Luis Paulino Vargas Solís

Pero incluso así, hoy el ritmo de crecimiento de la economía china está a la mitad de lo que era usual hace 20 o 25 años. Y aunque eso es el doble del crecimiento que la economía estadounidense registra, para los chinos podrían no ser satisfactorio puesto que sigue existiendo una brecha enorme entre el “producto interno bruto por habitante” de China y el de Estados Unidos.
Pero también es cierto que hoy China es factor de estabilidad para la economía mundial, tanto como los Estados Unidos de Trump son factor de inestabilidad.
Es China la que se esfuerza por mantener en pie la arquitectura de las relaciones económicas internacionales construida con base en las reglas promovidas por Estados Unidos. Paradójicamente son los Estados Unidos quienes subvierten esas reglas y desestabilizan ese orden internacional.
Creo que esa diferencia quedó claramente reflejada en las actitudes y los discursos de los presidentes Trump y Xi Jinping durante la reciente cumbre en China.
Xi se muestra frío, pragmático y calculador. Transmite la imagen de un líder que trabaja con luz larga, que ve adelante y ve lejos. Establece claramente una línea roja respecto de Taiwán, pero, de ahí en más, busca evitar el conflicto con Estados Unidos. Me parece que su aspiración es la de un orden internacional estable y previsible, en el que la competencia económica pueda discurrir sin mayores sobresaltos.
Muy diferente es el caso de Trump y de su corte de aristócratas representantes de las grandes corporaciones estadounidenses: su luz es corta porque su interés está centrado en la ganancia rápida. Pero, además, la personalidad de Trump se sitúa en las antípodas de lo que uno observa en Xi Jinping. Es voluble, cambiante, manipulable, visceral, irritable.
En ambos países hay problemas de elevada deuda pública, pero de una forma distinta: la de China es deuda interna; la de Estados Unidos en gran parte está afuera, sobre todo en Japón, China y Alemania.
En contra de China juega el proceso de concentración de poder que ha puesto en marcha Xi. Aunque, bien pensado, no otra cosa intenta Trump en Estados Unidos, lo que agudiza la polarización y agrava la disfuncionalidad del sistema político estadounidense.
A favor de China juega que esta sí está invirtiendo fuerte en lo que es más importante –la investigación de punta en ciencia básica y nuevas tecnologías– justo cuando el gobierno de Trump decidió desinvertir en esas áreas prioritarias.
A largo plazo esto último podría jugar decisivamente a favor de China.
Pero sí algo ha quedado clarísimo es que China ha sabido desarmar todas las bravuconadas de Trump y le ha puesto un contundente “estate quieto”. El Trump que, estridente y matón, amenazaba a China con aranceles del 120% o 130%, no es el Trump, manso y modosito, que visitó a Xi Jinping en estos días.
Es innegable que hoy el mundo gravita alrededor de dos grandes soles: China y Estados Unidos. Y como bien lo expresó el presidente chino: más les conviene entenderse conversando.
El gobierno de Chaves jamás comprendió lo que eso significa. Si por la víspera se saca el día, tampoco el de Fernández lo entenderá.
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