Por qué y dónde giró a la derecha la clase obrera norteamericana

Bitácora

Por Harold Meyerson (*)

A un ritmo que sólo puede describirse como glacial, el Partido Demócrata parece haberse dado cuenta por fin de que el descenso de la afiliación sindical le ha costado la lealtad de gran parte de la clase trabajadora del país (la clase trabajadora blanca, en particular) y, con ella, un buen número de elecciones.

Dado que los votantes sindicados votan invariablemente más a los demócratas que sus homólogos no sindicados, esto debería haber quedado claro hace muchas décadas (expuse este argumento en un artículo de portada que escribí para el semanario The Nation hace 38 años). Al ignorar todos los indicios, los demócratas no consiguieron modificar la legislación laboral para reforzar el derecho de los trabajadores a sindicarse en cada una de las ocasiones desde la década de 1970 en que han controlado la Casa Blanca, la Cámara de Representantes y una supermayoría a prueba de filibusterismo en el Senado (es decir, en 1979, 1994 y 2009).

La pérdida de estados demócratas como Pensilvania, Michigan y Wisconsin a manos de Donald Trump en 2016, más la actual erosión del apoyo de la clase trabajadora a Joe Biden, tal como aparece en todas las encuestas, ha hecho sonar al menos un timbre de alarma nocturna para los demócratas y la gente que les quiere o simplemente les soporta. Hasta aquellos críticos que culpan a los demócratas de enajenarse a gran parte de la clase trabajadora norteamericana por su adopción de lo que denominan políticas sociales radicales (como John Judis y Ruy Teixeira en su nuevo libro Where Have All the Democrats Gone?) culpan también en gran parte, quizás en su mayor parte, a las políticas económicas antiobreras y favorables a Wall Street (libre comercio y antikeynesianismo en particular) de las administraciones Carter, Clinton y Obama.

Una visión más detallada del abandono de la clase trabajadora estadounidense por parte de los demócratas anteriores a Biden se presenta en un libro menos pregonado publicado también el año pasado: Rust Belt Union Blues, de la socióloga y analista política de Harvard Theda Skocpol y Lainey Newman, cuya tesis de licenciatura ha supervisado Skocpol. Newman, natural de Pittsburgh y confinada en casa durante la pandemia de COVID, inició un estudio etnográfico del oeste de Pensilvania, analizando el declive durante décadas de las cifras y el poder de United Steelworkers of America (USW) y el correspondiente alejamiento de sus miembros y antiguos miembros respecto al Partido Demócrata. Juntos, ambos autores han convertido la investigación de Newman en un libro que ilumina el declive de un mundo económico, social y político que antaño reforzaba las perspectivas progresistas y demócratas.

Las cifras, primero: en 1960, los veinte condados que componen el oeste de Pensilvania albergaban 143 secciones locales del USW. Medio siglo más tarde, el número de secciones locales se había reducido a 16. Nueve de esos condados habían votado al USW. Nueve de esos condados votaron por John F. Kennedy frente a Richard Nixon en 1960; en 2020, sólo dos de esos condados -Allegheny y Erie, que acogen las dos únicas grandes ciudades (Pittsburgh, en Allegheny) de los veinte, y los dos únicos con economías diversificadas- votaron por Biden frente a Donald Trump.

El centro y el oeste de Pensilvania son terrenos de colinas y hondonadas, y muchas de esas hondonadas del lado oeste del estado tuvieron en su día acerías, centro de una gran cantidad de ciudades ahora en gran parte envejecidas y abandonadas: Johnstown, McKeesport, Aliquippa y varias docenas más. Esas 143 secciones locales eran centro neurálgico de esas ciudades, junto con una multitud de entidades de carácter étnico que reflejaban la ascendencia de los trabajadores del acero (The Deer Hunter [El cazador], la película de Michael Cimino de 1978, ganadora del Oscar a la mejor película de ese año, ofrece un retrato impresionista de una de esas comunidades, igual que la ganadora del Oscar a la mejor película de 1941, How Green Was My Valley [Qué verde era mi valle], de John Ford, presenta un retrato similar de una comunidad minera galesa que se desintegra bajo la presión del primer capitalismo global).

En esas hondonadas y en esos pueblos, la afiliación sindical y la camaradería estaban en el centro de la vida de la comunidad y de la de cada uno de los trabajadores de la siderurgia. La demostración definitiva de esa centralidad y camaradería se produjo durante la gran huelga siderúrgica de 1959, en la que 500.000 afiliados del USW, al menos la mitad de ellos en Pensilvania Occidental, permanecieron en huelga durante 116 días sin que ni un solo afiliado se moviera de los piquetes (esa huelga está maravillosamente documentada en otro libro insuficientemente publicitado, Striking Steel, de Jack Metzgar). En todas esas pequeñas ciudades siderúrgicas, las iglesias y otras organizaciones cívicas ayudaron a los trabajadores a sobrellevar esas durísimas 16 semanas y media sin cobrar, mientras los afiliados que tenían lo suficiente para salir adelante, a veces lo justo, ayudaban a los compañeros, y a sus familias, que no lo tenían.

Esos sindicatos locales disponían de sus propios clubes de caza, bolos y béisbol; sus boletines informaban sobre las nuevas normativas estatales en materia de caza; en sus salones sindicales se celebraban a menudo bodas y otras fiestas (las entrevistas e investigaciones de Newman en los archivos de los sindicatos locales darían pie a más películas posibles sobre el mundo de las ciudades siderúrgicas anteriores y posteriores a El cazador).

