Oscuro panorama electoral

Manuel D. Arias M.

Si bien es cierto, en una democracia plena cualquiera, y reitero la defensa de que sea así, debería de poder aspirar a un cargo público, el problema es que las instituciones estén tan, pero tan deterioradas que ese fulano, sin mayores méritos, conocimientos o experiencias y, gracias a la decadencia ideológica de los partidos políticos, pueda resultar electo para una responsabilidad que trasciende, por mucho, sus capacidades.

El liderazgo político requiere, en primera instancia, de un compromiso ideológico claro con una visión y un proyecto país, así como del desarrollo de una sublime inteligencia y de un indiscutible carisma, que nacen del profundo análisis de los problemas nacionales, de un contacto directo con la ciudadanía y con sus inquietudes, necesidades, anhelos y esperanzas, así como de un bagaje de conocimientos que sólo son posibles en el marco de un estudio serio, científico, racional y lógico, de la realidad del país. Y no me refiero, exclusivamente, a una sólida formación académica, ya que, como dice el viejo refrán, “lo que natura no da, Salamanca no lo presta” y son muchos los ejemplos de grandes líderes en Costa Rica y en el mundo, que no tuvieron una formación profesional formal, algo que compensaban con su exquisito interés autodidacta por aprender y con su vasta experiencia laboral y vital.

Sin embargo, como una plaga de langostas, por aquí y por allá han surgido mediocres, segundones y pega banderas, cuyo único mérito debe ser el tamaño de su ego, con la idea de postularse, ya no sólo para ir a hacer el ridículo en la Asamblea Legislativa, sino con la pretensión de aspirar a la Presidencia de la República. Lo más grave no es que estos aficionados a la política tengan esos devaneos, sino que, en sus agrupaciones políticas, existan partidarios, típicos lame botas en procura de beneficio propio, capaces de brindarles su apoyo, lo que perpetúa su autoengaño y alienta sus fantasías.

Esas fantasías de poder, no obstante, dependiendo de los contextos que puedan generarse, son muy peligrosas, no sólo para estos personajes del circo político nacional, sino para el país. Un ejemplo claro fue el vergonzoso resultado de la primera ronda de los comicios del 2018, cuando una polarización social generada por un tema entonces polémico, fue el caldo de cultivo para que un predicador, salmista y cantante de segunda categoría, que alguna vez quizo jugar de periodista, se convirtiese en uno de los dos finalistas que disputó el balotaje, donde finalmente resultó derrotado, lo que salvó a Costa Rica de convertirse en otro experimento de la extrema derecha religiosa neopentecostal, que tantos dolores de cabeza ha producido en países como Brasil, Estados Unidos, El Salvador o Guatemala.

Ahora bien, de cara al 2022, ya no preocupa tanto que los bufones de la calaña del excandidato Fabricio Alvarado, que volverá a postularse, puedan causar un remezón electoral, provenientes de los márgenes de la representatividad política que tienen partidos como los religiosos; sino que, la peligrosidad del escenario, gravita en la cantidad de mediocres que han creído tener la potestad de ser elevados a candidatos en las otrora tradicionales organizaciones políticas partidarias que, en algún momento, jugaron un rol determinante en la historia nacional, como es el caso del Partido Liberación Nacional (PLN), el Partido Unidad Social Cristiana (PUSC) o, incluso, el gobernante Partido Acción Ciudadana (PAC).

Es cierto que los liderazgos políticos han venido en una franca decadencia desde hace muchos años y que los partidos son poco más que cascarones electoralistas, sin mayor presencia en la realidad política nacional. Es más que evidente que no hay, actualmente, personajes dignos de compararse con Manuel Mora Valverde, Rafael Ángel Calderón Guardia, José Figueres Ferrer, Daniel Oduber Quirós o Luis Alberto Monge Álvarez.. Sin embargo, la estrategia para suplir esta ausencia de dirigentes brillantes y comprometidos, debería de ser la de que los devaluados partidos fuesen congruentes, por lo menos, con una plataforma ideológica clara y con un proyecto país; empero, precisamente quienes manejan estas agrupaciones, en un claro ejercicio de oportunismo y de demagogia, han renegado de cualquier lineamiento filosófico, asumiendo como verdadero el supuesto fin de las ideologías, una estrategia ideológica de la extrema derecha para diluir el debate sobre los temas de la transformación del Estado que, eventualmente, podrían generar cambios de calado para Costa Rica y su ciudadanía.

Resulta obvio afirmar que, en estos momentos, frente a este mediocre panorama, la democracia liberal y representativa está en un gravísimo riesgo. Los líderes políticos, no obstante, ajenos a este naufragio en ciernes, siguen disputando migajas, negociando por debajo de la mesa y haciendo contubernios de espaldas al pueblo soberano, para repartir, por anticipado, la piñata que ni siquiera han ganado. No son más que buitres y hienas, que no dudarían en devorar el cadáver de la Patria, si, finalmente, logran que ésta sucumba.

Tal vez ingenuamente, siempre he creído que los problemas de la democracia, se resuelven con más democracia y, por lo tanto, ante la oscuridad que atisbo en el horizonte electoral, sólo puedo hacer un desesperado llamado al pueblo soberano, para que reniegue de las estrategias del mercadeo de la comunicación política y de la macabra publicidad, para que, de manera consciente, responsable, seria y comprometida con el país que habremos de heredarle a nuestras hijas e hijos, trascienda la idea de votar por un individuo, para sufragar por aquella opción política que, verdaderamente, tenga un proyecto ideológico progresista, justo y solidario para Costa Rica.

De lo contrario, el Estado social y democrático de derecho, solidario y del bienestar, que tanto nos ha enorgullecido desde la fundación de la Segunda República, habrá fracasado y Costa Rica pasará a engrosar las tristes estadísticas de democracias fallidas, que se hunden en la miseria, la violencia y el caos, mientras nuestras nuevas generaciones se ven obligadas a emigrar, en busca de un futuro mejor en países ajenos.

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