África, la residencia de la muerte

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Guadi Calvo

El terrorismo fundamentalista musulmán ha cumplido más de un cuarto de siglo de una activa presencia en el mundo, afectando con ataques esporádicos intereses occidentales, entre los que podríamos destacar en primer lugar, por implicancia histórica, el ataque a las torres de Nueva York. Desde entonces lo han hecho y a veces repetido en prácticamente todas las ciudades importantes de Europa. Londres, Madrid, Barcelona, París, Niza, Bruselas, Berlín y Moscú, junto a algunas más, aunque por la cantidad de muertos y su alineamiento político, no deberíamos olvidar los de Bombay en 2008, donde fueron 200 los muertos.

Pero quienes han sufrido a escala industrial y de manera constante los ataques de los fundamentalistas musulmanes han sido la propia comunidad musulmana a lo largo de todo el mundo islámico, donde los ataques terroristas y el de los ejércitos occidentales que llegan a liberarlos de tal azote han sido y siguen siéndolos incontables, desde Pakistán a Filipinas y desde Afganistán a Nigeria, y en medio, sin temor a exagerar, en cada uno de los países que unen esos puntos separados por miles de kilómetros. Los que han generado millones de muertos y muchos más millones todavía de desplazados, que se vieron arrancados de sus lugares, para ponerlos a peregrinar por un mundo que decididamente ha declarado no tener más lugar para ellos que los fondos de los mares, las arenas de los desiertos o los indignos campamentos donde son condenados a hacinarse por décadas a la espera de que algo les suceda más que el olvido.

Damasco, Kabul, Bagdad, Daca, Teherán, Saná, Islamabad, Marawi, Adén, Bali, Peshawar, solo por contar un puñado de las ciudades donde cientos de miles de musulmanes han muerto a manos de algunos pocos cientos de musulmanes, aunque nada dice que esa lista se haya agotado y mucho menos que no se vuelva a producir de manera exacta esta misma noche.

Pero, como siempre, como un perverso designio de la historia, lo peor se ha reservado para África, donde, como nunca, la presencia de khatibas vinculadas al fundamentalismo islámico, que recorren su geografía desde hace más de 35 años, hoy se expande más incontenible que nunca.
En sus tórridos desiertos, en sus áridas hamadas, en lo más umbrío de sus bosques o en lo profundo de sus abigarradas ciudades, los hijos de la yihad se expanden, incontenibles, a pesar de las numerosas misiones militares, tanto norteamericanas, francesas, alemanas y de otros países, dentro de programas de Naciones Unidas. Llegan para liberarlos una vez más mientras operan como fuerzas de ocupación donde no falta el saqueo de sus recursos naturales, las muertes colaterales y la violación masiva de mujeres.

Esa expansión incontenible y sospechosamente tolerada por Occidente ha dejado cerca de noventa mil muertos, solo en estos últimos cuatro años (2021-2025), mientras que todos los indicadores señalan que esa tendencia sigue en alza. Lo que se comprueba solo comparando las cifras de muertos de 2021, que fueron cerca de 13 mil, con las del año pasado, en que han sido casi 24 mil.

La mayoría de estas muertes se produjeron en Somalia, Nigeria, Burkina Faso, Mali y Níger, aunque el fundamentalismo islámico tiene también una fuerte presencia en otros diez países del continente, lo que permite que prácticamente se pueda cruzar el continente desde el Atlántico al Índico, atravesando distintos territorios en guerra con organizaciones ligadas al Daesh o al-Qaeda, cuando no, zonas donde se enciman ambas milicias.

Fue a partir de 2011 que esa presencia se potenció a partir de que muchas bandas criminales comunes y cárteles de la droga y el contrabando, en el marco de la Primavera Árabe que estalló “espontáneamente” en Túnez, Libia y Egipto, comenzaron a ser cooptadas por agentes enviados desde países del Golfo Pérsico que se sumaron a los esfuerzos de centenares de imanes, formados en Arabia Saudita, que años antes había comenzado a llegar a África, para ocupar las mezquitas y madrassas, financiadas por los mismos sauditas, para expandir su versión del islam, el wahabismo, junto a la yihad armada, aplicando, de alguna manera, el mismo modelo que tanto éxito les había dado en Pakistán y Afganistán diez años antes. A esto además se agregaron veteranos africanos que retornaban a sus países principalmente marroquíes, argelinos y egipcios después de su yihad en la guerra antisoviética de Afganistán.

La región del continente más afectada el año pasado ha sido la del Sahel, principalmente Burkina Faso, Mali y Níger, con cerca de 10 mil muertos, producto de los avances de la franquicia de al-Qaeda, Grupo de Apoyo al Islām y los musulmanes (GAIM) en alianza con los separatistas tuaregs del Frente de Liberación de Azawad (FLA) y del Estado Islámico para la Gran Sabana (EIGS); esto ha producido desde 2022 hasta la fecha unas cincuenta mil bajas.

Aunque las cifras dadas las características geográficas y la extensión del área en que se libra la guerra entre terroristas y los ejércitos regulares de Burkina Faso, Mali y Níger, que conformaron la Alianza de Estados del Sahel (AES), todo el norte y este de Burkina Faso, norte y centro de Mali y toda la región nororiental de Níger, la cifra real todavía puede ser mayor.

Estos grupos han incrementado su poder de fuego y capacidad de movimientos, que han logrado cercar por semanas la ciudad de Bamako, capital de Mali, con más de cuatro millones de habitantes, consiguiendo impedir el acceso de suministros y combustible. Además de atacar la principal base de las Fuerzas Armadas de Mali (FAMa), a pocos kilómetros de la capital, donde en abril pasado los muyahidines en una operación con múltiples objetivos asesinaron al ministro de Defensa, el general Sadio Camara. Mientras al mes siguiente milicianos del EIGS, que opera en las fronteras comunes de estas tres naciones, concentran sus ataques contra las poblaciones civiles. Atacó el aeropuerto y algunos objetivos en el interior de Niamey, la capital nigerina, a 1400 kilómetros al este de Bamako, lo que muestra la capacidad operativa de estas organizaciones.

