Welmer Ramos González

En 1981, los economistas Joseph Stiglitz y Andrew Weiss publicaron un artículo que cambió para siempre la manera en que la economía entiende los mercados financieros. Stiglitz recibió el Premio Nobel de Economía en 2001, en parte por ese trabajo. La tesis central es sencilla de enunciar aunque sus consecuencias son profundas: en el mercado del crédito, subir la tasa de interés no equilibra la oferta y la demanda como lo haría subir el precio de cualquier otro bien. Lo que hace es algo mucho más peligroso. Deteriora la calidad de quienes piden prestado y cambia para mal el comportamiento de quienes ya recibieron el dinero. A esos dos mecanismos los economistas los llamamos selección adversa y riesgo moral.
El primer problema: los buenos se van
Imagine que usted tiene un negocio sólido que le rinde el 15% anual. Si un banco le ofrece crédito al 10%, el negocio tiene sentido: usted paga el préstamo y le queda ganancia. Pero si la tasa sube al 35%, la matemática ya no cuadra y usted simplemente no pide prestado.
Ahora imagine a otra persona que quiere financiar un proyecto muy arriesgado, que puede rendir el 60% si sale bien, pero que tiene alta probabilidad de fracasar. Para esa persona, la tasa alta no importa tanto: si el proyecto funciona, gana de todas formas. Y si fracasa, la pérdida mayor la absorbe el banco, no ella.
¿Qué ocurre entonces cuando el banco sube la tasa para “cubrirse del riesgo”? Que los solicitantes prudentes, los que tienen proyectos sólidos y pagables, se retiran del mercado. Y los que permanecen son exactamente los más riesgosos. El banco que quería protegerse del incumplimiento acaba con una cartera peor -más riesgosa- que la que tenía antes de subir la tasa. Eso es la selección adversa: el precio más alto selecciona negativamente a los clientes, expulsando a los buenos y reteniendo a los problemáticos.
El segundo problema: el dinero cambia el comportamiento
El riesgo moral opera después de que el préstamo ya fue otorgado. Y es igualmente perverso.
Suponga que una persona recibe un préstamo al 15% y planea invertir en una actividad que rinde el 20%. El negocio funciona, paga la cuota, y le queda un margen. Tiene incentivo para ser cuidadoso.
Ahora súbale la tasa al 40%. Ese mismo negocio ya no alcanza. Si rinde el 20% y debe pagar el 40%, está perdiendo dinero. Entonces el deudor cambia de decisión: busca proyectos más riesgosos que puedan rendir el 60% o más, porque son los únicos que justifican la carga de la deuda. No lo hace por mala fe. Lo hace porque la matemática lo empuja ahí.
La paradoja es brutal: el banco subió la tasa exactamente para cubrirse del riesgo de incumplimiento. Pero al subirla, creó el incentivo que produce más incumplimiento. La tasa alta genera el problema que pretendía resolver.
¿Y qué tiene que ver esto con Costa Rica?
Todo. Antes de que se aprobara la Ley contra la Usura en 2020, Costa Rica era el único país de América Latina sin tope a las tasas de interés. Los entes financieros cobraban el 60%, el 80%, el 100% anual en tarjetas de crédito, créditos de electrodomésticos, casas de empeño, financieras, etc. Presentaban ese modelo como eficiencia de mercado y libertad financiera. Lo que en realidad estaban haciendo es exactamente lo que Stiglitz y Weiss describieron cuarenta años antes: atraer a los segmentos más desesperados, cobrarles tasas impagables, y cuando el incumplimiento llegaba —como siempre llega— trasladar el costo al sistema judicial del Estado, que hoy dedica el 63% de sus recursos a procesar cobros judiciales. Las utilidades fueron privadas. El costo lo pagamos todos.
El resultado de ese modelo sin límites fueron 856.000 familias costarricenses en cobro judicial. No como consecuencia de la regulación de tasas. Como consecuencia exactamente de ausencia de regulación.
Cuando se aprobó el tope, la mora en tarjetas de crédito bajó. Las tasas promedio cayeron 10 puntos porcentuales en los primeros tres años, según el estudio de la Universidad Nacional. El mercado no se deprimió: el crédito real creció. Esos datos los tiene el Banco Central. No son opinión. Son evidencia.
Lo que parece olvidarse hoy
Hoy hay voces en el sector financiero y en algunos entes reguladores que proponen eliminar o debilitar ese tope. El argumento es el mismo de siempre: que la regulación excluye a los pobres del crédito formal y los empuja al gota a gota. Ese argumento suena razonable. Pero contradice tanto la evidencia empírica como la teoría económica más consolidada del siglo XX.
El gota a gota no nació con el tope a las tasas. Existía antes. Existe porque hay personas que el propio sistema financiero excluyó al prestarles irresponsablemente hasta quebrarlas, mancharles el historial, y expulsarlas del sistema formal. El tope no creó ese problema. Es precisamente el instrumento que hoy permite al Estado perseguir y encarcelar a los operadores del gota a gota. Sin ese límite legal, no hay delito. Y sin delito, no hay cárcel posible.
Los países más desarrollados del mundo —Japón, Francia, Alemania, España, Canadá— tienen topes a las tasas de interés. No por ideología. Porque aprendieron, a un costo muy alto, que dejar el mercado de crédito sin regulación produce exactamente lo que Stiglitz y Weiss predijeron: selección adversa, riesgo moral, burbujas de crédito, quiebras, y pérdidas que terminan siendo pagadas por la sociedad entera mientras las ganancias ya estaban en otros bolsillos.
Costa Rica aprendió esa lección en los años ochenta con la quiebra de decenas de financieras. La aprendió de nuevo con 856.000 cobros judiciales antes de 2020. El problema es que hay quienes parecen empeñados en que la aprendamos una vez más.
Un Premio Nobel de Economía no es garantía suficiente de que la lección sea escuchada. Pero al menos debería ser suficiente para que no se la ignore.
– Economista
Cambio Político Opinión y análisis


