El holocausto olvidado

Carlos Revilla Maroto

Roma

Cada vez que en redes sociales o en alguna conversación sale a relucir el tema del Holocausto, la atención gravita invariablemente sobre la Shoah (catástrofe en hebreo) y el horror sufrido por el pueblo judío durante el régimen nacionalsocialista. Aquella barbarie jamás debe repetirse.

Sin embargo, los judíos no fueron las únicas víctimas de la maquinaria de exterminio nazi. Gitanos, homosexuales, personas con discapacidad, disidentes políticos y testigos de Jehová compartieron ese mismo destino trágico.

El pueblo gitano —o más apropiadamente romaní o roma— constituye una nación con identidad cultural y sentido histórico, pero sin un territorio propio, como por ejemplo ocurre con los kurdos. A diferencia de la comunidad judía, asentada en Costa Rica de forma próspera e influyente desde los primeros años de la República, la presencia gitana en nuestro país ha sido casi nula. Esta ausencia no fue casual: la Ley de Migración de 1862 —promulgada en la administración de Jesús Jiménez— prohibió explícitamente el ingreso de gitanos al territorio nacional, bajo los prejuicios raciales del ideario de la época. Esa exclusión histórica explica, en gran medida, por qué en nuestro entorno casi no se habla del Porraimos (término romaní que significa literalmente “devoración”), como denominan a su propio Holocausto.

El origen exacto de los roma albergó misterios durante siglos debido a su tradición ágrafa, carente de registros escritos. Hoy, los análisis lingüísticos y genéticos señalan que sus antepasados emigraron en el siglo XI desde la región de Panyab (entre las actuales India y Pakistán), asentándose en Europa hacia el siglo XV. Aunque permanecieron durante centurias en el continente europeo, arrastraron una pesada estela de marginación y prejuicios que la modernidad no logró borrar.

Con la llegada del nazismo, los roma fueron clasificados como “inferiores racialmente” y sometidos a un plan de exterminio paralelo al de los judíos. La persecución, no obstante, no nació de la nada: desde la década de 1920 ya existían normativas europeas que imponían fichajes policiales y confinamientos a las poblaciones itinerantes. Bajo el Tercer Reich, estas medidas se industrializaron: para 1934 se aplicaron campañas de esterilización forzada y en 1935 las Leyes de Núremberg les arrebataron la ciudadanía. La persecución escaló rápidamente: en junio de 1938 el régimen instauró la “Semana de Limpieza Gitana”, y poco después 250 niños romaníes fueron ejecutados en Buchenwald para probar la eficacia del gas Zyklon-B como método de exterminio.

El desenlace fue devastador. Equipos móviles de matanza (Einsatzgruppen) fusilaron a decenas de miles de roma en los territorios ocupados del este, mientras miles más eran deportados a los campos de concentración y exterminio. En Auschwitz-Birkenau se creó un sector especial, el Zigeunerlager, donde familias enteras fueron hacinadas. Allí, el 16 de mayo de 1944, los prisioneros romaníes protagonizaron un acto de resistencia memorable: armados con tubos, piedras y herramientas de trabajo, se atrincheraron y enfrentaron a las SS, logrando posponer temporalmente la liquidación de su campo.

Pese a ese acto de valentía, la tragedia final no tardó en ejecutarse. El 1 de agosto de 1944, en la llamada Zigeunernacht (“La noche de los gitanos”), cerca de 4 000 roma fueron enviados a las cámaras de gas y sus cuerpos incinerados en una sola jornada.

Se calcula que cerca de 500 mil gitanos fueron asesinados por Alemania y sus aliados. Aunque esta cifra es cuantitativamente menor a los seis millones de víctimas judías, en términos relativos representa un impacto destructivo devastador: significó el exterminio de casi el 50% de toda la población romaní de Europa. Pese a la magnitud de esta tragedia, no fue sino hasta 1982 cuando el canciller alemán Helmut Kohl reconoció formalmente el genocidio nazi contra los roma, momento en que, para la mayoría de las víctimas y sus familias, la restitución ya llegaba demasiado tarde.

Fue solo hasta 2012 cuando se inauguró en Berlín un monumento en su memoria, obra del escultor israelí Dani Karavan: una pileta circular en cuyo centro una estela recibe cada día una flor fresca.

Roma

De ahora en adelante, al recordar el Holocausto y levantar la voz contra la xenofobia y el racismo, es un deber histórico y humano recordar también al pueblo romaní y su Porraimos.

(Los dejo con un vídeo y fotografías del holocausto, en memoria de quienes murieron en los campos de concentración nazis).

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