La huella hídrica de la digitalización

Pablo Gámez Cersosimo*

Pablo Gámez

[color-box]El[/color-box] agua es un límite planetario ineludible. Pero «cuanto más virtuales nos volvemos, más agua estamos necesitando». Es decir: «el agua es la que hace posible la digitalización». Lo cual también implica que el ciberespacio es fundamentalmente líquido y finito, porque depende de los recursos de la biosfera.

Cada bit, modelo de inteligencia artificial o consulta a un chatbot, se sostiene sobre volúmenes crecientes de agua dulce. No es casual la frase que dice “navegamos la web”. Ni tampoco la afirmación que la humanidad genera volúmenes de datos de escala casi incomprensible. En un planeta que ha entrado en la era de la bancarrota hídrica global (según Naciones Unidas), es un serio problema.

En 2025 se estima que se crearon, capturaron, copiaron y consumieron alrededor de 181 zettabytes de datos a nivel global (equivalentes a 181 mil millones de terabytes). Esta explosión digital —impulsada por vídeo, redes sociales, IoT e inteligencia artificial— requiere una infraestructura física masiva para procesar, almacenar y transmitir cada bit.

Mantener este océano de datos demanda un océano de agua dulce: los centros de datos consumen actualmente alrededor de 560 mil millones de litros de agua al año de forma directa, cifra que podría superar los 1,2 billones de litros hacia 2030. Según S&P Global Sustainable, el 43 % de los centros de datos del mundo ya están expuestos a un alto estrés hídrico.

Cualquiera que sea nuestra interacción con el ecosistema digital, influye de manera directa en esta huella hídrica, convirtiendo al ciberespacio —aparentemente etéreo— en uno de los mayores consumidores de un recurso cada vez más escaso.

Cuanto más somos succionados por una economía supuestamente «desmaterializada», aumenta la dependencia de uno de los recursos más escasos y vulnerables del planeta. Es un fenómeno estructural, profundamente desigual y se acelera con la escala exponencial de la IA.

Los centros de datos son mega fábricas industriales (estructuras megalómanas) que generan un calor extremo. La refrigeración evaporativa —la tecnología aún dominante— consume agua dulce que se evapora y se pierde para siempre. Un solo centro de un megavatio puede llegar a usar hasta 25,5 millones de litros al año.

Solo en Estados Unidos, la demanda adicional de agua para centros de datos hacia 2030 equivaldrá al consumo diario de toda la ciudad de Nueva York. Entrenar un modelo como GPT-3 consumió alrededor de 700.000 litros de agua dulce. Una sola inferencia promedio (una conversación con ChatGPT) gasta el equivalente a medio litro de agua (según la ubicación y la hora). Multiplicado por miles de millones de interacciones diarias en todo el mundo, el impacto es masivo.

El agua está presente en todo el ciclo de vida de la digitalización: en la generación de electricidad (termoeléctrica, hidroeléctrica y otras), en la fabricación de semiconductores y todo tipo de dispositivos, en los fábricas de la IA, en la extracción de minerales críticos como el cobre y el litio, en la basura electrónica (e-waste). El World Economic Forum indica que el nexo IA-energía-agua-minerales-tierra es inseparable.

Los semiconductores más potentes mejoran la eficiencia energética por operación, pero aumentan la densidad térmica y exigen sistemas de refrigeración líquida aún más intensivos en agua. La obsolescencia programada genera más residuos electrónicos y tensiona cadenas de suministro. Estamos atrapados en un círculo vicioso físico.

El patio trasero de la digitalización global

Mientras el Norte Global capitaliza la productividad, el entretenimiento y el poder computacional, externaliza los costos materiales al Sur. En América Latina, la expansión de centros de datos y la minería para IA chocan de frente con realidades hídricas críticas. Es algo que advertimos en el informe de UNCTAD, Shaping an Environmentally Sustainable Future.

En Querétaro, México —uno de los hubs de data centers más dinámicos de la región—, se planean decenas de nuevos centros en un estado que vivió la peor sequía en un siglo y donde 17 de 18 municipios sufrieron restricciones severas de agua. Comunidades enteras pasan días sin suministro doméstico mientras los acuíferos se sobreexplotan para enfriar servidores.

En Chile, Google ha enfrentado demandas judiciales y suspensiones de permisos por su consumo de agua en plena megasequía crónica. En Uruguay, varios proyectos han sido detenidos por protestas ante el uso proyectado de millones de litros diarios.

La demanda de minerales complica aún más la situación. El cobre —esencial para cables, transformadores y centros de datos— podría ver su demanda global aumentar hasta un 50 % hacia 2040 por la IA y la electrificación. Los Andes, con sus salares de litio y sus minas de cobre, ya sufren contaminación de aguas, deforestación y conflictos con comunidades indígenas.

Más IA significa minería intensiva, consumo de agua y destrucción de ecosistemas frágiles.

Realismo científico frente al tecnoutopismo

Esta dinámica es la consecuencia de un modelo que valora bits por encima de litros y rentabilidad a corto plazo por encima de límites biofísicos. Desde hace mucho, la evidencia científica polvoriza la narrativa de la «digitalización verde». La IA genera beneficios ambientales marginales (mejor monitoreo, optimización de procesos), pero impone costos estructurales desproporcionados, especialmente en regiones vulnerables.

Ignorar esta huella hídrica, estructural y oculta, es irresponsable. Tampoco corresponde con los límites planetarios. Sin control integral —evaluaciones de impacto hídrico obligatorias y transparentes, medición completa de la huella de agua (directa e indirecta), incentivos reales para refrigeración sin evaporación o sistemas cerrados de reutilización, y una gobernanza que priorice usos sociales y ecológicos—, la expansión de la IA está por convertirse en un acelerador de crisis hídricas y conflictos socioambientales.

América Latina, con su extraordinaria biodiversidad, sus cuencas vitales y su rol como proveedor de recursos críticos, no puede convertirse en el sacrificio material para la ilusión del pensamiento mágico digital.

* Autor del libro Depredadores Digitales; investigador del informe Shaping an Environmentally Sustainable Future (Unctad).

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