Por qué los capitalistas políticos de Rusia optaron por la guerra

Entrevista a Volodymyr Ishchenko. Por qué los capitalistas políticos de Rusia optaron por la guerra, y cómo la guerra podría acabar con su poder

MałGorzata Kulbaczewska-Figat

Por qué los capitalistas políticos de Rusia optaron por la guerra, y cómo la guerra podría acabar con su poder

Los capitalistas políticos de Rusia lanzaron la guerra para sobrevivir como clase, seguir acumulando riqueza por medio de la explotación del Estado, dice Volodymyr Ishchenko, profesor investigador asociado en el Instituto de Estudios Europeos Orientales de la Freie Universität Berlin. Sin embargo, esta guerra, en función de lo que ocurra en el campo de batalla, también puede provocar la caída o una transformación radical de todo el orden postsoviético.

A finales de febrero afirmaste en un artículo que la invasión rusa de Ucrania podría desestabilizar el orden social de Rusia. ¿Qué piensas ahora, tras cinco meses de guerra?

Creo que vemos que Rusia, en efecto, puede experimentar cambios profundos mientras trata de ganar, o por lo menos poner fin a esta guerra mediante un acuerdo no humillante. Asimismo, nos percatamos de que el tipo de orden que existía en la Rusia postsoviética y las sociedades postsoviéticas, en general, simplemente es insostenible a largo plazo. Requiere cambios fundamentales; de lo contrario, puede que se desmorone.

La política postsoviética ha sido cínica, pragmática y no ideológica, sin movimientos masivos ni partidos movilizadores, con las relaciones patrono-cliente que dominan la elite. El mismo modelo se aplicó a las relaciones entre la elite y la sociedad. Los regímenes autoritarios se apoyaban en unas masas despolitizadas. Esto puede acabar a resultas de esta guerra.

Lo que viene ahora es muy diferente de lo que les ha servido de base de apoyo en los últimos años. En política, el régimen se vuelve más represivo contra ciertos grupos, pero al mismo tiempo trata de movilizar la implicación política activa de otros grupos en apoyo a la guerra y al gobierno. También están consolidando la elite política alrededor del Kremlin.

Hay asimismo una dimensión económica. En algún momento quedaría claro que la clase dominante rusa no puede apoyarse únicamente en medidas represivas y necesitaría empezar a comprar la lealtad de la ciudadanía común mediante alguna política redistributiva. Aumentan las voces que apoyan esto en círculos expertos rusos.

Aparte de esto, el régimen se tornaría más ideológico. El apoyo a la guerra en Rusia es actualmente más pasivo y apolítico que activo, ideológico y entusiasta. Esto significa que solo puede durar mientras la guerra no afecte a la vida cotidiana, mientras no haya demasiadas bajas y el impacto de las sanciones no se haya acumulado hasta el punto crítico en que la gente común lo note en su vida cotidiana. Pero entonces tendrían que explicar mucho mejor para qué habían emprendido esta guerra. Tendrían que explicar por qué han muerto tantos soldados rusos en esta guerra, por qué han matado a tanta gente ucraniana y por qué la población rusa en general está sufriendo a causa de las sanciones.

Sí, dicen en la ciudadanía rusa que Occidente trata de destruir el conjunto de Rusia. Los ataques indiscriminados a todo lo ruso y las discusiones sobre el desmantelamiento o el debilitamiento de Rusia nutren, por supuesto, la propaganda del Kremlin. No obstante, hasta ahora no ha permitido convertir un apoyo más bien pasivo a la invasión en una movilización masiva a favor de la guerra en Rusia. La mayoría de rusas y rusos no sienten realmente esa amenaza existencial que el Kremlin trata de infundirles. Esto requeriría una ideología más articulada y coherente que Putin en realidad no necesitaba hasta ahora.

Has dicho que la elite putiniana tendría que explicar de alguna manera a la sociedad qué está ocurriendo, que se verá forzada, tal vez, a introducir algún cambio desde arriba. ¿Qué pasa si este proceso de cambio se descontrola?

