Ricardo Castro Calvo
La política suele reservar sus páginas más visibles para quienes ganan elecciones presidenciales, fundan partidos o encarnan grandes rupturas históricas. Con menor frecuencia reconoce a quienes dominan un arte más silencioso, menos fotogénico y, sin embargo, decisivo: el de construir acuerdos, administrar tensiones, leer correlaciones de fuerza y mantener en pie las instituciones cuando el entorno invita al choque. Rodrigo Arias Sánchez pertenece a esa estirpe.
Su paso por la Presidencia de la Asamblea Legislativa entre 2022 y 2026 puede leerse como algo más que una secuencia de victorias parlamentarias. Fue la demostración de que aún sobrevivía en Costa Rica una generación de políticos formados en la cultura del pacto, del procedimiento y de la negociación reservada. Una generación nacida bajo los códigos de la Segunda República, cuando los partidos estructuraban la competencia, el conflicto encontraba cauces institucionales y el poder se ejercía menos desde la estridencia pública que desde la paciente arquitectura de los acuerdos.
Rodrigo Arias no llegó al Directorio Legislativo por accidente. Fue electo en 2022 con 50 votos, reelecto en 2023 con 44, nuevamente en 2024 con 36 y cerró el ciclo en 2025 con 33. La secuencia contiene una verdad política más profunda que la simple aritmética: ganó siempre, pero cada vez sobre un terreno más estrecho. Su liderazgo persistió mientras el sistema que lo hizo posible se erosionaba.
El arte de gobernar sin mayoría
El dato esencial de aquellos cuatro años es que Arias presidió el Congreso sin controlar el Poder Ejecutivo y sin disponer de una mayoría automática. No gobernó desde la imposición numérica, sino desde la inteligencia parlamentaria.
En una Asamblea fragmentada, donde convivían partidos tradicionales, nuevas fuerzas, bancadas pequeñas e independientes, la estabilidad dependía de algo cada vez más escaso en la política contemporánea: confianza táctica. Arias supo ofrecerla. Su experiencia le permitió leer intereses cruzados, anticipar vetos, distinguir lo negociable de lo imposible y construir mayorías variables según cada coyuntura.
Ese tipo de liderazgo rara vez produce épica. No llena plazas ni domina algoritmos. Pero sostiene repúblicas.
Mientras otros midieron el poder por popularidad instantánea, Arias lo midió como se hacía antes: por capacidad de reunir votos en el momento decisivo.
El choque de dos Costa Ricas políticas
Su presidencia coincidió con una disputa más amplia entre dos estilos de ejercer el poder.
Por un lado, el modelo institucionalista: partidos, contrapesos, deliberación, gradualismo, acuerdos imperfectos. Por otro, una política más personalista, directa y confrontativa, desconfiada de las mediaciones tradicionales y proclive a interpretar toda oposición como obstáculo.
En ese escenario, Rodrigo Arias terminó representando mucho más que al Congreso. Encarnó la defensa de una tradición republicana frente al avance de una cultura política distinta: más emocional, más plebiscitaria y hostil hacia las formas clásicas de intermediación democrática.
No fue casual que muchos de los choques más notorios del período giraran alrededor de la Asamblea Legislativa, la Contraloría General, el Poder Judicial o el Tribunal Supremo de Elecciones. En el fondo, lo que estaba en juego no era solo una agenda legislativa, sino la legitimidad misma de los contrapesos institucionales.
Arias comprendió ese conflicto y actuó en consecuencia. No buscó protagonismos dramáticos. Apostó a preservar las reglas.
El Congreso como último contrapeso
En numerosos presidencialismos latinoamericanos, los parlamentos terminan subordinados al Ejecutivo o paralizados por la confrontación. Costa Rica vivió otra experiencia. Durante el cuatrienio 2022-2026, la Asamblea Legislativa conservó autonomía política y capacidad real de incidencia.
Eso no ocurrió por inercia. Requirió conducción.
Bajo la conducción de Arias, el Congreso sostuvo debates presupuestarios, impulsó discusiones sobre seguridad pública, tramitó reformas sensibles, produjo control político y mantuvo viva la capacidad de frenar, corregir o reorientar decisiones gubernamentales cuando así lo exigía la correlación democrática.
Presidió, en los hechos, el principal contrapeso institucional del período.