Más allá del Sahel

El Sahel no es la única región del continente que está siendo víctima de la insurgencia fundamentalista; como ya lo dijimos, podemos cruzar África de oeste a este y desde las mismas costas del Golfo de Guinea, donde desde hace algunos años han comenzado a operar grupos pertenecientes al GAIM, que se han filtrado desde Burkina Faso a Togo y Benín. Mientras en Nigeria opera desde el 2009 el emblemático Boko Haram, que desde entonces ha provocado infinidad de ataques con cerca de sesenta mil muertos y tres millones de desplazados, sus divisiones internas provocaron que surgieran otras dos organizaciones en 2026: el Estado Islámico en África Occidental (ISWAP), que opera en la cuenca del lago Chad y controla zonas rurales del noreste. Y la Vanguardia para la Protección de los Musulmanes en África Negra (Ansaru), que sigue ligada a al-Qaeda. Además del Lakurawa, fundado el año pasado por milicianos llegados desde el Sahel, opera en las fronteras con Mali y Níger, concentrándose por ahora en el manejo de las redes de contrabando en el estado de Sokoto.

La cuenca del lago Chad, que desde hace años se ha convertido en un frente de guerra, también allí, en este último año, se experimentó un incremento de un sesenta por ciento en el número de muertes vinculado al accionar terrorista, elevando la cifra de 4153 a 6643. Esto se produce a partir del mayor esfuerzo realizado por las fuerzas armadas nigerianas y otros ejércitos de la región para enfrentar la expansión terrorista. En esta región es el ISWA, la facción más activa, la que en él provocó 3520 muertes. Lo que representa un 140 por ciento respecto a 2024.

Aunque las riberas del lago Chad ocupan áreas de Camerún, Chad y Níger, la concentración de los combates se ubica en los tres estados nororientales de Nigeria (Borno, Yobe y Adamawa). Boko Haram en estos últimos meses ha retornado con sus operaciones al norte de Camerún, donde había sido contenido hace varios años, y también sigue siendo muy activo en el suroeste de Chad y el sureste de Níger, donde, más allá de librar combates con los ejércitos regulares, también continúa la guerra con el ISWA, en batallas muchas veces más activas que contra las fuerzas estatales.

La presencia del terrorismo en el norte de Mozambique ya lleva cerca de diez años y, desde entonces, el Ansar-al-Sunna (ASWJ) o Seguidores de la Tradición, llamados localmente como al-Shabaab por el grupo somalí desde 2017, sus acciones se han intensificado en la provincia del Cabo del Norte, donde la energética francesa Total tiene fuertes inversiones. En su primera etapa llegaron a provocar más de dos mil muertes. En 2021, con la llegada de las fuerzas de la Comunidad de Desarrollo de África Meridional (SADC), consiguió aplacar su actividad, bajando en 2024 el número de muertos a 337. Aunque el ASWJ persiste desde que las SADC se retiraron en julio de 2024, lo que produjo un incremento en 2025 que llegó a las 539 muertes, lo que obligó a muchas comunidades rurales a desplazarse a áreas más seguras durante el último año, que se suman al medio millón que ya desde 2017 lo habían abandonado todo por el terror infundido por los muyahidines del ASWJ.

De todos los grupos fundamentalistas del continente, quizás el más emblemático y activo desde 2011, cuando fueron expulsados de Mogadiscio, es al-Shabbab, la khatiba con mayores recursos financieros del continente, protagonista de infinidad de ataques en el interior de la capital somalí y otras ciudades del centro y sur del país. Mientras ha atacado también a Nairobi y otros blancos en territorio keniata. Con un promedio aproximado de 750 muertes al año desde 2023, al-Shabbab convierte a Somalia en el segundo frente más letal de África, después del Sahel. Este grupo potencialmente representa una amenaza para la seguridad regional debido a sus esquemas de ingresos ilícitos, cada vez más numerosos, unos 200 millones de dólares al año, su posible presencia en cercanías al acceso al mar Rojo, su vinculación a la piratería que se da frente a las extensas costas del país (golfo de Adén y el Índico Occidental), que se reactivó en 2023. Un grave problema que se suma a la ya grave situación de navegación comercial, por los ataques de los hutíes de Yemen en el mar Rojo, lo que causa pérdidas económicas de miles de millones de dólares.

Mientras en el norte del país una pequeña brigada del Daesh, en las montañas de al-Miskaad y en la costa montañosa de Qandala. Lucha desde hace algunos años por hacer pie, lo que trata de impedir con ayuda de Turquía, el gobierno somalí y también las pequeñas fuerzas armadas de Puntlandia, la región autónoma que busca junto a Somalilandia el reconocimiento como nación independiente.

Este rápido trazado del mapa del terrorismo wahabita en el continente africano no estaría completo si no se menciona esa actividad en el Magreb, el único frente en que se constata que estas organizaciones han perdido presencia, luego de haber tenido picos de casi cuatro mil muertos en 2016 a solo una treintena en 2025. En el sur de Libia, siguen activas células de al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y del Daesh, que se han vinculado a bandas de contrabandistas y traficantes de personas. Aunque también se ha detectado presencia de núcleos terroristas en Argelia, prácticamente sin actividad, y más que nada vinculados a la crítica a la situación que se da en Mali, a la espera de una oportunidad para expandirse una vez más.

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