Dos discursos

Conversaciones con mis nietos

La gente pasa tanto tiempo burlándose de Trump o esperando a que le destituyan. El peligro de ese tipo de obsesión con una sola persona es que no ve el sistema que la produjo”. Arundhati Roy

Arsenio Rodríguez

Me atreví a ver en la tele, el discurso de Trump, sobre el estado de la nación estadounidense. Una caricatura cómica y aterradora. Sin duda el teatro es el mejor instrumento de manipular las mentes a través de la proyección de miedos y prejuicios. La actuación de Trump me recordó escenas de la película de Chaplin; El Gran Dictador.

Un presidente, que se ha enriquecido a sí mismo y a su familia por más de mil millones de dólares en su primer año en el cargo, le pedía al Congreso que se abstuviese de ser corrupto. Condenó la violencia política—cuando terminó su primer mandato incitando a una turba a destituir al Congreso y anular las elecciones. Les dijo a los miembros del Congreso, que el primer deber del gobierno era proteger a los ciudadanos estadounidenses, cuando su propio gobierno, con sus brutales métodos policiales, ha abaleado ciudadanos en las calles, e intentado engañar al país sobre cómo habían ocurrido los incidentes.

Y ni hablar sobre declaraciones falsas sobre la economía, el crimen y las guerras y la paz, muchas de las cuales parecían formuladas deliberadamente para engañar al público que lo veía en televisión. Era un villano de un cuento de Disney, recibiendo aplausos por sus mentiras y fechorías. Sus insultos a su predecesor, sus exigencias a que los legisladores se levantaran, ante su despliegue de falsedades y aplaudieran al unísono. Una farsa teatral increíble. En más de 60 años siguiendo la cosa política en este país, jamás había visto una farsa tan grande y abierta.

Me vinieron a la mente; El Golfo de America, Groenlandia, la estadidad para Canada, el premio nobel de la paz, el petróleo de Venezuela, los policías enmascarados persiguiendo inmigrantes para salvar los perros y los gatos de los ciudadanos, y el pronunciamiento, de que el cambio climático era un cuento chino.

Hemos progresado, en nuestra comprensión material de la vida, como para darnos cuenta de que todos y todo estamos hechos de las mismas energías y partículas, y que evolucionamos del mismo origen. Por lo tanto, estamos en el mismo barco. Pero seguimos viendo al mundo, incluyendo a los demás, como cosas para manipular. Y en este país de Disneylandia esto ahora se ha amplificado al máximo. Millones de gentes que se llaman a sí mismos cristianos, y reconocen las palabras del fundador de su religión, “ama a tu prójimo como a ti mismo”, pero le añaden (siempre y cuando sea de la misma tribu, país y color).

A fines del siglo pasado yo le decía a mi madre que había ocurrido mucho progreso en la humanidad en términos de derechos civiles, reducción de pobreza global, promedio de vida, educación y salud. Que el mundo había crecido en términos de su conectividad y tecnología, lo cual permitía una mayor apreciación de nuestra interdependencia.

Pero en el discurso de Trump y los últimos desarrollos internacionales, vemos que esta trayectoria globalizante e internacionalista, ha servido para el empoderamiento de corporaciones globales, que asignan recursos cuantiosos para controlar los procesos políticos, hoy más que nunca.

En una época donde se ha avanzado en las relaciones internacionales, la consciencia del medio ambiente, y el concepto de igualdad, comienza a resurgir la crueldad hacia los foráneos, el tribalismo, el imperialismo, la adoración del poder absoluto, y el desprecio hacia los vulnerables. Los que están en el cenit de su avaricia económica y de poder, se aprovechan del miedo que sienten, los que ven venir el gran cambio inevitable, hacia una nueva humanidad; integrada, con valores y culturas que trascienden el anquilosamiento tribal y nacionalista.

Pero, aun así, lo que está ocurriendo en EE. UU. (y en el mundo) no es una regresión — sino una revelación de los prejuicios y miedos, que tienen que ser descartados para que florezca una nueva humanidad. Son como los sedimentos que emergen a la superficie, cuando se está tratando de hacer más amplio un embalse. La revelación de las impurezas, que precede a la purificación.

La máscara se está cayendo. Y los impulsos que eran: negados, disfrazados, racionalizados, y ocultos tras la retórica, ahora están a la vista. Pero como sabemos de la psicología personal, la visibilidad de nuestras sombra es el primer paso hacia la transformación. Cada vez que una civilización, empieza a moverse hacia: una mayor integración, una identidad más amplia, una empatía más profunda, con valores más universales, siempre hay una reacción, de quienes se sienten desestabilizados por el cambio.

