El dólar: las preguntas incómodas pero necesarias

Luis Paulino Vargas Solís

Luis Paulino Vargas

La baja tan fuerte del dólar conlleva una interpelación muy importante acerca del tipo de economía que quisiéramos tener. En los debates públicos sobre esa cuestión, ese aspecto clave es eludido, si bien es posible adivinarlo como al modo de una presencia fantasmagórica, disimulada detrás de una discusión que generalmente se entretiene en generalizaciones insustanciales.

Lo usual es apelar a trivialidades abstractas y vaporosas del tipo “a alguna gente le favorece y a otra le perjudica”. La abstracción reaparece cuando, con más o menos frecuencia, se hace mención a “el consumidor”, presuntamente beneficiado por la menor inflación y el abaratamiento relativo de las importaciones. Y cuando la discusión baja un par de peldaños para acercarse a la realidad, entonces se habla de la posible afectación para las actividades exportadoras y del turismo, sin mencionar que, en realidad, los sectores productivos que producen para el mercado interno y compiten con importaciones, también están sintiendo las consecuencias.

Sin proponérselo, creo que quien más claramente lo planteó fue el vicepresidente Stephan Brunner, cuando sentenció a los sectores exportador y turístico: “si con el dólar tan barato les va mal, dejen lo que están haciendo y dedíquense a otras cosas”. Aunque él no lo dijo, la “recomendación” es igualmente «válida» para la amplia gama de actividades productivas que están viendo como el mercado interno se les va de las manos, a causa de la revigorizada competencia de las importaciones.

La propuesta de Brunner es de un simplismo tosco, cruel e irresponsable, y todavía más viniendo de alguien que ocupa tan importante posición. Pero, en el fondo, alguna razón tiene, porque, de prolongarse esta situación, muchas actividades productivas tendrán que “reconvertirse”, con el agravante de que no hay muchas opciones de las cuales agarrarse.

La cuestión es que dejan de ser rentables las actividades orientadas al mercado externo (exportaciones y turismo), como igualmente dejan de serlo las que se orientan al mercado local, pero compite con importaciones ¿Qué queda entonces? Quizá la especulación inmobiliaria o el negocio financiero que se alimenta de la colocación de créditos en dólares. También aquello que satisface una demanda interna que no puede ser cubierta por medio de importaciones, como los cortes de pelo, los servicios de dentista y gimnasio o el transporte público y de mercancías.

Seguramente el negocio más próspero es el comercio de importación ¿Nos convertiremos entonces en “La Gran Economía Importadora”? Hasta es posible que algunas actividades o empresas sobrevivan, “reconvirtiéndose” en una especie de maquila, dedicada, casi al 100%, a procesar insumos importados.

¿Podremos generar así los empleos que nuestra gente requiere? La verdad, es muy dudoso, y por ello mismo resulta muy dudoso que podamos darle sostenibilidad a nuestro Estado social, y los diversos servicios públicos, incluidos salud, educación y pensiones.

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