De momento, lo que dijo Putin sobre los objetivos de la guerra podría interpretarse de muchas maneras. Por ejemplo, ¿qué significa desnazificación? Puede significar prácticamente cualquier cosa, desde la destrucción total del Estado ucraniano hasta la eliminación de la identidad ucraniana. En efecto, algunas voces rusas apuntan a este extremo. Sin embargo, en función del resultado de la guerra, Putin podría presentar el logro de la desnazificacón en forma de cierta legislación en defensa de la lengua rusa en Ucrania, una interpretación que también se ha comentado en los medios. El abanico de posibilidades es muy amplio, pero a largo plazo requeriría que los dirigentes rusos fueran más concretos y no se limitaran a ofrecer unos significantes vacuos como desnazificación, sino dando alguna respuesta concreta a la pregunta de qué implica.

Esto tiene que ver con la crisis de la ideología postsoviética. Este es el motivo, por cierto, de que Rusia saque a relucir ahora tanto el simbolismo soviético: las banderas rojas, el restablecimiento de las estatuas descomunistizadas de Lenin en las ciudades capturadas. Treinta años después del colapso de la URSS siguen sin tener otros símbolos significativos y potentes, por mucho que estén muy lejos de las creencias de la elite rusa. Ni siquiera los necesitaban para la sociedad despolitizada y la política de patrocinio, pero ahora necesitan desarrollar nuevos símbolos y una ideología significativa.

Ahí es donde interviene la dialéctica. Puede que la camarilla dirigente rusa esté sembrando ahora las semillas de una oposición más consciente, masiva, arraigada en las clases subalternas y mucho más peligrosa que la que jamás ha conocido ningún país postsoviético, incluidas las revoluciones postsoviéticas o las movilizaciones de la oposición rusa inspirada por Navalny, que ha contado con un apoyo bastante exiguo.

Así, a corto plazo, las consecuencias de la guerra pueden redundar en contra de los intereses de algunos oligarcas rusos que pierden sus propiedades en Occidente. A medio plazo, la camarilla dirigente rusa consolida su poder y transforma el régimen político en una entidad más estable. A largo plazo crean las condiciones para su propia caída.

Dijiste que no esperabas la guerra, al igual que muchos otros observadores, incluida yo. ¿Podemos explicar ahora por qué la clase dominante rusa decidió iniciar esta guerra y qué esperaba conseguir, aparte de la consolidación de su poder en Rusia?

Para ser exactos, yo pensaba que la invasión a gran escala era improbable, pero preveía que el fracaso de la diplomacia coercitiva rusa podría dar pie a una escalada militar que primero se limitaría al Donbás y después a intentos más lentos, graduales, híbridos de desestabilizar, desmantelar y anexionar parte de Ucrania, de acuerdo con la llamada táctica del corte de rodajas del salchichón. También el gobierno ucraniano y, creo, la mayoría de sociólogos especializados en la región postsoviética preveían algo parecido.

Alrededor de un mes después del comienzo, la ofensiva se volvió lenta, gradual y circunscrita al Donbás, ya que el Kremlin no reunió las fuerzas para una operación eficaz a mayor escala contra Ucrania y no preparó a la sociedad rusa para una movilización masiva. Ahora sabemos que el factor determinante de la decisión de Putin de correr el riesgo de una invasión a gran escala fue la labor realmente deficiente de los servicios de inteligencia rusos, tanto en el análisis de la sociedad ucraniana como en el reclutamiento de traidores ucranianos que se suponía debían cambiar de bando el mismo día de la invasión y asegurar la ausencia de toda resistencia a las tropas limitadas de Rusia.

Deberíamos formular más preguntas sobre las apuestas analíticas y los propósitos de las personas de Occidente que manifestaron predicciones estrafalarias sobre la capacidad de Rusia de tomar Kyiv u ocupar la mayor parte de Ucrania en pocos días o semanas. En cualquier caso, la guerra en esta forma o en otra diferente redunda en interés de la clase dominante rusa. Hoy por hoy discrepo de quienes tratan de explicarla por alguna adscripción fanática de la camarilla dirigente rusa a una ideología imperialista. Esta clase de política ha sido hasta ahora extremadamente rara entre las clases dirigentes postsoviéticas.

