rol de “esposo sacramental”

El gran error de la oposición actual es su absoluta incapacidad de autocrítica. En lugar de evaluar los errores del pasado, que pavimentaron el camino al escenario político actual, optan por culpar y subestimar al votante.

Tratan al ciudadano como si este tuviera una “obligación moral” o una deuda histórica de fidelidad con ellos, ignorando que el respeto y la confianza se pierden cuando se abandona la lealtad.

Además, la oposición ha caído en la trampa de la fiscalización estéril. Se han concentrado de forma casi exclusiva en la crítica destructiva y el señalamiento de los comportamientos del chavismo. Al carecer de un proyecto de país moderno, realista, unificado y que genere ilusión, dejan al ciudadano en el desamparo de no tener una “mejor opción” a la cual acudir.

Mientras el debate legislativo y formal se entrampa en las “apariencias y modales”, el ciudadano de a pie sigue angustiado por la inseguridad ciudadana, el costo de la vida y la falta de empleo.

3. Cambio total y reconfiguración definitiva del electorado costarricense

Costa Rica dejó atrás la época de la lealtad partidaria incondicional, aquella donde se nacía liberacionista o “mariachi” por herencia familiar. Hoy nos enfrentamos a un electorado altamente volátil, independiente y pragmático.

La “esposa” (el pueblo) ya no cree en el matrimonio tradicional por defecto. La lealtad en la política latinoamericana, se ha demostrado que se gana en el día a día y a través de la gestión percibida, aunque no siempre realizada. Y es precisamente en ese terreno donde el discurso oficialista ha sabido jugar mejor sus cartas, presentándose como el defensor del ciudadano común frente a los abusos del pasado.

Conclusión

Si la oposición política de Costa Rica aspira a ser una alternativa válida de cara al futuro, debe dejar de comportarse como el esposo despechado que grita e insulta desde su rol tradicional, sin un cambio de comportamiento ni una demostración de cambio real.

El camino no es reprocharle al pueblo sus decisiones electorales, sino emprender una transformación interna profunda en cada agrupación política, pedir perdón por las promesas incumplidas, quitar de una vez a los sinvergüenzas y vividores reconocidos de siempre, que continúan siendo parte de estas agrupaciones y presentar propuestas tangibles, que demuestren que realmente aprendieron la lección.

De lo contrario, no deberían sorprenderse si el país prefiere seguir bailando con el pachuco y aprobando a Chaves.

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