Fernández: ¿le está jalando demasiado el rabo a la ternera?

Luis Paulino Vargas Solís

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Lo que he escuchado estos últimos días, claramente me sugiere una cosa: Laura Fernández ha decidido llevar hasta el límite último y más extremo, la tesis de que la población de Costa Rica se deja engañar, embaucar y manipular fácilmente.

Que, en rigor, esa ha sido la tesis política sobre la que trabajó Rodrigo Chaves durante todo su gobierno.
Supo identificar y sacar rico provecho de los prejuicios de la gente, de sus cóleras y frustraciones y de sus aspiraciones por un “cambio”. Una aspiración de “cambio”, viva en los sentimientos populares, pero difusa, sin forma, sin cuerpo, carente de perfil y de forma. Por lo tanto, manipulable.

Eso, sin duda, le facilitó las cosas a Chaves.

Hizo de sí mismo el vehículo a través del cual canalizar esa cólera, esa frustración y malestar. Probó hacerlo mostrándose iracundo y soez, y, viendo que eso le funcionaba, le dio continuidad al método.

O sea: como que mucha gente creía ver en sus violentas peroratas, la representación y la expresión de su propia cólera. Como también esa gente sintió que el furibundo ataque de Chaves contra la institucionalidad democrática y el Estado de derecho, recogía correctamente su frustración y malestar y su deseo de cambio.
Chaves fue muy hábil para establecer esa conexión subjetiva y anímica y, de ahí en más, todo discurrió como sobre ruedas.

La fanaticada propiamente dicha –un grupito pequeño– lo elevó a la categoría de redentor, profeta y mesías. Para el común de la población no llega a tanto, pero si se le concedió, con gran liberalidad, el estatus de vocero y representante. Como si esa gente dijera: “él dice y hace lo que nosotros querríamos decir y hacer”.
Así es: él lo hacía por ellos y por ellas, permitiéndoles seguir arrellanados en su cómoda pasividad.

Luego entró a funcionar, a todo vapor, el “sesgo de confirmación”. Teniendo ya su vocero y representante mucha gente optó ver el mundo que quería ver, con los colores y matices que permitieran evadir las dudas y reafirmar su tranquilidad.

De donde resultó una total incapacidad cognitiva para captar e interpretar correctamente los incontables síntomas de chambonada e ineficiencia del gobierno, así como sus innumerables expresiones de corrupción.
Atrapada en ese “sesgo de confirmación”, mucha gente desarrolló una gran destreza en la penosa tarea de justificar lo injustificable, empeñada en ver luz donde había oscuridad, en ver belleza donde había fealdad, en ver rectitud donde había corrupción descontrolada.

Pero la mentira tiene sus límites. Y, más tarde o temprano, la propia realidad se los puede imponer.

Es lo que podría ocurrir si revienta la “burbuja de la inversión extranjera” que acompañó los cuatro años de la administración Chaves Robles. La otra burbuja que lo benefició –la “burbuja de los capitales del narco”– también podría tener una existencia efímera.

Es muy plausible que a Laura Fernández le toque vérselas con el estallido de esas burbujas y los problemas concomitantes. Con un agravante: hereda una situación fiscal al borde mismo del derrumbe.
Es evidente que ella se esfuerza por sostener la burra, haciendo gala de una procacidad y un nivel de violencia que no desmerecen en nada del legado de su antecesor.

Creo ver, sin embargo, dos fisuras.

Primero, la que ya mencioné: se anuncian tormentas económicas, frente a las cuales la diatriba ruidosa podría perder eficacia.

Segundo, creo que Fernández le está jalando al rabo a la ternera de forma realmente desmesurada, al punto que pareciera intentar superar a su predecesor, lo cual es muchísimo decir.

Lo de reducir todo su argumento al adjetivo “comunistas” para descalificar cualquier cosa que se diga o se haga que a ella no le agrada, resulta tan, pero tan repetitivo, que arriesga convertirse simplemente en un ruido molesto, como el golpeteo de una lata de zinc floja en una noche ventosa, despojado de todo poder de convocatoria y de cualquier impacto anímico o subjetivo.

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