Una nueva interpretación de la realidad internacional: una aproximación para Costa Rica

Andrés Zamora Gutiérrez y Mauricio Ramírez Núñez

“Es momento de ver el mundo a través de un panorama geopolítico y menos ideológico”, resume el filósofo ruso Alexander Dugin. El nuevo mundo, en términos globalistas, responde a la perpetuación de dos acciones políticas: una consolidada en la política económica neoliberal, con tendencias agresivas hacia el libre mercado y la explotación de recursos naturales y humanos; la otra funciona como pantomima democrática, tomada de la noción propuesta por la izquierda en defensa de la ideología de género. Sin embargo, las leyes universales entendidas bajo una perspectiva espiritual indican que todo tiene su contrario, por lo que la política del siglo XXI y el sistema internacional no son excepciones a la regla.

El multipolarismo civilizatorio es la alternativa al globalismo hegemónico encabezado por occidente. Dugin hace referencia a distintas zonas del mundo como la islámica, euroasiática, africana y latinoamericana. Cada una se rige bajo el principio soberano de decidir su propio destino, sin la intervención de la policía global o los métodos de ingeniería social basados en la sociedad de masas postmodernista, donde “todo está permitido” (en referencia a la frase de Iván Karamazov del libro de Dostoievski) mientras el mercado global, disfrazado de opinión pública, así lo apruebe. En términos concretos, esta visión de mundo se ha vuelto disruptiva por el hecho de rescatar la identidad tradicional de las culturas civilizatorias, pero que requiere una postura política pragmática donde prevalezca el beneficio mutuo, reconociendo así que el mercado global es una necesidad imperiosa que debe interconectar el mundo, al mismo tiempo que anula todo dogmatismo que se quiera imponer como modelo cultural universal.

Es posible que lo anterior sea interpretado como una paradoja, de ahí la necesidad de instar al lector o a la lectora para hacer un análisis más profundo, si bien es cierto, la humanidad ha sufrido consecuencias nefastas por el auge de los totalitarismos y dictaduras socialistas/comunistas o fascistas; ¿no destruye también a la sociedad y el ambiente las terribles desigualdades socioeconómicas, la evasión fiscal, la corrupción, la explotación de recursos y el elitismo de las grandes empresas manifestados en los gobiernos globalistas/democráticos y mal llamados “abiertos”? ¿por qué no podemos ver esto como lo que es: el nuevo totalitarismo del siglo XXI?

La (post)modernidad líquida de Zygmunt Bauman permite evidenciar otra posible paradoja globalista: seres humanos dominados por imágenes efímeras dentro de una cueva platónica (que es su propia identidad), las cuales relativizan a la conciencia crítica, fomentando así individuos sensibles que se auto-explotan desde lo laboral y lo corporal como forma de realización existencial. Como el espíritu civilizatorio se debilita al punto de no existir, los globalistas transforman al ciudadano en una herramienta que, junto con el territorio, como organismo vivo, es ilimitado para la explotación de sus intereses geopolíticos.

Eso es parte del gran daño que esa forma de organizar la vida en general ha ocasionado a la humanidad, por ello es que nos encontramos hoy frente al espejo como seres vacíos, queriendo todos encajar en un modelo de sociedad o cultura que nada tiene que ver con nuestras raíces y ser auténtico, tanto el liberalismo como el comunismo y el fascismo dejaron detalles muy importantes sobre el ser humano de lado, empezando por la espiritualidad y su negación absoluta apegándose a un materialismo extremo y poco saludable, algo reflejado día a día en nuestro modo de vivir, consumir y relacionarnos con los demás y el ambiente.

Por ello, la derecha económica y la izquierda ideológica en la dinámica del neoliberalismo globalista y unipolar han pasado a ser una sola cosa, un único fenómeno ideológico contemporáneo totalizante que no deja nada por fuera. De esta manera, las discusiones políticas basadas en aquellos viejos esquemas de Guerra Fría entre izquierda o derecha, comunismo o liberalismo, son cada vez más estériles en nuestros días y solo sirven para dividirnos. En el mundo de hoy, las disputas entre los EEUU, China o Rusia no son de ninguna manera por temas ideológicos como los medios internacionales o incluso muchos políticos quieren hacerlo ver, en realidad son por temas cien por ciento geopolíticos; mercados, recursos naturales escasos para una economía de crecimiento infinito, en la que todos sin importar su ideología juegan, mano de obra y condiciones favorables de inversión.

No podemos caer en la trampa de seguir debatiendo por temas ideológicos que nos impiden pensar estratégicamente en los problemas reales y en la geopolítica, de la cual depende no solo la paz mundial, sino también la construcción de modos de convivencia muchos más cercanos a principios elevados de humanismo, ecología y espiritualidad. El verdadero respeto a la diversidad no es de ninguna manera censurar a alguien por ser de izquierda o derecha, no es imponer una agenda de minorías sobre mayorías o viceversa, es respetar la cultura, tradiciones, creencias y formas de ser ahí de cada pueblo.

