El dólar: de las galletitas Gallito a los palacetes costeros

Luis Paulino Vargas Solís

Luis Paulino Vargas

Me topo en el supermercado con unas galletas marca Gallito. Son del tipo “cremitas”, similares a las que popularizó Pozuelo. Siendo Gallito -me digo- son Dos Pinos, puesto que, bien lo recuerdo, no hace tanto esta última adquirió la marca Gallito, la cual volvió así a manos nacionales, después de haber sido propiedad de alguna transnacional. Me llevo algunas para probarlas, aunque pensando que han de ser más o menos como una pelota de azúcar, tal y como son las de Pozuelo, muy adaptadas a los gustos infantiles, aunque nada recomendables para la salud.

Luego, en casa, me pongo a examinar la letrita menuda, y observo: son fabricadas en República Dominicana. Medito entonces que, aunque la Dos Pinos es, con toda certeza, la más exitosa empresa costarricense, y siendo (al menos nominalmente) una cooperativa, actúa como lo hace el común de las empresas: ganar es su objetivo, no contribuir al empleo y el desarrollo nacional, excepto si eso es rentable. Y, en caso de que no lo sea, procederán según mejor les convenga, incluso recortando empleos o, como en este caso, llevándoselos fuera de Costa Rica.
¿Por qué Dos Pinos procede de esa forma?

No, no es por las cuotas de seguridad social. Si estas no existieran, los costos de la atención sanitaria serían muchísimo más altos (nada más fíjense en el ejemplo de Estados Unidos), y eso impactaría fuertemente sobre los salarios.

No, tampoco es por los impuestos. Y no solo porque la Dos Pinos esté exenta del impuesto sobre la renta, sino porque, en general, los niveles de elusión tributaria de las grandes empresas costarricenses, es altísimo, como lo demuestra el que el porcentaje de los impuestos sobre ingresos, ganancias y utilidades con respecto al Producto Interno Bruto (PIB) es, en nuestro país, sumamente bajo: un 58% inferior al promedio OCDE (por mencionar un dato cualquiera, a modo de ilustración).

Básicamente incide la tasa de cambio colón-dólar. El problema no es nuevo, ni mucho menos. Viene ejerciendo su influjo desde 2010, aunque hubo períodos en que tendió a aliviarse. En general, el proceso de ajuste se hizo vía “devaluación interna”, principalmente mediante una fuerte contención de los ingresos de la población, y condiciones de explotación y precarización laboral incrementadas. O sea: se ha tratado de recuperar competitividad, básicamente a costa de las condiciones de vida de la gente.

Se trata, en fin, de la popular idea de que somos “un país caro”. Claro, lo somos comparativamente. Y aunque algunos otros factores podrían incidir, el problema viene principalmente del tipo de cambio colón-dólar.

Desde finales de junio de 2022 hasta el día de hoy, entramos en una etapa nueva: el aparatoso derrumbe del dólar frente al colón. Lo que hace que hoy seamos un país “mucho más caro” de lo que ya éramos hace 19 meses. “Caros” en términos comparativos, reitero. De donde resulta que el capitalismo costarricense recula y, en relativamente poco tiempo, sufre un nuevo y fuerte retroceso de su, de por si, vacilante competitividad.

Leía ayer unas notas en La Nación acerca de los nuevos proyectos de construcción de hoteles. En su mayoría de “gama alta”: fastuosos y exclusivos. Otra nota citaba a un alto representante de la cadena Hilton, quien afirmaba que existe “apetito” por ofertas de lujo en Costa Rica, no solo hoteles de ensueño, sino también exquisitos apartamentos y residencias. Ese turismo -nos informan- busca experiencias “únicas” y “personalizadas”. O sea, no son, ni mucho menos, el tipo de “experiencias” que ofrecen las familias de pescadores ni la soda de un pueblito. O quizá sí, pero solo como al modo de una exhibición museística, para “ir a ver” algunas “rarezas exóticas”.

Con un dólar tan barato, y si esa situación se prolonga indefinidamente, hacia ahí se encaminará la industria turística. No muchos emprendimientos pequeños o medianos lograrán sobrevivir. En compensación, tendremos la oportunidad de admirar -pero desde muy lejos- las palaciegas edificaciones, donde se alojarán -por algunos días al año y lejos de la suciedad del populacho- algunos turistas de mucho billete.

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