Este mundo de la siderurgia centrado en el sindicato configuró la política de un par de generaciones de votantes no metropolitanos de Pensilvania. Ellos y sus compañeros vieron y, en la mayoría de los casos, se impregnaron de la postura del sindicato en cuestiones económicas y preocupaciones políticas más generales. Esos puntos de vista se repetían a veces desde los púlpitos de la iglesia católica local, eran el lenguaje común de los barrios obreros en una época en la que la mayoría de esas ciudades estaban formadas principalmente por barrios obreros.

Las fundiciones y los sindicatos locales hace tiempo que desaparecieron de esas ciudades siderúrgicas; esos barrios son más pequeños, más viejos y carecen también de la mayoría de las organizaciones comunitarias, con la crucial excepción de los clubes de tiro (la mayoría de los cuales tienen que afiliarse a la NRA para poder optar a prestaciones para el consumidor y de otro tipo). El discurso en torno a los trabajadores y ex trabajadores del acero que aún viven en el oeste de Pensilvania proviene hoy de medios de comunicación de derechas que no son locales (tanto de masas como sociales) y de esos clubes de armas. Ser demócrata en las pocas acerías que quedan hoy en día supone ser la excepción. En diversas ocasiones, Newman pasó días documentando las pegatinas de los parachoques en los aparcamientos de los empleados de tres acerías sindicadas del suroeste de Pensilvania. El 34% de las pegatinas era de clubes de armas, el 27% del Partido Republicano y sus candidatos, el 13% de clubes de moteros, el 12% del sindicato y un escaso 1% del Partido Demócrata y sus candidatos.

El cambio de orientación política le sigue a ese cambio en el entorno socioeconómico y, lo que es más importante, en la política de los compañeros. En uno de los primeros reportajes que escribí sobre sindicatos, en el que informaba sobre cómo quedó reflejado el apoyo de la AFL-CIO a Walter Mondale antes de las primarias presidenciales de 1984 en las primarias demócratas de varios estados, me centré en parte en New Hampshire, donde Mondale no sólo perdió frente a Gary Hart, sino que, según las encuestas a pie de urna, perdió por un estrecho margen entre los votantes sindicados del estado. En la mayor parte del estado, la campaña de los sindicatos a favor de Mondale había consistido en una llamada telefónica automática del presidente de la AFL-CIO, Lane Kirkland, a los miembros de los sindicatos. Prácticamente ninguno de ellos tenía ni idea de quién era Lane Kirkland. Sin embargo, el resultado fue diferente en Berlín, una ciudad papelera más aislada del extremo norte del estado. Allí, los delegados sindicales de las fábricas de papel habían hablado en repetidas ocasiones cara a cara con sus compañeros, y en Berlín -una ciudad papelera con una cultura tan distinta como la de las ciudades siderúrgicas de Pensilvania- lo que decían y pensaban los compañeros del sindicato importaba. Berlín se decantó decididamente por Mondale.

Hoy en día, son escasas las ciudades con sindicatos de rabajadores. Lo más parecido es probablemente Las Vegas, en donde el sindicato de hostelería, con más de 50.000 afiliados, es presencia omnipresente en una ciudad dominada por la industria hotelera y de casinos. Al igual que los Steelworkers de antaño, el sindicato de hostelería (Culinary Local 226) cumple con sus afiliados y crea un discurso de iguales que lo ha convertido en la fuerza política mayormente dominante para los demócratas de Nevada.

Mucho antes de que los demócratas adoptaran políticas sociales supuestamente «radicales», le habían dicho efectivamente a millones de norteamericanos de clase trabajadora que sus ocupaciones eran prescindibles y sus medios de vida una cuestión indiferente. Eso mismo habían creído siempre los republicanos, por supuesto, pero cuando tomó la forma de aquellas políticas comerciales y fiscales a las que los demócratas posteriores al New Deal se adhirieron, y de aquellas políticas industriales a las que se negaron a adherirse, se convirtió en un asunto de traición. Algunos demócratas de los centros industriales de la nación (David Bonior, Sherrod Brown) y de otros lugares (Bernie Sanders, Paul Wellstone) lo comprendieron y trataron de evitarlo, pero hasta Joe Biden no ha habido un presidente demócrata que haya repudiado esas políticas y tratado de revertirlas.

Sin embargo, en lo que toca a los trabajadores del acero de hoy y a los que trabajaron en las fábricas cerradas hace tiempo, a Biden le costará que cale su mensaje. Los mundos en los que habitan millones de estadounidenses de clase trabajadora no tienen muchos puntos de entrada para los mensajes del primer presidente en medio siglo que realmente está haciendo algo por mejorar su suerte.

(*) Harold Meyerson, veterano periodista de la revista The American Prospect, de la que fue director, ofició durante varios años de columnista del diario The Washington Post. Considerado por la revista The Atlantic Monthly como uno de los cincuenta comentaristas más influyentes de Norteamérica, Meyerson pertenece a los Democratic Socialists of America, de cuyo Comité Político Nacional fue vicepresidente.

Fuente: The American Prospect, 8 de enero de 2024

Traducción: Lucas Antón

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