Para el mundo de hoy y la realidad de países como Costa Rica, ubicados en Centroamérica, a la par de un canal tan importante para el comercio mundial que conecta con los dos océanos, lo estratégico para construir desarrollo debe ser colaborar tanto el sector público como el privado para crear un buen clima para el mundo de los negocios, pero negocios que cumplan con sus obligaciones fiscales, ambientales y sociales, en claro beneficio país para todos, incluidos empresarios.

Eso implica necesariamente hacer cambios estratégicos pero sobre todo, una transformación radical en la forma de comprender la realidad, por encima de los viejos prejuicios ideológicos. Don José Figueres Ferrer, revolucionario y fundador de la Segunda República en Costa Rica, decía: “producir como capitalistas, para distribuir como socialistas”. Esto sigue siendo muy vigente hoy día cuando las luchas contra la desigualdad, la pobreza y los derechos de las clases menos privilegiadas vienen siendo socavadas o suplantadas por luchas no menos importantes, como, las de género, aborto, eutanasia y matrimonio igualitario.

La escala de prioridades ha variado sustancialmente porque algunas luchas de estas no ocasionan ningún “daño” al mercado, en el sentido de otorgar más derechos a las personas trabajadoras, cobrar más impuestos al gran capital y demás. Al contrario, el otorgar y reconocer ciertos derechos abre nuevos mercados, crean nuevas oportunidades de producción, laborales y expansión comercial, ellas son las que tienen ahora acaparado el espacio de la izquierda ideológica, que combina bien con el neoliberalismo económico y político del “laissez faire, laissez passer” y el individualismo extremo que predica dicha doctrina.

En la política no existe una fórmula mágica capaz de resolver todos los problemas que acontecen, aunque sí es importante argumentar que un modelo donde persista la lógica del buen vivir, el espíritu colectivo manifestará un amor por el prójimo sin necesidad de imponerlo mediante la ideología; a su vez, los líderes o lideresas responderán a los intereses del pueblo con una estrategia geopolítica capaz de asegurar la supervivencia, recompensando de acuerdo a lo que cada miembro de la sociedad aporte.

Frente a esto, ¿qué ruta podemos tomar?, las posturas extremas de privatización o reducción del aparato del estado no son bien recibidas, en la misma medida que las ideas de estatismo e intervención del mercado son rechazadas por las mayorías. Aquí es donde el ejemplo de Asia es importante de estudiar con detalle, la forma en que lo público y lo privado trabajan para armonizar opuestos y crear oportunidades de mejor calidad de vida para todas las personas, buscando el respeto al ambiente. Casos como los de Singapur, China, Indonesia y la misma Rusia, han mostrado un equilibrio entre Estado y mercado muy pragmática y funcional para un mundo en transición muy poco ideológico y muy geopolítico.

Lastimosamente, ningún partido político costarricense está mirando en esa dirección, no así algunos políticos con liderazgo y visión de largo plazo, en buenahora. Levantar la mirada y elevar el discurso, así como el debate, implica un nuevo estado de conciencia, para eso, pequeñas reflexiones como estas se tornan muy necesarias para profundizar en el pensamiento, la realidad y las visiones disruptivas. El precio a pagar por las malas gestiones económicas, políticas y sociales es la asfixia del poder estatal, dominado por el gran Leviatán globalista.

Costa Rica, como ya bien se mencionó anteriormente, es un bastión geopolítico a nivel centroamericano. Sobre todo, es importante recordar el legado histórico de los años 40 del siglo pasado, una idiosincrasia costarricense centrada en la solidaridad, impulsada por una cultura trabajadora y humilde. Que en lo político se practicó una filosofía basada en la democracia social, donde el buen vivir fue la máxima que constituyó la Segunda República como valor agregado. Este hito histórico ha sido olvidado en esencia por nuestros contemporáneos, siendo el mayor desafío que impide al país girar el pivote hacia el nuevo mundo multipolar civilizatorio, desaprovechando así la capacidad para ser el ejemplo a seguir en el ámbito centroamericano.

América Latina atraviesa una serie de crisis que han sido agravadas por el fenómeno de la pandemia: los cimientos sociales se desmoronan, la violencia se recrudece y la acción política es cada vez más dictatorial. Occidente y los países globalistas no ignoran hechos recientes como los de El Salvador y Colombia, distintos en coyuntura y realidad histórica, pero al final herramientas que disponen de recursos estratégicos que no se pueden perder.

Ahí entra el discurso ideológico paradójico: en el primer caso, el acto constitucional de carácter disruptivo tildado de autoritarismo, mientras que el segundo, focalizado en una retórica pasiva en favor de los Derechos Humanos pero que ignora una historia llena de conflictos militares y discriminación social. En ambos casos la geopolítica es implícita: China fue el ejemplo claro de inteligencia estratégica declarando que los asuntos políticos en El Salvador serán resueltos de manera sabia mediante el destino que elijan, no el dictaminado por terceros países u organismos globalistas favorecidos por occidente.

Profesores de Relaciones Internacionales


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Un comentario

  1. Vladimir Klotchkov

    Gracias y felicitaciones.

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