El desafío del Gobierno ultraderechista israelí

Por Nazanín Armanian*

Nazanin Armanian

El protagonismo inaudito de los supremacistas de extrema derecha fundamentalista judía, que acaban de asaltar el poder gracias al gobierno de coalición del primer ministro Benjamín Netanyahu, ha levantado una ola de tensiones dentro y fuera de Israel.

Decenas de miles de israelíes vienen manifestándose los sábados como «resistencia a la dictadura», convocados por la burguesía israelí, tanto civil como militar, aterrorizada por el proceso de talibanización que está sufriendo el Estado israelí. Los socios de Netanyahu han llegado a acusar a los exministros Yair Lapid y Benny Gantz, así como los ex generales Moshe Ya’alon y Yair Golan, ​​de «traición a la patria» por haber propuesto la «desobediencia civil» ciudadana ante el «golpe judicial» (que es sólo una de las medidas draconianas del régimen) preparado por el gobierno. ¡Sólo falta que les hicieran confesar ante las cámaras de la televisión «ser espías de Irán», copiando el estilo de los ayatolás!

El control de la derecha (liberal) sobre estas protestas es tal que los manifestantes ni condenan el plan de limpieza étnica del gobierno contra los palestinos, ni los amplios recortes en gastos sociales y los programas de bienestar social. El pequeño país, en el que el 10% más rico de la población controla el 62% de la riqueza, cuenta con decenas de multimillonarios.

«El radicalismo de los ultraortodoxos representa una amenaza existencial mayor para Israel que un Irán nuclear», ya advirtió el exdirector del Mosad (1998-2002), Efraim Halevy. Hasta el propio presidente israelí, Isaac Herzog, ha expresado su preocupación al respecto.

El ascenso de dichas fuerzas se debe, principalmente, a:

– Fin de la Unión Soviética: desaparece el mayor apoyo del pueblo palestino; se debilitan las fuerzas progresistas del mundo, y se propicia la agresión militar del imperialismo estadounidense a los países rivales de Israel: Irak, Libia y Siria, en favor del ascenso de la extrema derecha islamista en dichos estados.

– Los privilegios tradicionales del que han gozado los ultraortodoxos judíos como ser eximidos del servicio militar, o recibir ingentes subvenciones del Estado (muchos no trabajan y solo se dedican a la religión), y también su alta tasa de natalidad: de las 30.000 personas en 1952 han llegado a ser 1.120.000 en 2019. Hostiles al progreso, la justicia y la igualdad entre los ciudadanos, ahora sí que influyen en la política.

Esta situación impacta directamente sobre:

– La «democracia» israelí (¡si un sistema que aplica el Apartheid a sus ciudadanos no judíos, tortura y asesina a los palestinos desahuciados, es democracia!)

– El destino de los palestinos.

– La relación entre Israel y EEUU.

– El conflicto con Irán.

La destrucción de los «valores democráticos» de Israel

Después de cinco elecciones en cuatro años, Netanyahu ofreció a los partidos chovinistas judíos una coalición gubernamental a cambio de llevar adelante una serie de políticas que beneficie a ambos. Otorgó el Ministerio del Interior y de Sanidad al rabino Aryeh Deri, encarcelado en el 2000 por fraude fiscal y corrupción; la cartera de Seguridad nacional se lo dio al líder del partido Poder Judío, Itamar Ben-Gvir, -ex miembro de Kach, partido que estuvo en la lista de organizaciones terroristas de EEUU-, quien pide una dura represión contra los manifestantes antigubernamentales, la expulsión del país de los ciudadanos árabes «desleales», y retirar las banderas palestinas como «identificación con el terrorismo», y el Ministerio de Finanzas a Bezalel Smotrich (del Partido Sionista Religioso), un Talibán integral, que se opone a la igualdad de la mujer con el hombre, se declara un «homófobo orgulloso», propone demoler viviendas palestinas, aniquilando al pueblo palestino de Huwara, con 7.000 habitantes, y prohibir las huelgas de los trabajadores de los sectores esenciales.

Entre los planes del nuevo gobierno están incluidos: Eliminar la independencia del Poder judicial, incluido sus controles sobre el legislativo y el ejecutivo, e impedir el cese de los políticos acusados de corrupción (como el propio Netanyahu).

El régimen de Apartheid israelí, llamado «El bastión de la democracia de Oriente Próximo», solo se está quitando la careta.

Más pogromo: ¡Echad a los palestinos al mar!

«El pueblo judío tiene un derecho exclusivo e inalienable sobre toda la Tierra de Israel», afirma el gobierno, que, para convertir la ocupación de Cisjordania en una anexión total, propone las siguientes políticas:

– Mantener una presencia militar israelí permanente en Cisjordania ocupada.

– Legalizar aquellos asentamientos declarados antes como ilegales. La ONU ha calificado dichos asentamientos como un «crimen de guerra» (aunque EEUU y Europa se niegan a pedir un Tribunal Internacional para los mandatarios israelíes, por dichas atrocidades).

– Con el objetivo de socavar la soberanía palestina, y terminar la limpieza étnica en marcha desde hace décadas, transferir el control administrativo de gran parte de los territorios ocupados del control militar israelí al control civil, contrario a los Convenios de Ginebra. Para ello, revocará la Ley de Separación de Gaza, que prohíbe la presencia de civiles israelíes en este gueto.