Se trata de una guerra que sirve a los intereses colectivos racionales de la clase dominante rusa. Es para ella una lucha por la supervivencia. Tratan de presentar la guerra como una lucha por la supervivencia de Rusia, pero en el fondo lo que está en juego es la supervivencia de esta fracción muy concreta de la clase capitalista, los capitalistas políticos. Su principal ventaja política radica en las prestaciones selectivas, a menudo informales, del Estado (mucha gente lo llama corrupción), pero no, por ejemplo, una innovación tecnológica o una fuerza de trabajo muy barata.

Recuerda que la llamada anticorrupción ha sido una parte crucial, por no decir la más importante, de la agenda de las instituciones occidentales con respecto a los países postsoviéticos y del poder blando prooccidental en la región postsoviética, encarnado por sociedades civiles oenegeizadas. Mira los requisitos del estatuto de país candidato de Ucrania para entrar en la UE; prácticamente todos tienen que ver con la corrupción. Anticorrupción significa la eliminación de los capitalistas políticos como clase. Transparencia son las reglas que benefician al capital transnacional más fuerte por encima del capital nacional. No era posible incorporar a los capitalistas políticos postsoviéticos a la elite global sin domesticarlo, obligarle a aceptar las reglas del juego y su posición inferior, o simplemente privarle de su principal ventaja competitiva.

Además, había otra amenaza que asomaba en el horizonte: la crisis de los regímenes bonapartistas postsoviéticos. El poder autoritario personalista es fundamentalmente frágil. Cuando los líderes envejecen, surge el problema de la sucesión, para la cual no existen reglas claras de traspaso del poder, ninguna ideología articulada a la que deba adherirse el nuevo líder, ningún partido o movimiento ideológico en que hubiera podido socializarse el nuevo líder. El problema de la sucesión es en general el punto de vulnerabilidad. Los conflictos internos en el seno de la elite pueden escalar peligrosamente y son probables las revueltas desde abajo, como las que se produjeron hace poco en Bielorrusia y Kazajistán.

Ninguna de las revoluciones postsoviéticas, llamadas maidanes, supusieron una amenaza social popular para los capitalistas políticos postsoviéticos como clase social. Tan solo sustituyeron en el poder a unas facciones de la misma clase por otras, y con ello no hicieron sino intensificar la crisis de representación política. Al mismo tiempo, también debilitaron el Estado y volvieron a los capitalistas políticos postsoviéticos más vulnerables a las presiones del capital transnacional, tanto directa como indirectamente, a través de la sociedad civil oenegeizada prooccidental, como ocurrió en Ucrania tras la revolución euromaidan de 2014.

Con la guerra, los capitalistas políticos rusos tratan de suprimir algunas amenazas existenciales con ayuda de la fuerza militar y aprovechar la oportunidad para consolidar su poder en un régimen político más articulado ideológicamente y movilizacionista. Lo que está en juego ahora es la existencia de un centro soberano de acumulación de capital en el espacio postsoviético. La otra salida es la desintegración y la realineación de las elites postsoviéticas con los centros de poder de la UE, EE UU y China.

¿Qué podemos decir de la clase dominante ucraniana? ¿Quién compone esta clase? ¿Qué ha detrás del término oligarcas ucranianos y cuál es el interés de clase primordial de estas personas?

Los oligarcas ucranianos son el mismo tipo de capitalistas políticos que emergieron durante el colapso postsoviético. En los primeros años de la década de 1990, la elite soviética ucraniana (la llamada nomenklatura) estableció una alianza temporal con la intelectualidad nacionalista ucraniana para legitimar su reclamación de una parte del Estado soviético en proceso de desintegración. Esta alianza resultó ser frágil, ya que esta exigencia no iba a satisfacerse con el mero disfraz nacional simbólico del poder de las elites postsoviéticas.

Al mismo tiempo, los capitalistas políticos emergentes en la Ucrania independiente no lograron dotar al Estado ucraniano de un significado propio y de un proyecto de desarrollo nacional bajo su liderazgo político diferenciado de las ideologías dominantes en la sociedad civil nacionalista-neoliberal. En este sentido, Ucrania compartió la crisis de hegemonía postsoviética con otros fragmentos de la URSS.

