El abuelo candidato a presidente y Francmasón

René Castro S.

René Castro

Allá por el año 1940 don Virgilio Salazar Leiva, fue candidato a la presidencia de Costa Rica. Compitió contra el Dr. Rafael Calderón quien encabezaba el partido Republicano Nacional y con el Licenciado Manuel Mora que encabezaba al Bloque de Obreros y Campesinos (los comunistas criollos).

Don Virgilio perdió y no sacó ni un solo diputado a pesar de que la Confraternidad Guanacasteca, quien le postulaba, movilizaba miles de sabaneros a caballo, pero montar a caballo y votar en esos años no era lo mismo (ver poema: “ y eran cinco mil albardas”, de Ramírez Sáisar)

Don Virgilio era el padre de mi abuelo Fito Salazar, ambos eran liberianos, enjutos y tenían buen verbo. Su casa quedaba por la Ermita de la Agonía que aún se encuentra en pie y que en mis años de infancia era rincón de fantasmas y aparecidos. Por esas casualidades de la vida terminé viviendo unos años en la misma esquina en que habitara mi abuelo con mi madre de niña y apenas a una cuadra de la casona de los otros Salazar en Liberia, y al estudiar algo de historia me encontré con la sorpresa de que en esa Ermita rondaban muchos de los héroes de la guerra nacional de 1856, que fueron enterrados improvisadamente en varios sitios de Liberia cuando el cólera hizo estragos. La Ermita se construyó encima de esa sangre y esos huesos heroicos.

Cuenta la historia oral de familiares y amigos, que a veces se torna en leyenda sin darse uno ni cuenta, que don Virgilio hizo su campaña electoral a caballo a lo ancho y largo del Guanacaste y que cuando entraba a algunos pueblos pequeños, salía el cura con agua bendita y unos cuantos fieles con banderas a recibirles: Guerra al anticristo, fuera los francmasones y el abuelo tenía que retirarse del pueblito. Dicen que fue el agua bendita y no la bendición de urnas, lo que impidieron que sacara diputados y lo que logró la magia de que los miles de sabaneros no encontraran las urnas en las cuales debían depositar sus votos.

Pasadas las elecciones del 1940, don Virgilio se convenció que mejor se dedicaba a la educación y a difundir los principios de la masonería. Así publicó la primera gramática española encargada por el entonces ministro de educación don Carlos Gallini. Alguna vez, tuve el libraco entre mis manos, era como de cien páginas, de papel periódico y con forro grisáceo, era sencillamente infumable. El método de enseñanza se basaba en aprender raíces griegas y latinas, y se partía del supuesto que, si se conocía el origen de las palabras, estas se emplearían bien ya fuera en poesías o discursos.

Lo cierto, es que los discursos no tuvieron mucho éxito y la poesía la dejaría para su hijo Fito Salazar, lo que si sucedió es que se encontró en el camino con el gran poeta nicaragüense Ruben Darío y este decidió hacerse Masón. Don Virgilio se comprometió a ir a su ungimiento en la orden de la masonería nada menos que en la propia Managua. Cuando se corrió la voz y comenzaron a sonar los nombres de algunos de los invitados entre quienes había varios expresidentes y aristócratas centroamericanos, el obispo de Managua dio estricta orden “de que en su parroquia no se realizaría semejante afrenta a la santa iglesia”.

Se dice que don Virgilio, pragmáticamente, consultó al obispo adónde terminaba la circunscripción de su parroquia. Definidos los limites, hicieron las ceremonias masónicas en una finca en las afueras de la parroquia de Managua y Ruben Darío se incorporó a la masonería centroamericana.

Elecciones 1940

Fin relató No. 1: Mientras tanto en Liberia, comenzaban a soplar vientos de violencia y revolución…Continuará


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