Las “caballadas” del MOPT

Juan José Romero Zúñiga

MOPT

Muy probablemente, cuando se publique este artículo, pocos recordarán la pieza de comunicación que lo inspira. Nunca me han gustado los topes ecuestres, pero es cosa muy mía y no critico a quienes sí les gusta; mientras se cuide del bienestar de los caballos en todo el proceso de entrenamiento, preparación, transporte, carga y descarga y exhibición, yo respetaré ese gusto de la gente. Espero que el Servicio de Salud Animal (Senasa) haga su trabajo al respecto.

En el caso particular, mi problema empieza cuando veo una pieza de comunicación que publicó el Ministerio de Obras Públicas y Transportes (MOPT) que, de entrada, dice: “Mejor sin caballadas”, y deja como mensaje: “Si va pa’l Tope a echarse unos mecatazos, no conduzca después”. Parece querer decir que si alguien bebe licor y luego conduce es un caballo.

En el caso de la pieza del MOPT, observamos un claro ejemplo de la animalización, o sea, una forma metafórica en que atribuye a las personas presuntas conductas de los animales, en este caso, caballos. Aquí sí es donde tuerce el cancho el rabo, o la mula bota a Jenaro, a propósito de frases relacionadas con animales que son parte de la sabiduría popular.

La animalización, como figura retórica puede -y de hecho se hace- utilizarse para resaltar en las personas actitudes notables de los animales. Ejemplos pueden ser: “veloz y ágil como una gacela”, “fuerte como un elefante”, “graciosa como una mariposa”, “defiende a sus hijos como una leona”, y un largo etcétera de animalizaciones con sentido positivo. Estoy de acuerdo en que existen también los ejemplos de tipo negativo, aunque siempre objetivos: “vivía a costa de los demás como un parásito”, “es molesto como un mosquito”, “tiene conducta carroñera como un zopilote”, “es una tortuga corriendo”. No valen aquí el ejemplo de “sucio como un cerdo”, o “infiel como un perro” pues esos animales, en condiciones adecuadas más bien tienden a ser limpios y los más fieles compañeros; el detalle está en la forma en que los hemos domesticado y criado.

Sobre los caballos se escucha, con gran frecuencia, animalizaciones que están muy lejos de acercarse a la verdad. Un caballo que cocea (patea) lo hace en respuesta instintiva a un estímulo que percibe como un peligro para él; por ello, un jugador de un deporte cualquiera que patea a un contrario no tendrá jamás conducta de caballo, pues este sí puede razonar, el animal no. Del mismo modo, una persona que conduce un vehículo a alta velocidad no puede ser equiparado con un caballo que corre desbocado, pues este no tiene control sobre su instinto de huida, mientras que el conductor tiene todas las posibilidades de pensar y tomar decisiones razonadas sobre la forma en que conducirá su vehículo. De igual manera, alguien que comete un error en una prueba de cualquier tipo, y falla de manera garrafal, jamás podrá cometer una caballada; por extensión, tampoco una animalada.

A este punto, entro a analizar la supracitada pieza de comunicación del MOPT. Desde mi punto de vista, a pesar de ser lego en la materia, y dejando mis sesgos personales de lado sobre mi poca o nula apreciación de los topes ecuestres, puedo ver una pieza de comunicación que sí tiene un punto a favor: llama la atención del público. Un caballo que muestra cara de estrés, irritabilidad, incomodidad, con una frase animalizante tácita: “mejor sin caballadas”, sin duda logra que uno se fije en ella. Sin embargo, cuando se adentra uno en su análisis, aparecen una serie de detalles que la dejan muy mal como pieza de comunicación, en especial proviniendo de un ministerio del gobierno.

Por ejemplo, el mensaje parte de que todas las personas -o el grueso de población- se siente identificado con el lenguaje chabacano, pachuco. Quizás piensan que expresándose en pachuco se acercan más a la gente: ergo, el pueblo es pachuco, ramplón, inelegante. Si fuera que no se dirige a toda la población, sino a una parte de ella que sí comprende la frase “echarse unos mecatazos”, sigue siendo equivocado el camino: se les habla a unos cuántos en lugar de dirigirse a todos. De hecho, aunque confieso que intuía el significado de la frase, la busqué en los diccionarios disponibles en internet, recurriendo al de la RAE primero, y la respuesta fue: m. Nic. Trago de bebida alcohólica. Quiere decir que es una palabra en género masculino, y que es una acepción de uno local nicaragüense. Lo que me alegra es que, después de décadas de xenofobia contra los hermanos nicaragüenses, hayamos incorporado en nuestro léxico, aunque sea en el pachuco, la palabra mecatazo como significado de trago de licor.

En un país en que cada vez cae más bajo en sus niveles educativos, el uso de este lenguaje incrementa la distancia hacia el uso adecuado, de toda la población, especialmente de la más joven, de un idioma de excelsa riqueza. Un mensaje como el que aquí he analizado representa una soberana subestimación y desvalorización del público; algo así como: si el pueblo es un pachuco hablémosle en pachuco. Si en las esferas del Ejecutivo tienden a usar el lenguaje pachuco como forma de comunicación, y el mensaje fluye apropiadamente y culmina en la acción deseable, demostrando un proceso efectivo entre emisor y receptores, felicidades; pero no considero apropiado ni elegante que se extienda esa forma de expresión al resto de la ciudadanía.

Finalizo recalcando la idea de que la animalización que se presenta en la pieza en cuestión no tiene sentido alguno, que se aleja de la realidad pues, al fin y al cabo: ¿quién ha visto a un caballo bebiendo licor y luego conduciendo un vehículo? Nadie, en efecto. Seguramente dirán que es una pieza con una frase metafórica que se apoya en el recurso literario de la animalización, que busca un efecto de choque al primer vistazo, y, que, al final, el mensaje llega y queda; quizás, pero no es la forma, en especial si procede de un ministerio del gobierno, a menos que sea uno chabacano y que irrespeta, absolutamente, al pueblo que requiere de él lo mejor.

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