Luis Paulino Vargas Solís

Junto a una bandada de periodistas y un grupo importante de representantes de alto nivel de su gobierno, aborda el lujosísimo avión Boeing 747-8 que le fue regalado por el jeque Tamim y la familia Al Thani, gobernantes dictatoriales de Qatar. Una dádiva corrupta de un gobernante corrupto a otro gobernante corrupto.
Según los servicios de espionaje de Estados Unidos existía una amenaza fidedigna de ataque contra el mencionado avión por parte de Irán, el cual se ejecutaría utilizando un misil antiaéreo portátil.
La información le fue comunicada únicamente a Trump y al círculo más íntimo de sus colaboradores: cuatro personas, aparte del propio Trump, incluyendo al secretario de Defensa Hegseth y a Natalie Harp, su asistente ejecutiva, cuya peculiar relación con Trump ha dado lugar a toda clase de murmuraciones.
Todos abordaron el majestuoso Boeing 747-8 pero, luego, en una operación ultrasecreta, Trump y esas cuatro personas, fueron transportadas en secreto en un camión de catering aeroportuario a otro avión militar estadounidense más pequeño.
Trump y su pequeña delegación de “íntimos” salieron de Ankara en ese segundo avión. El resto viajaron en el Boeing 747-8, convertido así en “avión señuelo”, al que le tocaría recibir el ataque iraní que, presuntamente, podría realizarse.
Todo esto se hizo público semanas después y el propio Trump tuvo que admitir que era cierto.
O sea: Trump decidió salvarse él y salvar a sus cuatro favoritos y exponer al resto a lo que, de haberse concretado, habría sido una muerte segura. Ese “resto” incluía al secretario de Estado, el impresentable Marco Rubio, y al secretario del Tesoro, Scott Besent, así como a un numeroso grupo de periodistas.
¿Cuál era el cálculo que subyacía a una decisión tan extremadamente cruel y criminal? ¿Exhibir a Irán como un estado terrorista? Tiene sentido, pero a condición de no olvidar que Trump también se habría exhibido a sí mismo como el peor de los cobardes, pero, asimismo, como un terrorista sanguinario dispuesto a sacrificar muchas vidas –incluso la vida de algunos de sus más importantes colaboradores– para favorecer sus objetivos propagandísticos.
El atentado no se produjo, pero una cosa sí quedó confirmadísima: Trump es un cobarde criminal y despiadado.
Recordemos, entonces, a Fernando Cerimedo: el mercenario digital argentino, emisario de Trump e influyente propagandista al servicio de las ultraderechas latinoamericanas, aliadas incondicionales del trumpismo.
Para impedir que diese la información que posee, Cerimedo pagó un par de sicarios para que asesinasen a Nadia Beller, su pareja, embarazada de él.
De tal palo, tal astilla.
Cerimedo y Trump son, guardando las proporciones del caso, dos expresiones del mismo fenómeno: el de la absoluta bancarrota moral, el de la corrupción en sus extremos más deshumanizados y putrefactos.
Eso son las ultraderechas del mundo hoy día.
Tengamos presente que el chavismo se reivindica, con gran orgullo, como parte de esa fauna.
– Economista jubilado
Cambio Político Opinión y análisis