La más reciente de ellas –la revolución euromaidan en 2014– sacó a la luz la existencia de dos facciones de la clase dominante ucraniana. Se formaron mucho antes, pero la euromaidan agudizó sus estrategias políticas.

Una de estas facciones adoptó una postura abiertamente confrontacionista frente a la amenaza del capital transnacional, agravada por el debilitamiento del Estado ucraniano y la mayor dependencia e influencia de las potencias occidentales. Trató de movilizar a la opinión pública contra las ONG financiadas por Occidente y su llamada agenda anticorrupción. La sociedad civil nacionalista atacó en general a esta parte de la oligarquía ucraniana tachándola de prorrusa, pese a que más bien propugnaba restablecer la soberanía de Ucrania en un intento de legitimar la defensa de sus respectivos intereses, buscando el equilibrio entre las clases dominantes occidentales y la rusa; esta fue la política exterior que solía seguir Ucrania la mayor parte del tiempo antes de la euromaidan.

Conviene señalar que para vergüenza de muchos analistas y periodistas occidentales que dieron por buena la calificación de prorrusos por parte de los nacionalistas y medios ucranianos, prácticamente ninguna figura importante de este bando aplaudió la invasión dura. No es extraño. La parte del león de sus activos se halla en Ucrania y en Occidente. Sus votantes se encuentran en Ucrania. Nunca han sido prorrusos, sino pro-sí-mismos y siempre han tratado de adquirir la representación de gran parte de la sociedad ucraniana. Estos ucranianos tenían muy buenas razones para mostrarse escépticos con respecto a las ideologías nacionalistas y neoliberales de la sociedad civil de clase media. Y, como es comprensible, ahora no están contentos viendo sus vidas y sus hogares destruidos por la invasión. Hay colaboracionistas, pero aparte de las poquísimas excepciones son figuras mas bien marginales.

El problema de esta facción de los capitalistas políticos estriba ahora en que no pueden basarse en la estrategia confrontacionista durante la guerra y están perdiendo sus posiciones políticas. Un gran segmento diferente de la clase dominante ucraniana adoptó una estrategia opuesta, acomodaticia, con respecto al capital transnacional. Han tratado de presentarse como figuras indispensables en la lucha contra Putin. Su juego era sencillo: convencer a Occidente de que si este permite la desestabilización, digamos, del gobierno anterior de Poroshenko, o si desestabiliza a Zelensky ahora, cualquiera que sea la acusación, esto implicaría la desestabilización del conjunto de Ucrania, lo que favorecería a Putin. Esto ha solido funcionar.

Al vender esto a la elite occidental, podían asegurarse como mínimo cierto margen para ellos en la agenda anticorrupción. Nadie recuerda siquiera los papeles de Pandora publicados apenas unos meses antes de la invasión, que identificaban las empresas de Zelensky en paraísos fiscales y sus turbios tratos con uno de los oligarcas ucranianos más notorios, Ihor Kolomoiskyi. Nadie criticó seriamente las tendencias autoritarias y represivas, con una base legal muy dudosa, que desarrolló el gobierno de Zelensky bastante antes de que comenzara la invasión.

Es probable que el capital transnacional sacará provecho de la reconstrucción de Ucrania, como ha ocurrido después de muchas guerras recientes. Esto se desprende con total claridad de los planes de los gobiernos ucraniano y occidentales para la reconstrucción de Ucrania, discutidos recientemente en Lugano. Al mismo tiempo, en el caso de que Zelensky conserve el altísimo grado de apoyo popular de que goza actualmente, él mismo y las facciones leales de la clase dominante ucraniana seguirán maniobrando y saboteando las exigencias anticorrupción y tratarán de retener los puestos de mando de lo que quede de la economía ucraniana.

A diferencia de Rusia, Ucrania ha cambiado de gobierno muchas veces. Ha habido una serie de revoluciones en Ucrania, pero ninguna de estas revoluciones, aunque comportaron el cambio de liderazgo del Estado, afectó a la estructura capitalista esencial de la sociedad. ¿Por qué, a pesar de todo el odio que despiertan los oligarcas en la sociedad, todas las revueltas sociales han acabado con el ascenso de nuevos oligarcas y no trajeron un cambio real?

