Etiopía, un naufragio más

Línea Internacional

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Guadi Calvo

La noticia pasó casi desapercibida, y con razón, en el marco de los actuales conflictos de la región; fue irrelevante, cuando ya no hay tiempo siquiera para hablar de la guerra civil de Sudán, donde el ejército y los paramilitares se siguen matando; se estima que ya alcanzan el medio millón los muertos. Cada día decenas de civiles se siguen sumando a la carnicería, tal como sucedió el pasado sábado 10 de octubre, en proximidades de la frontera con Egipto, donde decenas de hombres murieron a consecuencia de un ataque aéreo, cuando trabajaban en una mina de oro a cielo abierto, de las tantas que hay en el norte de Sudán, y que en buena parte financian la guerra que ya lleva más de tres años. Las pocas imágenes que han llegado muestran restos de cuerpos esparcidos en el lugar. Un rincón remoto de la región de Shamal al-Wadi en el estado del Nilo (Sudán), a unos 40 kilómetros de la frontera egipcia.

La organización humanitaria que dio a conocer la información confirma que por lo menos serían ochenta los muertos de un contingente de más de 120 trabajadores; muchos habrían recibido graves heridas, por lo que se espera que la cifra de fallecidos siga en aumento, más que nada por la falta de atención médica. Se sospecha que la masacre habría sido responsabilidad de Egipto, que se sabe colabora con las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS) desde una base secreta de drones que controla en el área, según se conoció en febrero pasado, para combatir al Grupo de Apoyo Rápido (FAR), a su vez financiado en gran parte por los Emiratos Árabes Unidos (EAU) y por la explotación irregular de oro. Lo que ha hecho a su comandante Mohamed “Hemetti” Dagolo, el hombre más rico de Sudán.

A su vez, el portavoz del Ejército egipcio informó que sus fuerzas realizan “la tercera fase” de una campaña para combatir la explotación ilegal de oro en el desierto oriental, “dentro de sus propias fronteras, y no en territorio sudanés”, más allá de que las imágenes muestran al menos una bomba de origen egipcio NASR 400 sin explotar. Mientras el jefe militar de las FAR, el general Abdul Fattah al-Burhan, una vez conocida la información, se limitó, sin mencionar responsables, a comentar que fue “un incidente doloroso”.

Mientras esto sucede al otro lado del mar Rojo, la Península Arábiga está encendida y ese incendio, que compromete a toda la industria petrolera saudita, de no detenerse pronto calcinará los mercados del mundo. Cuando todas las costas del Golfo Pérsico, donde mientras se escriben estas líneas se hunden dos cargueros cerca de Ormuz, después de ser atacados por proyectiles desconocidos en incidentes separados.

Lo que le mete más candela es la inacción de Donald Trump, que no sabe dónde meterse en la guerra a la que fue arrastrado por su amigo Bibí y su yerno, Jared Kushner, mientras un gran papelón parece esperarlo en menos de veinte días.

Pero por si la guerra civil sudanesa fuera poco, los avances houthíes en Yemen y el sur de Arabia Saudita, las tormentas que asolan la navegación de Ormuz desde fines de febrero pasado, la crónica situación de Somalia que, la sed y la guerra, se están encargando de los que sobreviven, pues en el Sahel pululan algunos miles de muyahidines financiados por los EAU, apoyados por Occidente y Ucrania, transmiten su mensaje wahabita por las bocas de las Kaláshnikov. En Etiopía otra vez ha comenzado la temporada de guerras. Aquella noticia del principio, que pasó casi desapercibida y a la que, en razón de los actuales conflictos de la región, fue irrelevante, tendrá que seguir esperando sus quince minutos de fama.

Razones para no atender una noticia

A poco de cumplir tres años el Acuerdo de Pretoria por el que se detuvo la guerra civil en Etiopía (2020-2022), que el gobierno federal mantuvo contra los separatistas del Frente de Liberación Popular de Tigray (FPLT), que se llevó cerca de un millón de vidas, por lo que ahora estaría reclutando niños menores de quince años, ya que desde hace varias semanas el conflicto se ha reinstalado.

Ambos lados arguyen, según el caso, distintas faltas a lo pactado en Sudáfrica en 2022, pero más allá de cualquier sutileza, lo cierto es que la guerra, aunque de baja intensidad, está esta otra vez activa (Ver: Temporada de guerras en Etiopía), lo que agrega más tensión a la extensa crisis de la región que, en una línea recta, algo antojadiza, desde la frontera entre Argelia y Mali hasta la frontera de Irán con Pakistán, cerca de unos 5 mil kilómetros, está plagada de conflictos, y que, por ser discretos y medidos, la línea del caos la podríamos continuar por varios miles de kilómetros más, atravesando Pakistán, en guerra con Afganistán, y en una creciente crisis de violencia con las provincias separatistas de Baluchistán y Khyber Pakhtunkhwa (K-P), continuando por India, que siempre tiene sus razones para turbulencia, Bangladesh, que tras el golpe de 2024 se reposicionó con Islamabad en oposición a Nueva Delhi, y continuando en Birmania, con una guerra civil que ya lleva más de cinco años, extendiéndose por todo su territorio, llegando hasta la frontera con Laos y Tailandia. Otros cuatro mil kilómetros mal contados.

