Chaves: el Sísifo contemporáneo

Luis Paulino Vargas Solís

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Han sido semanas como de al modo de una especie de peregrinación, yendo y viniendo por distintos lugares del territorio costarricense.

Aquí inaugura una acera, allá el techo de una escuela, y en aquel otro lugar corta la cinta amarrilla de una placa que informa que ahí se planea reparar, algún día, los huecos de la calle.

Desde la tarima, los gritos destemplados, los gestos de furia, las amenazas. Y, como no podría ser de otra forma, el insulto a quien disiente o se le opone y la estridente reivindicación del proyecto autoritario que lo anima.

Y en cada sitio el baño de multitudes. Gente que le aplaude y vitorea, pero, sobre todo, gente que quiere testimoniarle su veneración, rayana en idolatría. Gente que lo cree enviado del cielo y lo mira como una especie de santo milagrero. Gente que cree que la vida les va en ponerse a sus pies y rendirle pleitesía. Gente a la que le provoca pereza tener que pensar y decidir por sí misma, y que se siente confortable pensando que él se encargará de pensar y decidir en su lugar.

Pero también, y posiblemente la mayoría, gente que llega sencillamente queriendo curiosear, ver qué ocurre, qué show se les ofrece, qué tan pintoresca y entretenida resulta la puesta en escena y, en fin, ¿acaso también gente que llega en busca de un almuercito?
Y, desde luego, los medios “amigos” y los periodistas “amigos”, listos para presentar cada gesto del presidente como si fuera el momento culminante en el “Ballet de los Cisnes” de Chaikovski o el instante supremo del “Aleluya” de Haendel.
Así ha querido Rodrigo Chaves despedir sus cuatro años de gobierno: escenificando una especie de desfile carnavalesco, bullicioso, más bien grotesco y esperpéntico.

Se adivina detrás de esto, la misma sensación de congoja que se percibe en esos hogares de clase media venidos a menos, embaucados en un fastidioso empeño para trata de aparentar ser lo que no son. Pues así con Chaves y su carrusel de fin de gobierno, puesto que, sin mencionar el daño terrible causado a instituciones y empresas públicas importantísimas, resulta que, en materia de obra pública, el balance de su gobierno no simplemente es parco y esmirriado, sino que, en términos netos, es negativo. Baste recordar que Chaves se trajo abajo los proyectos de Orosi 2, el tren eléctrico y la autopista a San Ramón, frenó lo de Caldera y llevó adelante el esperpento de las rotondas cuadradas en la carretera a Limón.

Se adivina, asimismo, un trasfondo de angustia, malamente disimulada. La angustia que proviene del temor de no poder mantener embridado al nuevo gobierno; la angustia de que la presidenta pudiera, eventualmente, decidir ser presidenta y no mucama, y que el poder del Estado se le escurra entre los dedos como si fuera un poco de agua.

Pero, también, se adivina un sentimiento de miedo, de mucho miedo. Un miedo que, aquí y allá, burla los diques que intentan contenerlo y emerge a la superficie.

Y, entonces, disimulado detrás de una retórica estridente y patriotera, brota, a borbollones ese miedo y esa angustia cuando implora: “necesito 7 diputados, cobardes y corruptibles, que me den los votos que necesito para perpetuarme en el poder y establecer mi dictadura”.

Es que 8 años para aspirar de nuevo a ser presidente son muchos años para un señor de 65 años. Porque, aunque atrapado en sus inseguridades, reiteradamente ha fingido no acordarse de su edad, lo cierto es que la realidad es lo que es. También él se asoma a la temida ancianidad, y eso parece atormentarlo.

Chaves ha querido que todo esto sea algo similar a las giras de las estrellas de la música pop: de escenario en escenario, en medio de bullaranga y aplausos.

Pero basta rascar un poquito el barniz que lo recubre, para captar la congoja, el miedo y la angustia.

Recuerda el mito de Sísifo y, con este, la futilidad de la vanidad desmedida y de la ambición desbocada por el poder.

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