Este no es únicamente un problema ucraniano. En las últimas décadas hemos visto muchas revoluciones deficientes similares que no han traído ningún cambio revolucionario en otras muchas partes del mundo. De acuerdo con el brillante estudio reciente de Mark Beissinger, publicado en el libro titulado The Revolutionary City, estos resultados deficientes de las revoluciones contemporáneas son en realidad muy típicos.

No conducen a un orden social más estable, sino que debilitan los Estados. En el mejor de los casos comportan cierta liberación temporal de dictaduras y empoderan a las sociedades civiles de clase media, pero fracasan en cualquier otro propósito. Lo normal es que las tendencias autoritarias y corruptas vuelvan al escenario al cabo de pocos años, ahora bajo el nuevo régimen, como ocurrió en Ucrania.

Las revoluciones maidan ucranianas no son diferentes. Es más, pueden ayudarnos a ver las consecuencias negativas de las revoluciones cívicas urbanas contemporáneas, como las denomina Beissinger, en sus formas más agudas. Son procesos fundamentalmente diferentes de las revoluciones sociales del pasado. Estas tuvieron muchos problemas y fueron más sangrientas, pero también comportaron importantes avances hacia la igualdad social y la modernización.

¿Cuál es entonces la explicación de estas series de revoluciones no exclusivamente ucranianas que no han revolucionado las relaciones sociales?

Para Beissinger, la explicación está en la urbanización. El entorno urbano contemporáneo no permite las revoluciones sociales del pasado. Pienso que el problema principal con respecto a las revoluciones deficientes contemporáneas es otro. Es la debilidad de una contrahegemonía, la crisis de liderazgo político, moral e intelectual desde abajo que puede y debe reconstruirse en las sociedades urbanas contemporáneas.

Esto todavía no ocurre. Múltiples agravios sociales impulsan a la gente a unirse a las revoluciones actualmente. No obstante, estos agravios apenas están articulados. Se esconden tras algunas consignas muy abstractas, una especie de programa muy mínimo, como derribar a un dictador y nada más. Ni siquiera suele producirse alguna discusión ulterior a escala masiva sobre lo que queremos realmente lograr después de la revolución.

En el caso ucraniano, concretamente en la revolución de 2014, los secuestradores fueron las facciones de oligarcas como Poroshenko, quien finalmente accedió al poder. Asimismo se empoderó la sociedad civil oenegeizada prooccidental. Lo mismo ocurrió con los nacionalistas radicales y, finalmente, las potencias occidentales, que vieron la oportunidad de impulsar sus propios programas e intereses, pese a que estos programas e intereses tenían muy poco que ver con los intereses de la mayoría de los y las participantes en la revolución. De este modo, este tipo de revolución no hizo más que intensificar la misma crisis a la que estaba respondiendo.

¿Cuál es la razón principal de la ausencia de un liderazgo fuerte, capaz de prevenir el secuestro de un proceso revolucionario? ¿Carece Europa Oriental de líderes socialistas por el hecho de que la misma palabra socialismo se ha tornado infame? ¿O hay motivos más profundos y complejos?

Yo diría que esta es una explicación bastante superficial y engañosa. Una explicación que reproduce la agenda de la minoría de la sociedad. Si observas las encuestas, del 30 al 40 % de la población ucraniana lamentaba hace apenas un año el colapso de la Unión Soviética y pensaba que la URSS era más bien una buena cosa. A pesar de todos los esfuerzos por la descomunistización tras la euromaidan, esta cifra se mantuvo estable. Antes de la euromaidan, esta actitud prosoviética era incluso más fuerte. Además, ese 30-40 % de que hablo se refiere únicamente al territorio controlado por el gobierno ucraniano antes del 24 de febrero, sin incluir el Donbás ni Crimea, que eran regiones mucho más prosoviéticas.

Mira la revitalización de la identidad neosoviética en Rusia, la proliferación de grupos de lectura marxistas que organizan a miles de jóvenes y canales de YouTube con millones de seguidoras y seguidores. La mayoría de estas personas no vivieron en la Unión Soviética ni un solo día de su vida. Esto no es una nostalgia de gente vieja.

