El «No» de Oscar Arias que desmanteló la guerra del Imperio

Cuando el presidente John F. Kennedy nos visitó, hace veinticuatro años, nos dijo: ‘Hoy en día, los principios de no intervención y de solución pacífica de disputas se han entrañado tan firmemente en nuestras tradiciones que esta democracia heroica, en cuyo suelo nos reunimos hoy, puede continuar su marcha en pos de sus objetivos nacionales sin que la fuerza armada tenga que guardar sus fronteras. Existen pocos lugares en el mundo de los que pueda decirse lo mismo’. En estas horas difíciles creemos, más que nunca, en las palabras de Kennedy. Enfrentémonos a la guerra con la fuerza de la paz.

Oscar Arias Sánchez. Discurso ante la sesión conjunta del Congreso de los Estados Unidos. Septiembre, 1987.

Carlos Revilla Maroto

Carlos Revilla

En mayo de 1986, Centroamérica era el tablero donde el presidente de Estados Unidos Ronald Reagan jugaba su partida más agresiva de la Guerra Fría. El instrumento de Washington era la «Contra», un ejército irregular financiado desde las sombras para derrocar al sandinismo. Costa Rica, por su posición geográfica, estaba bajo una presión asfixiante para servir como plataforma de ataque, pero el recién juramentado presidente Oscar Arias Sánchez tenía otros planes.

Pocas semanas después de asumir el poder, Arias ejecutó una orden que sacudió los cimientos de la Casa Blanca: el cierre de la pista de aterrizaje de Santa Elena, en Guanacaste. Este aeródromo, estratégicamente ubicado cerca de la frontera con Nicaragua, era el corazón logístico del «Frente Sur» de la Contra. Al clausurarla, Arias no solo cumplía verdaderamente con la Proclamación de Neutralidad, sino que enviaba un mensaje contundente: El territorio costarricense no se alquila para la guerra de otros.

La tensión escaló rápidamente. El propio director de la CIA, William Casey, intentó una reunión directa con el mandatario para presionar por la reapertura de la pista. Sin embargo, en un gesto de enorme dignidad política, Arias se negó a recibirlo.

Ante este desplante, Casey no se dio por vencido y buscó una vía alterna: se presentó ante Rodrigo Arias Sánchez, hermano y mano derecha del presidente, para intentar que este intercediera. La respuesta fue la misma: la soberanía de Costa Rica y su apuesta por la paz no estaban en venta.

La firmeza de Arias no pasó inadvertida en Washington, donde la frustración se transformó en hostilidad. El propio Oscar Arias recuerda el ambiente de represalia que se respiraba:

«Dentro y fuera del país me enviaban señales indicándome cuán equivocado estaba con respecto a la ayuda a la Contra y cuán peligroso era antagonizar al presidente Reagan, ya que por esta razón Washington podría tomar represalias contra Costa Rica«. (Arias Sánchez, Páginas de mi memoria, EUNED, p. 73).

La crudeza de la política estadounidense, quedó retratada de cuerpo entero cuando el embajador de EE. UU. en Costa Rica, Lewis Tambs, le advirtió a Elliott Abrams, subsecretario para Asuntos Interamericanos, que no sería fácil lidiar con el nuevo gobierno porque Arias era un hombre de principios y convicciones sólidos. La respuesta de Abrams fue brutal y reveladora: «Tendremos que apretarle los cojones y ponernos duros con él».

Sostener un «no» ante la Oficina Oval no fue solo un reto diplomático, fue una prueba de resistencia emocional y política. Arias comprendía que la paz no era un evento, sino un proceso que requería desmantelar la desconfianza acumulada por décadas. Mientras Washington veía Centroamérica como un tablero de contención ideológica, el gobierno costarricense la entendía como un tejido humano desgarrado por la violencia. Esta visión humanista fue el escudo que permitió a la administración Arias ignorar las amenazas de asfixia económica, demostrando que la brújula moral de una nación pequeña puede, en ocasiones, corregir el rumbo de un imperio extraviado en su propia retórica de guerra.

Las represalias no se hicieron esperar. El congelamiento de fondos de la AID (Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional) y las campañas de desprestigio que tildaban a Costa Rica de «aliado poco fiable» fueron el precio pagado por la autonomía. Sin embargo, al cerrar Santa Elena, Arias no solo bloqueó una pista física, sino que clausuró la posibilidad de que nuestro país fuera cómplice de un conflicto fratricida. Aquel acto de desobediencia civil a nivel de Estado fue lo que finalmente otorgó a Costa Rica la autoridad moral necesaria para proponer el Plan Arias para la Paz, obligando a los comandantes sandinistas a cambiar las balas por las urnas.

Cuarenta años después, el escenario geopolítico parece haber dado un giro de 180 grados. Aquella Costa Rica que resistió el asedio de la CIA y los insultos de Abrams hoy se enfrenta a la era de Donald Trump, donde impera la doctrina servil del «Yes, Mr. Trump«, de la cual es fiel representante el presidente Chaves y su Gobierno.

Mientras hoy se gestiona la política exterior desde el alineamiento automático, el cierre de Santa Elena queda como un monumento a la dignidad. Es el recordatorio de que hubo un tiempo en que Costa Rica no solo pedía paz, sino que tenía el coraje de decirle «no» al imperio en su propia cara, incluso cuando Washington amenazaba con «apretar con dureza».

Oscar Arias

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