
Intentar despachar este crecimiento de 25 puntos porcentuales bajo la etiqueta de «voto prestado» o «coyuntura pasajera» es un error de bulto. El voto no es una propiedad privada que se alquila; es un reflejo de la voluntad ciudadana en un momento dado. Y ese 33% nos dice que un tercio del país decidió que el camino no era la fragmentación, sino la reagrupación en torno a una estructura que, aunque tradicional, supo jugar una carta maestra: una candidatura que no olía a naftalina.
Ese es el factor que muchos ignoran. El trepón no fue inercial; fue el resultado de una hibridación política. Se combinó la maquinaria histórica del PLN con un rostro que proyectó una imagen de renovación, permitiendo que miles de votantes —muchos de ellos independientes o alejados de la política partidaria— encontraran un refugio seguro. Esta fórmula logró romper la hegemonía del discurso oficialista y nos ha devuelto, nos guste o no, a una suerte de neobipartidismo de bloques.
Quienes se burlan de este análisis, alegando que «al final perdieron», caminan realmente con el traje del emperador. No ven que el tablero cambió. Ya no estamos en la era de los partidos minúsculos y la dispersión absoluta; estamos ante un escenario de polarización donde el 33% representa una trinchera sólida y un capital político que marcará el ritmo del país en los próximos años. El que no vea que ese «trepón» es histórico, es quien realmente está perdiendo el pulso con la realidad.
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De acuerdo, no existen los votos prestados. Se ganan o se pierden, pero no se prestan. Las campañas políticas electorales son para ganar votos.