La izquierda internacional ignora en buena parte estos procesos en el movimiento de izquierda de nuestra parte del mundo debido a la barrera lingüística y la falta de relaciones con Occidente de los grupos menos privilegiados que forman la base del resurgimiento neosoviético. Pero también debido al sesgo de afinidad de la izquierda internacional, cuando busca gente similar a ella y solo la halla en grupos muy reducidos del ala izquierda liberal marginal de las sociedades civiles de clase media.

Y el problema es que la izquierda no está realmente en buena forma en otros muchos países. Todos recordamos Occupy Wall Street, pero ¿cuáles han sido los resultados del movimiento? Había gente de izquierda que estuvo a punto de alcanzar el poder, como Jeremy Corbyn en el Reino Unido o Bernie Sanders en sus dos campañas. Pero también ellos fracasaron. SYRIZA accedió al poder en Grecia, pero entonces se rindieron.

Claro que Ucrania es un caso mucho más extremo, ya que la izquierda local ha sido reprimida desde la euromaidan, represión que se ha intensificado todavía más con la invasión. Por otro lado, no podemos enorgullecernos de ninguna victoria política importante de la izquierda en los últimos años en otras partes del mundo. El populismo de izquierda, apenas articulado, con ideologías poco articuladas, muestra en realidad muchas similitudes significativas con las revoluciones maidan. Y al igual que estas, ha sido típicamente un fracaso político.

Está claro que la causa fundamental del declive de la izquierda estriba en la transformación de la estructura de clases y su organización sociopolítica desde la década de 1970, pero también en el fin de la guerra fría. Beissinger también señala el fin de la guerra fría como un factor muy importante del declive de las revoluciones sociales desde la década de 1980. La actual crisis de la contrahegemonía es sin duda el resultado de la crisis de hegemonía, que es un proceso global, pero que alcanza sus formas más agudas en la región postsoviética. Sin embargo, la crisis de las políticas y las ideologías de masas, la degradación de los partidos, el populismo en lugar de la representación política organizada de las clases son cuestiones que se comentan en muchas partes del mundo.

Ahí hay una razón por la que podríamos ser realmente optimistas en cuanto a la posibilidad de revoluciones sociales en el siglo XXI, a pesar de todos los fracasos de los años previos. Desde una perspectiva histórica, la intensificación de las luchas interimperialistas –estamos ahora asistiendo a una– comportó también la intensificación de las luchas sociales, como demostró la socióloga Beverly Silver en Fuerzas de trabajo, el estudio global de la agitación obrera. Los Estados compiten entre ellos y por eso también necesitan competir entre ellos por la lealtad de las clases y naciones subalternas. Una política hegemónica más fuerte de las clases dominantes crea las condiciones sociales y políticas para las alternativas contrahegemónicas más fuertes de las clases subalternas.

Y ya vemos algunos signos de adopción de políticas más hegemónicas, no solo en Rusia, sino también en China y EE UU, señalados recientemente por un célebre economista, Branko Milanović. Está claro que uno de los resultados posibles sea la aparición de una oposición social revolucionaria más fuerte y mejor organizada. Por supuesto, esto solo podrá ocurrir si tenemos suerte y evitamos el apocalipsis nuclear y un cambio climático catastrófico. Si sobrevivimos, la izquierda puede tener un futuro más brillante. Al mismo tiempo, una izquierda antiimperialista más fuerte es crucial para la supervivencia de la humanidad.

Supongamos que la Ucrania de posguerra, en efecto, vaya a reconstruirse por parte de empresas transnacionales y la reconstrucción se aborde únicamente como fuente de beneficio. ¿Crees que la clase trabajadora ucraniana se rebelaría y protestaría?

Cuando se reanude el crecimiento económico es posible que haya protestas significativas de la clase trabajadora, e incluso no se puede descartar una revuelta masiva por causas sociales. La siguiente pregunta que debemos plantearnos siempre es cómo podría organizarse políticamente la revuelta y quién va a sacar ventajas políticas de la revuelta. ¿Alguna fuerza política progresista de izquierda, que nadie ve asomar en el horizonte en Ucrania? ¿O acabará en otra revolución maidan?