Y esto no tiene nada que ver con la “derecha versus la izquierda». Es una reacción de resistencia, de contracción, ante una expansividad del entendimiento. Nace del miedo a perder: identidad, certidumbre, estatus, estructuras familiares, y el sentido de pertenencia. Cuando el universo conceptual del mundo se expande demasiado rápido, algunas personas se aferran a las formas antiguas como a balsas salvavidas.

Son a estas gentes, las que ven la erosión de sus ideas de unos Estados Unidos de los 1950’s, los que temen la mezcla étnica y racial, la disolución e innovación de sus conceptos y costumbres, de sus fronteras tribales, sabores, ritmos y cuentos; a quienes Trump y su séquito de millonarios y oportunistas, cínicamente le dirigen su teatro de miedo, de volvamos atrás, para ellos aumentar su poder y sus riquezas.

El internacionalismo, la consciencia ambiental, la globalización, la integración étnica y cultural, y la comunicación masiva, comenzaron a precipitarse en el siglo 20, contribuyendo a la disolución de antiguos límites, creando un mundo más pequeño, más interconectado, más interdependiente. Al principio, esto parecía acomodarse a los patrones culturales existentes, pero hacia fines del siglo pasado y al comienzo del presente, ocurrió una aceleración extraordinaria, que dio lugar a miedos de pérdida; de control, de coherencia cultural, de seguridad económica y de identidad. Y comenzaron a formarse movimientos, no desde las tradicionales definiciones ideológicas de izquierda y derecha, nacían de algo más primario; identidad tribal, nostalgia por un orden social mas simple, miedo a la dilución cultural y falta de confianza en conceptualizaciones complejas.

Estos movimientos siempre surgen, cuando las sociedades humanas comienzan a cruzar nuevos umbrales de complejidad. Cuando un nuevo paradigma civilizacional comienza a establecerse, el anterior no desaparece calladamente, sino que lucha por su sobrevivencia, se vuelve más extremo y visible. Esto no significa que el nuevo paradigma este fracasando en su manifestación inevitable, significa que está estableciéndose. El viejo mundo reacciona, porque se ve amenazado. Es curioso que, en Estados Unidos, las voces que quieren volver al pasado, le llaman a quienes están establecidos en el presente y quieren desarrollar el inevitable futuro, los despiertos – “woke”.

La resistencia a lo nuevo, al despertar, ocurrieron siempre en la historia, durante el Renacimiento, los Derechos Civiles y la Revolución Industrial. Los grandes cambios históricos nunca ocurren de inmediato. Comienzan como susurros, intuiciones, individuos dispersos, grupos pequeños manifestándose, nuevas sensibilidades, nuevas formas de ver el mundo. Y siempre son resistidos por el viejo orden, pero esta resistencia, es solo una señal de que lo nuevo ya está llegando.

Hoy vemos una crisis profunda, porque los anclajes viejos se están disolviendo y los nuevos no se han terminado de formar, ni de acoplarse a la población en su conjunto. Nuestras mentes están abrumadas, nuestras emociones sobre estimuladas, la psique desprotegida, la sombra colectiva expuesta. Esta es la fase más vulnerable de cualquier transformación.

Del discurso pronunciado por Don Ernesto Sábato en Puerto Rico en el 2002.

Y así, en medio del miedo, y la depresión que prevalece en este tiempo, irá surgiendo, por debajo, imperceptiblemente atisbos
de otra manera de vivir que busque, en medio del abismo, la recuperación de una humanidad que se siente a sí misma
desfallecer. Debemos volver a dar espacio en el alma de los pueblos, a una utopía que pueda albergar valores como el amor por
la criatura humana, la justicia, el sentido del honor y de la vergüenza, la honestidad, el respeto por los demás, la búsqueda del
sentido sagrado de la vida.

Sin duda lo que hoy nos toca atravesar es un pasaje. Este pasaje significa un paso atrás. Para que una nueva concepción del
universo vaya tomando lugar del mismo modo que en el campo se levantan los rastrojos para que la tierra desnuda pueda recibir
la nueva siembra. La vida del mundo ha de abrazarse como la tarea más propia y salir a defenderla, con la gravedad de los
momentos decisivos. Esa es nuestra misión. Este deseo de convertir la vida en un terruño humano.

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