La Patrulla de Bares: De las de antes (Bar El Faro)

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Especial para Cambio Político

Patrulla de BaresMisión: Bar El Faro
Dónde: Avenida 10, calle 5, frente a la estación de buses de Cartago (Lumaca), San José (ver mapa)

Bar El Faro

Si hay algo que le gusta a los patrulleros es recorrer los lugares de rancia tradición cantinesca, algunos de los cuales afortunadamente se resisten a desaparecer. El barrio de La Dolorosa funciona como una especie de museo urbano y contiene algunos de ellos, afortunadamente revividos por las dinámicas de las nuevas paradas de buses, que los nutren de parroquianos en sustitución de los antiguos vecinos, que simplemente se han ido muriendo de viejos.

Uno de esos sobrevivientes es el bar El Faro, en la esquina de la avenida 10 con la calle 5, rescatado de la extinción por los oficinistas de la zona y los usuarios de la parada de Cartago, que prudentemente optan por tomarse una cervecita para esperar que se alivien las largas filas para abordar los autobuses.

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El Faro, fundado en 1931, se ubica en un vetusto edificio de madera, de esos que se construyeron hace como un siglo. Inicialmente su segunda planta era ocupada por una vivienda en la que alguna vez vivió un conocido artista, pero que luego ante la nueva prosperidad de la cantina, luego fue habilitada para recibir más comensales, aunque dicen que el ambiente de por ahí es un poco más rudo, por lo que los patrulleros recatadamente se quedaron en la planta baja. Es más, hasta le hicieron un tercer piso, desafío por igual a las leyes de la gravedad como a las más elementales normas de la estética arquitectónica, normalmente no está habilitado al público, habría que ver si un día de llenazo algunos valientes se atreven a desafiar el destino.

El Faro produce emociones encontradas. De primera entrada despierta el amor por esa cantina tradicional en donde impera una especie de caos perfectamente ordenado, que abarca la decoración de dudoso buen gusto, el mobiliario aparentemente colocado al azar, las escaleras agregadas en el lugar más incómodo y las cajas de cerveza apiladas por todo lado. Y ese caos llega a la producción de la cocina, originalmente tenían un menú de bocas en la cual normalmente sólo estaba disponible un tercio de las viandas anunciadas así que la orden era un verdadero juego de lotería, por eso la administración cambió de sistema y actualmente anuncia la comida disponible en unas discretas hojitas de papel, aunque si uno pregunta al cantinero, a la antigua, le recita a uno por lo menos una decena de bocas más.

En cuanto a la rigurosa función de catar bocas los patrulleros luego de ver infructuosamente contestados sus primeros requerimientos de alimentación, encontraron que la aleatoria cocina ofrece porciones generosas y generalmente bien hechas, por ejemplo, el maduro con queso arrojó que el plato quedara totalmente limpio; hay un rice and beans con pollo bastante bueno para ser cocinado por no negros, además le ponen un buen trozo de maduro y ensalada; la macarela también es grande, la sirven con yuca, chicharrones, frijoles molidos y ensalada, aunque venía refrita, más bien eran como chicharrones de macarela; la sopa azteca es grande, fuerte, viene con buen aguacate, todo un sacamocos; la costilla asusta por su tamaño, el patrullero que la cató no quedó muy contento porque consideró que se les había ido la mano en orégano; hay un (bueno, cuando hay) un comalito de res y cerdo, muy sabroso aunque los frijolitos molidos suelen venir bastante resecos; los frijoles tiernos son buenísimos y de esos siempre hay; otro clásico de las bocas ticas, la carne en salsa no cumplió como era lo esperado; otros que sí salieron con elogios fueron los garbanzos; el filete de pescado empanizado estaba suavecito, nada de Tiburcio, el empanizado bien tostadito sin pasarse de grasoso, con el mismo generoso acompañamiento de la macarela más una tajadita de aguacate de feria y finalmente el chifrijo, la boca tica por excelencia, aunque cuando llegó a la mesa originó elogios por su tamaño y presentación, luego perdió el pedigrí pues el chicharrón no sabía a nada, parecía como que lo hubieran pasado por una lavadora.

De verdad que a El Faro llega de todo, el empleado público que discretamente alegra su vientre antes de retirarse a su vivienda, el viejillo sobreviviente del vecindario que hace tertulia con sus pares, el millennial que afortunadamente quiere seguir la tradición de su cultura, los sufridos pasajeros de autobús que vienen a aliviar los sufrimientos de las presas y los chichas, esos que se toman la birra prensada. Democracia pura, pero tal vez demasiada, pues como si fuese un conjuro diabólico, la Patrulla se encontró con su peor enemigo, ese invento nefasto llamado karaoke, que en El Faro se manifestó en la peor sus expresiones: volumen excesivo que impedía escuchar la conversación del contertulio, una selección de las peores versiones de las peores canciones y unos cantantes horriblemente desafinados, o sea, puesta de pies en polvorosa y el apercibimiento de que un jueves mejor ni acercarse por ahí.

Bar el Faro

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