Estamos pisando ahora un terreno de alta especulación, porque el espectro político de Ucrania después de la guerra depende fundamentalmente del resultado de esta. Sin embargo, es probable que sean las fuerzas nacionalistas las que capitalicen el descontento con el capital transnacional. Redoblarán la narrativa popular de la traición de Occidente a Ucrania. Los capitalistas políticos que queden también apoyarían esta crítica a fin de preservar sus oportunidades de hacer negocio. Si podemos (es un si condicional enorme) proyectar las tendencias actuales en materia militar y política hacia el futuro, el descontento social con la dependencia del extranjero y el capital transnacional propiciará más bien la consolidación nacionalista conservadora, algo parecido a lo que sucedió en Hungría. Tal vez ni siquiera permitan que exista una fuerza de izquierda capaz de abordar este descontento en contra del grueso de la sociedad civil de clase media.

Con esto volvemos al problema de la soberanía, que es indispensable para cualquier agente social revolucionario. SYRIZA accedió al poder en Grecia en 2015 y capituló al cabo de medio año o así ante las presiones de la UE.

Si se aplicaran debidamente, los acuerdos de Minsk podrían restablecer el equilibrio regional en política interior que permitiría crear las condiciones para el ejercicio soberano de la política internacional de Ucrania. También fracasaron. Ahora, si a resultas de la guerra Rusia retiene y consolida del control sobre partes del territorio ucraniano, el futuro del cambio progresista en ellos dependerá de las perspectivas del movimiento social revolucionario de oposición en Rusia. Las perspectivas del movimiento social revolucionario en el resto de Ucrania dependerá fundamentalmente de la evolución de la política de la UE y de EE UU.

De ahí que sea improbable que Ucrania llegue a ser fuente de inspiración de algún cambio progresista radical en los próximos años. Si este se produce, vendrá probablemente de algún otro lugar.

Vale, dejemos la futurología. Sin embargo, los cambios de la legislación laboral en Ucrania no son futurología, sino cruda realidad: ahora, en plena guerra, el parlamento ucraniano ya ha promulgado leyes que van en contra de la clase trabajadora y de los sindicatos. Lo hacen en un momento en que la clase trabajadora está defendiendo el país. ¿Cómo ves esta iniciativa desde un punto de vista de clase?

Creo que la explicación es bastante sencilla. La clase dominante aprovecha la situación de guerra para conseguir lo que realmente quería desde hace muchos años. Los intentos de revisar la legislación laboral en Ucrania comenzaron hace casi 20 años, y hasta ahora siempre habían fracasado. Ahora, en las condiciones extremas de una guerra, ha resultado muy fácil impulsar un programa que, en otras circunstancias, recibiría críticas mucho más fuertes y provocaría movilizaciones de protesta. La clase dirigente está aprovechando una oportunidad.

La sociedad ucraniana se está integrando por fin, y está surgiendo un modelo de patriotismo civil; esto es lo que podemos ver y oír a menudo en los medios de comunicación. Tanto las identidades regionales como las diferencias y las divisiones de clase están supuestamente desapareciendo ahora ante la invasión rusa. ¿Qué opinas de esto como investigador marxista?

Hay ciertas tendencias. A juzgar por las encuestas (muy imperfectas en tiempos de guerra), la sociedad ucraniana está notablemente unida en la condena de la invasión. Además, algunos rusoparlantes se están pasando al ucraniano porque consideran que la lengua rusa es la del agresor. Es cierto, pero no estoy seguro de hasta qué punto estas tendencias están presentes más allá de la clase media que domina la esfera pública. Mientras haya guerra, será difícil medir las tendencias y su sostenibilidad.

Al mismo tiempo, cuando la gente está unida solo contra algo, esto no significa que esté unida en torno a un programa positivo o a cierta visión de Ucrania. Todavía hay una variedad notable de actitudes ante la OTAN. La crítica a la llamada desrusificación y descolonización proviene incluso de algunas personas cercanas a la Oficina Presidencial. Sin embargo, es una cuestión totalmente diferente si estas voces tendrán alguna repercusión política, ya que Zelensky ya cedió anteriormente a menudo ante la presión nacionalista organizada, aunque se movilizara en torno a cuestiones impopulares en la sociedad en general.