Seguridad, crisis y agenda nacional
La crisis de seguridad ciudadana, el crecimiento del crimen organizado y el aumento de homicidios colocaron al Parlamento bajo una presión inédita. Arias promovió reuniones entre poderes, impulsó el tratamiento de proyectos vinculados a seguridad y procuró convertir la preocupación nacional en agenda legislativa concreta.
También debió conducir discusiones sobre empleo, jornadas laborales excepcionales, finanzas públicas, infraestructura y modernización institucional. No todos esos esfuerzos culminaron con éxito ni todos alcanzaron consensos duraderos. Pero revelaron una constante: mientras el clima político se polarizaba, el Congreso seguía siendo espacio obligado de resolución.
Ese fue uno de sus principales aportes: recordar que, incluso en tiempos de desconfianza, la democracia necesita procedimientos.
Los límites del operador
Toda figura de esta naturaleza carga también sus límites.
Rodrigo Arias representó para muchos sectores la experiencia y la serenidad; para otros, la persistencia de una élite política tradicional incapaz de renovarse. Su capacidad para administrar conflictos no siempre se tradujo en transformación profunda. Logró preservar el sistema, pero no necesariamente reconciliarlo con una ciudadanía crecientemente escéptica.
Las votaciones decrecientes de sus reelecciones también expresaron eso: seguía siendo indispensable para numerosos actores, pero cada vez menos capaz de convocar consensos amplios.
Fue fuerte dentro del sistema, en una época en que el sistema mismo perdía prestigio.
El peso del apellido y la biografía
Tampoco puede omitirse la dimensión simbólica de su trayectoria. El apellido Arias remite a una de las familias políticas más influyentes de la Costa Rica contemporánea. Ese capital histórico abrió puertas, pero también generó resistencias. Para unos representaba experiencia de Estado; para otros, continuidad de un ciclo agotado.
Rodrigo Arias cargó ambas percepciones y aprendió a operar bajo ellas. Quizá allí radique parte de su habilidad: supo construir poder incluso cuando era objeto de recelos estructurales.
El último de una escuela
Llamarlo el último gran operador político de la Segunda República no es una frase ornamental. Describe una transición histórica.
Arias pertenece a una escuela donde el poder se construía con organización partidaria, conocimiento institucional, disciplina estratégica y paciencia negociadora. Hoy esa escuela enfrenta un ecosistema radicalmente distinto: redes sociales, fragmentación extrema, volatilidad electoral, personalización del liderazgo y desprestigio de los intermediarios clásicos.
La pregunta no es solo si habrá otro político como él. La pregunta más profunda es si el sistema volverá a producir uno.
Balance histórico
Rodrigo Arias no será recordado como un líder carismático ni como un reformador de gestos épicos. Su legado es menos vistoso y quizá más importante: mantuvo operando el Parlamento costarricense en años de alta tensión.
En tiempos donde la política confundió firmeza con estridencia, reivindicó el método. Cuando muchos apostaron por el choque, insistió en el acuerdo posible. Y cuando la institucionalidad parecía convertirse, para algunos, en un estorbo, la defendió como condición básica de la convivencia democrática.
No transformó de raíz la política costarricense. Pero ayudó a impedir que se fracturara.
Epílogo
Tal vez la historia no lo recuerde únicamente como presidente legislativo, ni siquiera como el dirigente que acumuló cuatro años consecutivos al frente del Congreso. Es posible que el juicio del tiempo sea más profundo.
Podría ubicarlo como el último exponente maduro de una tradición política fundada en el partido, la negociación discreta, la palabra empeñada y la confianza entre adversarios. Una tradición con defectos evidentes, pero también capaz de producir estabilidad, acuerdos duraderos y respeto por las formas republicanas.
Después de él emergió con mayor claridad otra Costa Rica política: más fragmentada, más impaciente, más mediática, más personalista y menos dispuesta a reconocer valor en la intermediación democrática.
Rodrigo Arias no detuvo esa transición. Nadie podía hacerlo. Pero la administró con oficio, contuvo sus excesos y recordó, en medio del ruido, que las democracias también se sostienen desde la paciencia. Si esa lectura prevalece, entonces su papel histórico excederá el de un hábil parlamentario.
La historia podría ubicarlo como el umbral entre dos tiempos políticos: uno que aún defiende sus viejas certezas y otro que apenas ensaya su porvenir; pero también como uno de los últimos hombres de Estado capaces de sostener, con oficio y templanza, el peso de una República. En la hora incierta de la transición, cuando una época se resistía a partir y otra aún buscaba nacer, Rodrigo Arias sostuvo la continuidad de la República.
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