Aunque volviendo al norte de Etiopía, encontramos Tigray, prácticamente en misma geografía: la Región o Kililoch de Tigray donde otra vez FPLT, busca su autonomía de Addis Abeba, la capital del gobierno central y Eritrea, reactiva la guerra después de 20 años contra Etiopia.

El pasado 20 de septiembre, se había anunciado la integración en la Alianza para la Supervivencia de las Fuerzas Populares de Etiopía (Tsimdo), que es una coalición político-militar rebelde que busca el fin del gobierno central.

Addis Abeba acusa a Eritrea de estar detrás de este frente, más allá de que durante la última guerra civil los eritreos participaron del lado de las fuerzas regulares del primer ministro Ahmed, las que recibieron acusaciones de haber perpetrado toda clase de crímenes de guerra, no solo contra los rebeldes, sino también de haberlo hecho contra la población civil. Practicando políticas de tierra arrasada en la región tigreyana, donde destruyeron aldeas, incendiaron sembradíos, bodegas de almacenamiento de granos, exterminando miles de cabezas de ganado, inutilizando plantas potabilizadoras y de electricidad, envenenando pozos de agua y haciendo de la violación masiva un arma con que no solo se atacaba a las mujeres, sino que producía un efecto desmoralizador entre los hombres, los que muchos después de largas sesiones de tortura fueron asesinados. Contra esa misma comunidad a la que apenas un par de años atrás tanto mal le provocaron, ahora los eritreos se alían para combatir las tropas federales o Fuerza de Defensa Nacional de Etiopía (FDNE).

Acuerdo que, desde Asmara, se ha negado, más allá de múltiples informes, que tropas eritreas han penetrado en Tigray y están colaborando con los rebeldes. Siendo hostigados por drones de FDNE, lo que acelera la posibilidad de un nuevo conflicto interno que va a derivar en una guerra regional.

La actual situación en Yemen, particularmente en toda la línea sobre el mar Rojo, la más disputada en esta nueva faceta de la guerra que desde 2014 los Houthies tienen con Arabia Saudita y sus peones locales, compromete los deseos de Addis Abeba de conseguir adueñarse de puertos eritreos, par solucionare una de sus más graves condición la de ser un país mediterráneo, por lo que sumando a las fluidas relaciones entre Addis Abeba con Beijing, Estados Unidos, junto a los sauditas les conviene fortalecer el vínculo con el presidente eritreo Isaias Afwerki, dada que sus costas se encuentran frente a los sectores costeros que los Houthies acaban de arrebatar a la alianza entre los saudita y el gobierno títere yemení del Consejo de Liderazgo Presidencial (CLP), con sede en la ciudad de Adén.

Como ya vemos, la compleja situación regional no beneficia para nada la política interior de Etiopía, que se encuentra encajonada entre la guerra civil sudanesa al oeste, Eritrea, Djibouti y Somalia al este; en el norte, el cada vez más agresivo Egipto por la controvertida puesta en marcha de la Gran Presa del Renacimiento Etíope sobre el Nilo Azul, que ya ha comenzado a restarle agua al curso inferior del río Nilo, de lo que, a pesar de la guerra, Jartum, donde se une el Azul con el Blanco, también ha tomado nota.

Mientras Etiopía parece haber comenzado a naufragar, ha salido a su rescate nada menos que los Emiratos Árabes Unidos, que, con la pérdida de la influencia de Adén, han comenzado a incrementar sus relaciones con Etiopía, lo que le ha permitido asistir desde su territorio a los paramilitares sudaneses, los que también han establecido dentro del territorio etíope un campo de entrenamiento y una base que funciona como lugar de refugio, reabastecimiento y hospital.

Mientras la nueva guerra ha comenzado a hacerse sentir en las comunidades del norte del país, los más de 110 millones todavía siguen sufriendo las consecuencias de la anterior, ya que la producción agrícola no se recompone. Sumado a la crisis de fertilizantes y combustible derivada de la torpeza de Trump con Irán, junto al efecto de El Niño convierte la crisis en un verdadero cuello de botella. Por lo que se espera necesite asistencia humanitaria de manera urgente.

Quizá sea por este contexto que algunas noticias, como la del naufragio de una embarcación al norte de la ciudad de Obock (Djibouti) que transportaba más de trescientas personas, de las que al menos 140 murieron y otras 90 continúan desaparecidas desde la noche del 8 al 9, la mayoría de nacionalidad etíope que buscaban llegar a Yemen para continuar hacia los países del Golfo en busca de empleo, una de las rutas migratorias históricamente más transitadas de la región y que, a pesar de las guerras, jamás se ha interrumpido.

Desde el 10 de septiembre, ya se registró la llegada de 25 mil personas llegadas de Etiopía, que se sumarán a las 180 mil que lo habían hecho desde comienzo de año. El año pasado, cerca de mil murieron o desaparecieron en la ruta que conecta el Cuerno de África con Yemen a través de Djibouti; parece que esa noticia también pasó casi desapercibida, irrelevante, como un naufragio más.

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