La afirmación de que Putin ha unificado a la sociedad ucraniana y ha convertido por fin a Ucrania en ucraniana se aprovecha activamente para reprimir y silenciar la muy real diversidad de posiciones políticas, opiniones y prácticas culturales en Ucrania. Los que no se suman a la unidad parecen ser antiucranianos, aunque muchos de ellos están realmente en Ucrania. Ya hemos visto cómo el Estado ha prohibido todo el espectro de los llamados partidos prorrusos, que no representaban ninguna amenaza seria.

Sin embargo, a resultas de ello, un segmento significativo de los votantes ucranianos, el 18% según el resultado de las elecciones parlamentarias de 2019, se ha visto privado de representación política. Al igual que con la legislación laboral, el poder aprovecha la guerra para despejar el campo político en detrimento de la oposición. Ahora, algunos poderosos oligarcas, e incluso Poroshenko, el líder de la oposición nacionalista, a los que no se puede acusar de ser prorrusos de algún modo significativo, son objeto de una presión política cada vez mayor.

El cambio a la lengua ucraniana por parte de los antiguos rusoparlantes no es solo una tendencia espontánea. También hay un conjunto de medidas activas, políticas del Estado a nivel local y presiones de la sociedad civil ucraniana, para eliminar la lengua y la cultura rusas de la esfera pública. Esto incluye la prohibición de la reproducción pública de cualquier producto cultural en lengua rusa impuesta en algunas regiones, la prohibición de la enseñanza de la lengua rusa incluso como optativa en las escuelas secundarias de otras regiones, o la eliminación de los nombres de poetas y científicos rusos del callejero de Ucrania.

Esto no ocurre de forma natural. Se trata de una política deliberada de ciertas facciones de las elites ucranianas y de la sociedad civil nacionalista que quieren impulsar su propia agenda y cambiar Ucrania de la forma que creen que debe ser, sean cuales sean las preferencias de la sociedad ucraniana, cuya diversidad no representan. Siempre han querido hacer esto, y ahora tienen una oportunidad perfecta para explotar la situación de guerra para su agenda cuando pueden actuar sin enfrentarse a ninguna crítica fuerte o una movilización contraria.

Así, un gran grupo de ucranianos y ucranianas, en su mayoría de habla rusa, pero que se definen más por sus actitudes políticas que por su lengua materna, se encuentra apresado entre dos proyectos de construcción de la nación: el de la sociedad civil ucraniana y el pueblo único de Putin. No encaja en ninguno de los dos. Al igual que en la situación de la población ucraniana en el imperio ruso, no se discriminará a los ucranianos rusoparlantes como individuos (esperemos, aunque hay algunos indicios preocupantes), pero la reivindicación colectiva en nombre de este grupo podría considerarse traicionera y represiva.

Si se acelera la integración europea de Ucrania, si Ucrania avanza en la integración europea, ¿puede favorecer ello una legislación social progresiva, más transparencia y normas más democráticas en la vida pública ucraniana? ¿Está la UE realmente interesada en tener una democracia en Ucrania?

Parece que la integración europea podría levantar ciertas barreras y establecer un nuevo marco de lo que es posible e imposible de hacer. Una de las exigencias de la Unión Europea a Ucrania se refiere a la legislación lingüística, que la Comisión de Venecia ha criticado muy duramente. Ahora se supone que Ucrania debe aplicar esos cambios. Esto sería bueno. Además, creo que la situación general de los derechos humanos en Ucrania sería mejor que si Ucrania quedara fuera de la UE después de la guerra.

Sin embargo, la adhesión a la Unión Europea no es, por supuesto, una panacea. Estamos viendo lo que ocurre en Hungría. Hemos visto lo que ocurrió en Polonia con la legislación antiabortista. Además, la Unión Europea siempre ha tolerado una discriminación bastante explícita de los llamados no ciudadanos en los países bálticos.

Crossborder Talks

Traducción: viento sur

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