– Desmantelar las medidas de control sobre las actuaciones de las fuerzas de seguridad en sus habituales represiones contra los palestinos.

– Perseguir a los grupos humanitarios y de derechos humanos de apoyo a los palestinos, despojar a las familias de los palestinos acusados ​​de terrorismo de sus derechos de residencia o ciudadanía.

– Conceder, de forma generalizada, licencias de armas a los judíos.

Salvo las fuerzas comunistas y socialista israelís, ninguna otra ha incluido la denuncia de estas medidas (que en tres meses ha causado la muerte de decenas de palestinos) en las actuales protestas.

Ahora, esperen una tercera intifada.

EEUU sin inmutarse

Claro que la imagen que está dando el gobierno de corte fascista de Netanyahu, que además se niega a condenar a Rusia por la guerra de Ucrania, pone en un serio aprieto a Washington. Es la misma situación en la que se encontró tras el asesinato de Jamal Khashoghi por otro aliado de alma: la teocracia abrahámica de Arabia Saudí.

La visita de Jake Sullivan, asesor de seguridad nacional y el secretario de Estado Antony Blinken a Israel, no fue fructífera. Ahora, Biden debe «hacer algo» para salvar a Israel de sí mismo. La editorial «Dawnmena» (Democracia para el mundo árabe), le aconseja:

– Amenazar a Israel con cortar el suministro de armas, y congelar los miles de millones de dólares que se le entrega como «asistencia militar» bajo la Ley de Autorización de Defensa Nacional, que aplica la condición de «cumplir con sus derechos humanos» a los beneficiarios de ayuda militar de EEUU.

– Dejar de darle el respaldo diplomático en foros internacionales.

– Reabrir la embajada palestina en Washington, cerrada por Trump.

– Apoyar la candidatura palestina como miembro de pleno derecho de la ONU.

– Restaurar el «Memorándum Hansell» del Departamento de Estado, que declara ilegales los asentamientos israelíes en los territorios ocupados, según el derecho internacional.

– Designar a Hilltop Youth (Juventud de las Colinas judía, que instalan asentamientos ilegales en Cisjordania), y otros grupos de colonos violentos, como una organización terrorista extranjera bajo la Orden Ejecutiva 12947.

– Decirle que si no cumple con los criterios de derechos humanos estadounidenses le declarará estado pario.

Pero, Biden no va a hacer nada de esto. Ni hará críticas inocuas e inútiles a Israel en público: quiere protegerse de los republicanos proisraelíes e incluso los demócratas sionistas, a un año de las elecciones. Como siempre regalará palabras huecas a los palestinos y armas a Israel.

Aquí también los «valores estadounidenses compartidos con Israel», sin los mismos que llevaron a Pinochet o a los Yihadistas y Talibanes al poder.

Mientras Biden necesita paz en Oriente Próximo, para atender a China y Rusia, Netanyahu pretende justo lo contrario. Biden no quiere perturbar el statu quo en el Medio Oriente. De hecho, ha congelado la situación en Siria, Yemen, Libia e Irak.

Irán, el cuarto escenario

La persona de Netanyahu, que representa el sector anti-iraní del poder israelí (frente al que considera a los palestinos la principal amenaza para el estado judío), es consciente de que necesita a EEUU para desmantelar el programa nuclear de los Guardianes Islámicos de Irán. Fue él quien saboteó el acuerdo nuclear EEUU-Irán, a través de su amigo Donald Trump, y ahora impide que Biden lo recupere.

Ha sido en cooperación con EEUU (y la ineptitud del régimen islámico) que el Mossad ha podido operar en el propio suelo iraní, asesinar a los científicos, sabotear las instalaciones militares, o atacar en Siria e Irak sus posiciones.

«Estados Unidos está mucho más cerca de involucrarse en otra guerra en Oriente Próximo de lo que la mayoría en Washington creen», advierte el analista Walter Russell Mead en The Wall Street Journal. Una guerra directa contra Irán, que beneficiará a Rusia (por el aumentar del precio de la energía, y reducir la presión de la OTAN sobre Rusia en Ucrania), y también a China (por distraer a la OTAN del estrecho de Taiwán), distraería la atención interna y mundial de los planes de Israel para nuevas masacres en su agresión a los territorios palestinos.

«Israel puede y debe hacer lo que sea necesario para tratar con [Irán], y lo respaldamos», dijo el embajador de Biden en Israel, Thomas Nides. Por lo que, ambos países acaban de realizar maniobras militares conjuntas «Juniper Oak», en enero de 2023, mirando a Irán.

Lo único que le importa a Biden en esta zona es preservar el statu quo de la dominación (incluido nuclear) israelí sobre la zona. La prisa de los países árabes del Golfo Pérsico a reanudar las relaciones diplomáticas con Irán (en el aniversario de veinte años de la invasión de EEUU a Irak por 7 motivos ocultos), y pedirle garantías de seguridad, se debe justamente al deseo de protegerse ante una guerra abierta Israel-iraní.

¿Cómo se puede desactivar la criminal conjura de las fuerzas imperialistas y reaccionarias para destruir otras millones de vidas en Oriente Próximo?

* Nazanín Armanian es iraní, residente en Barcelona desde 1983, fecha en la que se exilió de su país. Licenciada en Ciencias Políticas. Imparte clases en los cursos on-line de la Universidad de Barcelona. Columnista del diario español on-line Público. Fuente: http://www.nazanin.es/- Público.es

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